Europa implícita

La estrategia del nuevo discurso comenzó con una reformulación del alcance de aquella “Europa implícita” que subyace en la obra agustiniana y que de hecho no tardó en emerger en los textos de autores posteriores, aunque en algunos casos cambiando el signo de la empresa unitiva o al menos las modalidades de su “orden interno”. En este sentido, la “república de los fieles” presentada por Roger Bacon (1214-1294) en su Opus Maius (1248?) recuerda a la Ciudad de Dios, y su concepción del órgano citadino se consuma en el registro de una construcción humana concreta. El aspecto intrahistórico (esto es, “ubicado y no escatológico”) del paradigma baconiano se evidencia al progresar desde la idea-categoría de “predestinación agustiniana”, que había sido la condición necesaria para participar en la “ciudad de Dios”, a una “universalización” de una novedosa “República”, cuyos límites comprenden por igual a todos los cristianos. Sin embargo, la citada universalización dependía en su efectividad de una certera y significativa distinción interna, al identificarse los límites de la república en coincidencia con los propios de la Iglesia. (Gilson, 1952). Bacon con esta concepción no sólo creaba la idea, sino que además realizaba un aporte decisivo a la posteridad confirmando el término que serviría para identificar el paradigma de organización social y política de la “Cristiandad”, que tanto influiría en el futuro de los europeos. El ideal de Roger Bacon no era otro que una “República de los cristianos” que, amparada por la segura guía de “la Sabiduría”, pudiera brindar a sus habitantes salud, bienes, fortuna, virtud, paz, justicia y “triunfar magníficamente en todo lo que se le opone”. Este autor enfatiza esa idea al expresar que “la Sabiduría”, en tanto medio y principio, permitía alcanzar aquellos “fines” fundamentales para la comunidad; “ordenar la Iglesia de Dios”, “organizar la República de los creyentes”, “operar la conversión de los incrédulos” y “reprimir con su poder a los que se obstinan en el mal” hasta arrojarlos más allá de las fronteras de la Iglesia. Todas estas afirmaciones constituyeron el núcleo de la revolución teórica producida por el teólogo de Ilchester y sus proyecciones sobre autores posteriores parecen confirmar durante siglos la vigencia de la mencionada vocación cristiana “combativa y militante”.
Con Dante Alighieri (1265-1321) el proyecto de reorganizar aquellos reinos que compartían el antecedente de haber pertenecido al antiguo “mundo romano occidental” asumió una dirección singular y exquisita. El poeta florentino no sólo fue responsable de levantar una disposición “autónoma” entre los poderes eclesiástico e imperial, apelando a la teoría de las “dos espadas”, sino que además estableció las bases para una meteorización de Europa que era postulada el “pueblo elegido” para “gobernar el orbe”. Dante presenta un esquema argumentativo muy similar al de los autores que le habían precedido, en el sentido de proponer una solución “universal” al problema político a partir de una realidad cultural europea. La idea de “reconstruir el Imperio romano” según la diferenciación estricta de los órdenes religioso y político, garantizando para cada uno de ellos su respectiva área de “competencia “fue un aporte novedoso considerable, pero también provocó la aparición de una serie de problemas antes inexistentes. La clave de la argumentación dantesca consistía en asumir que, así como Cristo era “la piedra” sobre la que estaba edificada la Iglesia, el fundamento del Imperio no era otro que el “derecho humano”.
El uso de la categoría de “naturaleza humana”, así como el concepto de “paz general “remiten en forma directa hacia la consideración “universal “de los conceptos empleados y a su aplicación irrestricta para dar cuenta de la “realidad” mentada. El pensador europeo disponía de los instrumentos teóricos que le permitían dictaminar sin limitaciones sobre la totalidad de los seres humanos y acerca de la general realidad del orbe. En este contexto, la idea central de la tesis dantesca era que todos los hombres, unidos bajo la autoridad de un sólo jefe, representaban el único medio eficaz para evitar las guerras y los conflictos. Un dato original en este esquema fue que el “Imperio Universal” encontraba sustento en la propia “realidad de las cosas” (naturaleza) y no era sostenido justificado en el umbral de la religión orgánicamente constituida en términos de fe o de iglesia. En la citada obra De monarca (,1310-13177), el escritor florentino intentó consumar un “silogismo perfecto” donde la “naturaleza”, postulada “obra de Dios”, respondía según su propia “legalidad del mundo “lógica de las cosas” que exigía para el “bien de los hombres” ‘la “vida misma “realidad de la comunidad” y era directamente “impuesta por creador” para “máximo bien” de la creatura: la paz.
El acontecimiento más relevante en esta aspiración fue la transformación de los términos del problema en el sentido antes descripto. Los teólogos y filósofos no se conformaron con enunciar la existencia de “dos ciudades espirituales” y avalar un contacto sólo implícito de las mismas con “el mundo político real”, según el esquema agustiniano, sino que abogan por una “temporalización de la ciudad cristiana”, que lentamente fue tomando “formas intra históricas” e “identidad europea” concreta.