Europa, “Cuna de la civilización”

La metáfora de “Europa, cuna de la civilización” permite a la semiótica relacionar una serie de ideas y de narraciones sobre el “Viejo Continente” potenciadas por la aplicación de la categoría “modernidad”, que era dispuesta y utilizada rigurosamente por el discurso abstracto, organizado en términos de “rechazo negación de la diferencia”. El dato revolucionario es que esa “diferencia” resistía en este caso acorralada en el otro extremo de la ecuación psicológica y estaba representada por el espacio de la religión y del mito. La “modernidad”’ era por consiguiente un proceso que consistía en su aspecto principal en ‘liberarse del mid” Y esa razón fue gracias al uso apropiado de la “razón” habilitante. Desplegado conforme a juicios amparados en la argumentación demostrativa y la exposición lógica de los fundamentos de cualquier decisión expresiva o comunicativa. Esta etapa discursiva de la “historia universal” se desplegó por ende vertebrada según los extremos “consagratorios y condenatorios” del “racionalismo ilustrado” que, apartándose de los antecedentes religiosos cristianos, pero aplicando un esquema discursivo en muchos aspectos similar, interpretaba al “Viejo Continente” según un reduccionismo (discursivo y práctico) que lo asimilaba a la “civilización universal”.
En el ámbito de vigencia del discurso “tradicional”, la semiótica descubre que muchas de las dimensiones de la “modernidad “fueron desarrollándose a cuenta de las “guerras intraeuropeas” protagonizadas por católicos y protestantes, que signaron el camino futuro de Europa a través de una serie de cuestiones que harían evolucionar a los vínculos políticos y la organización social hacia un alto grado de “terrenidad”. En este registro, el conflicto interno de la cristiandad habría fracturado en modo decisivo el “mundo europeo” y posibilitado el desarrollo de novedosas formas de vida individual y colectiva que se mantuvieron del lado del catolicismo (romanismo) y aleados de los ímpetus reformistas o revolucionarios. La Paz de Westfalia de 1648 consagró definitivamente en los espacios discursivos y prácticos una fractura de la unidad-identidad europea, cuyos rasgos elementales ya estaban prefigurados varios siglos antes y algunos de los cuales perduraron en significativos aspectos hasta el presente. La atonalidad, que en el pasado el “Viejo Mundo” acostumbraba a proyectar principalmente “hacia afuera” de la “identidad” alcanzada, y que terminó destrozando a los “europeos” sobre el papel y contra las trincheras, luego de la firma de los tratados de Münster y Önsbruck se instalaba sistémicamente en el seno de las colectividades europeas reordenando las amenazas y los peligros. En realidad, Westafalia no hacía más que confirmar para Europa y para el mundo que la citada atonalidad, vigente desde hacía siglos, era una forma aceptable y “natural de convivencia” humana. La legitimación de esta división interna en el “mundo europeo occidental” y su resolución según las coordenadas formales de un sistema similar de organizar el poder, disolvía el anterior esquema de un “imperio cristiano unido y orgánico “e imponía la “lógica de las naciones y los reinos” separados y enfrentados entre sí a modo de legalidad determinante para regir la política. Algunos investigadores dedicados al tema, entre los que se destaca Federico Chabod (1961), consideraron que el adelantado en este proceso de secularización de la idea de Europa fue Nicolás Maquiavelo (1469-1527). Según esta perspectiva, necesario es reconocer al florentino la virtud de haber sido quien comenzara a definir la conciencia “veterocontinental” en términos de diferenciación a partir de una Europa interpretada, no como entidad religiosa o espiritual, sino en cuanto cuerpo político y moral. La especificidad europea no residía para esta actitud en un componente de carácter religioso al estilo anterior, sino que amparaba contenidos vinculados a pautas seculares dictadas por el arte, el saber y las letras. Maquiavelo fue en este contexto el primero que caracterizó a Europa según una formulación eminentemente política. En el caso del Iluminismo, la visión metafísica no hacía más que sustituir en la instancia discursiva el núcleo fundante del conjunto narrativo cristiano, colapsado por el proceso de declinación de la concepción religiosa tradicional sobre la que se habían fundado los proyectos políticos europeos hasta entonces valorados legítimos y “eficaces”. Según la amplitud y profundidad de tal renovación, los diversos reinos de Eu-ropa quedarían atados a lógicas diferentes, a partir de los esquemas de “convergencia de autoridades y jurisdicción” o de “autonomía y libertad de conciencia”, por lo que los menos dinámicos y decididos en cuanto a “modernización” (según el discurso “secularizador”) fueron aquellos –y formal. En su otea Del arte de la guerra (1521), el escritor compara a les estrategas de su continente con los de Asia y África, distinguiendo a les primeros por su capacidad y número.
Según Chabod, al identificar la causa de tal fenómeno distintivo, Maquiavelo concluía que su razón no era otra que la vigencia en Europa de algunos reinos e “infinitas repúblicas”. El “Viejo Continente” estaba definido para el florentino por un espacio donde se destacaban das condiciones especiales consagrados de una forma singular y superior de existencia política: Ia concentración territorial del poder (pocos reinos ordenaban a todo el continente) y la limitación de ese poder en favor de los súbditos (reinos con monarquías acotadas o repúblicas fundadas sobre derechos ciudadanos). Tales cualidades posibilitaban distinguir Estados limitados constitutivamente en su autoridad frente a otras entidades similares absolutistas y despóticas, acontecimiento que permitía diferenciar a Europa, tanto de Asia como del resto del mundo. Esta distinción maquiavélica implicaba un cambio significativo en la forma de organizar el discurso político y la trascendencia de sus efectos perduraría en autores de la talla de Hegel.