Las representaciones sobre Europa

La “Ciudad de Dios”
El tropo lingüístico de la “ciudad de Dios” resulta interesante para ser explorado por la semiótica del presente por dos razones bien diferentes, aunque complementarias. Sirve de título a la principal obra política de San Agustín (354-430), que merece no sólo ser valorada la instancia inaugural del “problema de la convivencia” colectiva planteado según parámetros “histórico-teológicos” específicamente “cristianos”, sino que también puede considerarse la mejor “imagen-síntesis” para agrupar aquel conjunto de nociones que, a través de la “historia del pensamiento occidental”, surgieron alentadas por cierta idea primaria de “cristiandad “y que, por ella y desde ella, pretendieron establecer un espacio espiritual consagratorio de los “pueblos de Europa” a partir de sus relaciones con el “Dios semita”.
Si bien De Civitate Dei (413-427) no trata explícitamente el tema de Europa o de una “comunidad europea” tomando a aquella y a ésta con tales designaciones, su consideración está justificada para la semiótica porque prefigura una de las nociones que serviría de eje organizativo para futuros discursos acerca de ella (Europa) y de ellos (los pueblos europeos), al mismo tiempo que actuaría de fuente útil para determinar un simbolismo especialmente prolífico, la mayoría de cuyos espacios legitimadores fueron dotados de contenidos diferentes según los autores y las tendencias comprometidas en la empresa. La idea de “cristiandad”, tal la noción política fundacional involucrada, ha constituido por siglos la instancia teórica articuladora de un paradigma primario (y contundente) “modelador de Europa” que, aunque el cristianismo alegaba, en cuanto religión un origen “narrativo” semítico y una aspiración “universal’, provocó una restricción en la “comprensión” y en la “extensión significativa” de éste al ser identificado ostensiblemente en numerosos casos con esa parte del “Viejo Mundo”, tanto que de hecho fue en muchos aspectos, según reconoce el discurso “tradicionalista” de algún nacionalismo extremo, “la religión de Europa” (de Anquin, Nimio, 1971).
María Zambrano (1904-1991) afirmaba que el “mundo antiguo” en el que San Agustín vivía, no murió en sus “esencias más verdaderas”, sino que terminaría formando parte de una “nueva cultura” designada con el término “Europa”. (La agonía de Europa, 1945). En este sentido, Agustín y su idea son importantes para el análisis semiótico porque desde la ejecución de una “teología de la historia”, intentó delimitar y a la vez potenciar una noción que en última instancia demostraba, en su alcance pedagógico ilustrativo (y según la postulación del “deber ser” bíblico esencial y dogmático). Con tal finalidad, obviamente inscrita en los términos de una versión escatológica de aquella historia y en parte realizada posteriormente por la impronta de un universo “medieval”, el Obispo de Hipona sentó las bases de una “comunidad universal”, cuyo dato elemental quedaría, por obra de los acontecimientos terrenales, circunscrito por muchos siglos a la futura (y trágica) “Europa”.
La originalidad de la propuesta consistía en este caso en que el fundamento de la “comunidad” perduraba alegado desde una concepción religiosa de origen semítico, mediada por las interpretaciones ejecutadas desde conceptos e ideas filosóficas indoeuropeas. La “cristiandad” en cuestión remite por lo tanto a tres direcciones teóricas potenciales y relevantes para el problema mencionado: la posibilidad de contar con una novedosa fundamentación para la organización de la colectividad en crisis, cierta efectividad para reconstruir simbólica y políticamente el mundo romano en decadencia, revitalizándolo a partir de la religión “respaldada” por la filosofía platónica, y la determinación de una comunidad simbólico-lingüística específica, consistente y diferenciada que permitiría en el futuro y durante siglos fungir como el paradigma “ordenador “europeo.
El contexto histórico en el que Agustín escribe De Civitate Dei es relativamente conocido: la desarticulación del Imperio romano “de occidente” y las invasiones de “tribus nómades” de diverso origen, que provocaron su colapso final en el siglo V. El Obispo sufrió en carne propia la tragedia de una época “apocalíptica”, cuando la religión cristiana se retraía amenazada bajo la lógica de los “nuevos señores”. Los teóricos de ese tiempo de crisis destacaron en su dialéctica preferente el tema de las causas reales de la “agonía imperial”, dividiéndose entre aquellos que sostenían la tesis del “abandono de las virtudes romanas tradicionales” (incluida la veneración de sus dioses) y quienes disentían concluyendo que la “inobservancia de los principios cristianos” era el motivo determinante del colapso.
Agustín inauguraba con este texto una “forma de valorar” y “considerar a la historia” desde la perspectiva teológico-intelectual, según un registro de “proceso uniforme y general” que se desplegaba en el “tiempo común de los hombres”, a modo de realidad protagonizada por dos colectividades primordiales en pugna. Por ello, una primera idea o categoría significativa que debe destacarse en la obra es aquella que se afirma según el concepto de “pueblo”. A decir de Etienne Gilson (1952), Agustín interpretaba que un “pueblo” era un grupo de “seres racionales “unidos entre ellos, porque “amaban las mismas cosas”.