La civilización del Renacimiento en Europa 

En cierta manera, con la nueva perspectiva el anterior conflicto entre católicos y reformistas (metáfora del Imperium Chrisa) tomaba una dirección distinta, porque los primeros continuaban representando la intención de la “unidad europea. A diferencia de Chabod, el autor Bernard Voyenne identifico en La historia de la idea de Europa (1970) en Pierre Dubois (De Recuperatione Terrae Sanctae, 1505-1507) al precursor de la noción europea strictu sensu, porque dispuso su construcción teórica al estilo de la historia “moderna” posterior, esto es, a modo de un teórico que disemia una concepción desacralizada en la cual “Europa” era ubicada según los trazos de una “entidad secular”, y por ende, necesitada de fundamentos de carácter no religioso, para ser ordenada conforme a su “naturaleza “A través del concepto de “naturaleza” Dubois pretendía recuperar la primacía de la filosofía sobre la religión y con ella sellar la autonomía y el verdadero rigor conceptual de la antigua “sierva de la revelación”. Para ello, el proyecto de este discípulo de Siger de Brabante postulaba un discurso fundado en una “desacralización” estricta del “mundo europeo”, que concedía al Papa una serie de “atribuciones espirituales “y “lo separaba del ámbito terrenal”, al tiempo que reconocía al Emperador el rango de “otro soberano más entre tantos”. La “universalización “del discurso a través de la categoría “naturaleza”, dotada de connotaciones exclusivamente seculares, posibilitaba “romper” el esquema también “universal” (aunque “sobrenatural”) de la “Cristiandad”, y explicitando como ésta una “comunidad fuerte” en términos de “creencias compartidas”. El nuevo procedimiento de desplazar las contradicciones hacia “la exterioridad” de la razón permitía incorporar en el proyecto político “europeo” a los “extraños” (dejados “fuera” por la identidad cristiana) por la sola condición de estar comprendidos en la “condición humana”.

La paz en Europa sólo podía ser, según la lógica del nuevo discurso, el resultado de una política de concordancia y entendimiento entre los diferentes soberanos europeos, encarnada en la realidad concreta por medio de instituciones dirigidas a garantizar la armonía entre los reinos del continente. Voyenne especulaba que el Proyecto de Dubois había tenido influencia en el ámbito académico y concluía que tal hecho había actuado a modo de fuente inspiradora para otras propuestas de unidad y paz para Europa, aunque tal relación no constara de manera expresa en su obra. En este contexto Voyenne identifica en el rey Podiebrad de Bohemia al segundo autor que concibió un plan para la organización de Europa, proyecto que se correspondía en algunas de sus características constitutivas con el de Dubois, aunque el nexo entre ambos es pura especulación. La propuesta de Podiebrad amparaba la organización de Europa sobre la base de una alianza defensiva contra el peligro turco, enunciada bajo el título de “Congregatio Concordiae”. La idea fundacional era que los Estados europeos formaran una asociación destinada a garantizar la paz de la Cristiandad, apelando a mecanismos de asistencia recíproca, aplicación de un sistema de arbitraje para la solución de conflictos y sentencias obligatorias imponibles por acción armada del resto de los integrantes de la asociación contra el miembro díscolo o rebelde.

El núcleo decisivo del proyecto de Jorge Podiebrad, al parecer resultado de un sombrío aventurero francés llamado Antonio Marín o Marini, consistía en proponer que la nueva organización europea debía consolidarse en términos de una “convergencia libre y voluntaria de las naciones”, sin “interferencias externas” (por ejemplo, la Iglesia) y avaladas por medio de una convención fundacional estrictamente laica. La propuesta del rey de Bohemia se levantaba obviamente contra la autoridad del Papa romano y a la vez contra los deseos del emperador que sometían sin persuadir. Un dato interesante de la obra de Voyenne es su especulación sobre la incidencia que habrían tenido proyectos como los de Dubois y Podiebrad, no tanto en la organización del “Viejo Continente”, sino en provocar un cambio de actitud del Papado con respecto a la cuestión de la unidad europea. En tal lógica, ante el avance de proyectos secularizadores sobre la unidad de Europa, Pabilo I habría remitido una cuyo contenido en parte similitud con las ideas de los citados precursores. Durante los siglos siguientes, Europa expandiría su poder y tendría con le “aparición” de América y el acceso a los otros continentes, oportunidad de cambiar unos prejuicios por otros. Para el discurso tradicional. El descubrimiento del “Nuevo Mundo “actuó sobre la realidad europea a modo de aliciente para destacar ciertos aspectos que, subjetivando o mitolagizando América, terminaron utilizados con el objetivo de mejorar la propia sociedad y el sistema político del “Viejo Continente”. Este efecto de la “irrupción de América” asumida como un tema decisivo y la preocupación relevante en la “literatura europea” resultó una vertiente conflictiva original que ponía en peligro gran parte de la “identidad “logada por los europeos para si durante siglos. Con esa intención, el discurso europeo preponderante multiplicó, a través del ensayo cuasi científico o la utopía imaginaria, su contundencia enunciativa apelando a las virtudes de la comparación más o menos encubierta según los casos. En el futuro podría, según este procedimiento, comprobarse que, cuando los autores europeos apelaron a esas modalidades de crítica y descalificación por contraste, desde Campanella a Voltaire o Rousseau, no intentaban negar la “consistencia espiritual de Europa”, sino que en su gran mayoría insistían alentados por la pretensión de mejorarla, deseando superar aquellas dimensiones negativas y residuales de épocas prenditas, y alimentar o acelerar con ello el “progreso” y el ritmo nuevo de la “historia europea”.

 

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