Europa, “el Bastión de la fe”

En la investigación semiótica de los discursos considerados relevantes comprendidos en la presente obra, la figura del “bastión de la fe” resulta apropiada para agrupar inicialmente aquellas ideas sobre “Europa” que tuvieron en la lucha doctrinal, política y militar, según los cánones de la religión cristiana, el rasgo fundacional decisivo. Sin embargo, este tropo discursivo pretende dimensionar adecuadamente la función de la filosofía en el esquema general de la organización de las narraciones legitimadoras y con ello destacar el aporte de los conceptos e ideas de origen “no cristiano”, utilizados para alegar a favor de la propuesta teológica de “reconstrucción europea”. La actitud de sumar a los contenidos religiosos de los textos sagrados las categorías y ciertas tesis reconocidas de la filosofía griega, prefigurada y realizada en parte por Agustín, comienza en este esquema a profundizar y no deja de provocar tensiones y problemas significativos en la disposición orgánica del discurso legitimador.
Durante la vigencia de la Europa comprendida-involucrada en esa imagen de “Bastión de la Fe” ocurren varios acontecimientos traumáticos que tendrían notable repercusión en la formulación de las ideas clasificadoras y clasificadoras de los grupos humanos, los símbolos y los discursos, que podían definirse representativos de una “comunidad significativa”, ordenada a partir de palabras o términos dotados de “connotaciones europeas”. Obviamente recursos terminológicos al estilo de los ataques del islam”, “las querellas de las investiduras”, los descubrimientos de territorios nuevos” y “la reforma protestante”, implicara transformaciones tremendas y sustantivas de la “conciencia europea “y definieron un “rumbo” para la formación de un “espacio oracular” singular, asumido (y realizado) por las representaciones de la teología y los filósofos de la época actuando en una convergencia mutuamente prolífica. La “fe en Cristo”, a modo de eje ordenador del nuevo discurso era interpretada, no un signo distintivo de constitución de la “comunidad convocante de hermanos” y la comunicación posible que tal vinculación brindaba, sino que persistía exacerbada según parámetros esencialistas de atonalidad, confrontación, diferenciación, segregación y lucha contra “el otro” distinto (pagano, hereje o cristiano “equivocado”). Esa “fe” (gnoseológica y sacramental) y sus consecuencias discursivas absolutas enunciadas en términos de negatividad serán los elementos distintivos de estas narraciones con respecto a la anterior idea del “cristianismo primitivo”. El rigor de la semiótica destaca que tal concepción permite identificar e incluir también la otra perspectiva vigente en el “interior de la Cristiandad”, aquella del cristianismo “oriental” (que entregó no pocas de las ideas y las instituciones “amplificadoras” del discurso religioso al “occidente”), y a partir de ello reordenar los diferentes modelos de organización colectiva en términos de la relación “amigo-enemigo”. Según esta aproximación, “Europa” era postulada (definida y comprendida) el “bastión de la fe”, a partir de una intención dirigida a defender en la “Cristiandad” a su fuente identitario de legitimación y consagración superlativa, y a postular correlativamente la defensa de las amenazas y de los peligros contra ella intentados, una necesidad o deber político y moral inalienable para “los europeos”, gentilicio que en este contexto terminaba siendo sinónimo de “los cristianos”.
Esa necesidad o deber moral implicaba de hecho una estrategia confirmatoria de la propia identidad expresada en la limitación, restricción y supresión de la “diferencia” o “alteridad contra fáctica””, condición decisiva que impondría en el tiempo la “carga” de “evangelizar el mundo” y de “luchar (incluso sangrientamente) contra los desvíos”. En este contexto simbólico, cuando el espacio oracular y la fuente legitimadora de los actos sufren se entrecruzan siguiendo la correlativa evolución de las separaciones que desgarraban a la “comunidad discursiva” europea, comenzando a provocar recalificaciones y reclasificaciones de “lo legítimo” y “pertinente”, según criterios de herejías o errores que diferenciaron (y opusieron) identidades en el seno de la propia Europa. El elemento “agonal” es el dato crítico que, desde una perspectiva formal, decide la idoneidad de la metáfora de “Bastión de la fe “para agrupar un conjunto singular de ideas sobre “Europa”, la mayoría de las cuales tuvieron vigencia al calor de un “cristianismo esencialista “que les brindaba sustento, entendido según una visión “combativa de la religión” y un discurso identitario “negador de la diferencia”. Un aspecto interesante de este conjunto de narraciones está representado por la for.ma de negar “la diferencia” que, en muchos casos, resuelve el problema apelando a procedimientos supresores basados en una resolución de la misma por reformulación de los términos de la relación ya favor del extremo cristiano de la dualidad “amigo-enemigo”.
En el registro del discurso que propone la historia “normalizada”, la caída de Roma fue explicitada en términos de un acontecimiento colosal y traumático que, implicó la necesidad de reorganizar (simbólica y prácticamente) aquellos territorios que habían estado bajo su jurisdicción, objetivo que además se debió llevar a cabo mediante la universalización de determinadas categorías. Este procedimiento significó que la “integración” de los numerosos “pueblos bárbaros”, que irrumpieron y se asentaron en aquellas tierras, ingresaran a Europa por vía de una “nueva identidad”. Tal reorganización impuso una lógica totalmente diferente a la vigente en ocasión del Imperio (con preponderancia del discurso jurídico) y de hecho se tradujo en la jerarquización hegemonizante del discurso religioso excluyente. En el siglo IX la “convergencia” enunciativa y política entre “Iglesia” y “Monarquía” provocó la consagración de varias alternativas, siendo el Imperio Carolingio su máxima expresión político cultural. Ese esfuerzo desembocó en el reordenamiento simbólico, religioso y político de gran parte de los pueblos que habitaban lo que con el tiempo sería la Lotaringia, el “núcleo europeo”, a decir de Díez del Corral (1954). En tal escenario de complejas relaciones señoriales consagradas, donde actuaban diversos poderes y se superponen maestras de naturaleza y sentido diferentes, algunos autores se dedicaron a formular propuestas organizativas para recomponer la pérdida de unión entre los cristianos “de occidente”.