Objetos y artes

Al desaparecer los palacios hubo ciertamente una discontinuidad en cl arte representativo narrativo, lo que no implica necesariamente una interrupción de la era oral. más antigua. En una época sin estructura segura resultándonos oscuro todo lo relacionado con los elementos heredados de los relatos y sus transformaciones. Pero al menos resulta sugerente que tantos elementos de comienzo del arte narrativo, cuando éste reaparece, en el período de la cerámica de estilo geométrico (entre 1050 y 700 a.C.). parezcan adaptar un nuevo repertorio de imágenes llegadas de Levante. Cuando se adapta una imagen, sea antigua o foránea, siempre se varía en la interpretación y se cambia su significado, y cuando más compleja sea la imagen tanto más libre será la adaptación, llegando incluso al punto de lo burdo y hasta de lo contradictorio.
Una de las imágenes más sorprendentes del período. de terracota, parece una tumba de cúpula micénica cuyo interior revela una figura divina que descubren, desde arriba, unos pastores con su perro. No es una interpretación incuestionable, pero quizá sí convincente. De cualquier forma, no existe otra alternativa al respecto. De comienzos del siglo ix data una vasija geométrica temprana con escenas en que brillan las esfinges y los leones; en ella unos cazadores de pelo hirsuto, vestidos con harapos persiguen unos animales llevando sus lanzas al hombro. La similitud de las figuras de este tiempo con las micénicas anteriores resulta a veces fantástica y tal vez sea fortuita. Lo que ocurre es que el fresco de Santorín ha sido muy restaurado y cl problema de la exacta transmisión dc la imagen no tiene una solución clara. ¿Cuál fue cl medio de transmisión? El repertorio de caballos. pájaros y hombres se transmitió.cn gran medida. desde fines de la edad de bronce hasta el siglo VIII, siguiendo la tradición, más conservadora, del arte funcrario.cn que los cambios fueron más lentos y menos frecuentes de lo que podría esperarse.
Se conservaron sin duda algunos objetos antiguos: las gemas grabadas y las reliquias minoicas fueron atesoradas hasta el siglo VI a.C., y se descubrieron y volvieron a enterrar figurillas tempranas, por ejemplo, en Delfos, en las cercanías del templo de Apolo y el altar de los Quiantes. En la isla de Esciros se han encontrado antiguos discos de oro micénicos en unas tumbas geométricas tempranas, e incluso apareció un jarro micénico, en una tumba de la misma época, en Atenas. El propio olivo sagrado de la diosa Atenea, en la acrópolis de Atenas, no tendría que ser, para datar de tiempos micénicos, el más antiguo de todos los olivos conocidos. Los patrones antiguos se repitieron en las telas. En cierto lugar, el santuario de Hera, en la llanura de Argos, se han hallado grupos de ofrendas de época tardía en quince de las cincuenta tumbas de cámara micénicas. ¿Acaso se pensaba entonces que contenían a las cincuenta hijas de Dánao, o a los esposos que éstas asesinaron, los cincuenta hijos de Egipto? La tumba de cúpula de Clitemnestra, en Micenas, era venerada en el siglo VIII y en una tumba de Menidi, en Ática, existía un culto religioso completo. En Feisto, en Troya y en Micenas, los griegos de la edad oscura construyeron sobre las antiguas ruinas. Estos fenómenos de redescubrimiento y reutilización son una luz en el vacío que separa Micenas de las sociedades posteriores.
Las diosas madre
La creencia, muy extendida, de que en la civilización griega prevalecían la guerra y los deportes masculinos es, en parte, un error proyectado al pasado desde nuestro propio mundo. Desde la remota prehistoria los griegos demostraron siempre un particular interés por una diosa que era madre y esposa. Hasta cierto punto, el propio Homero ve la Ilíada y la Odisea a través de ojos femeninos. Durante la época clásica, e incluso hasta el imperio romano, se adoraron figuras de una madre divina con un niño. La belleza de estas figuras es, a menudo, evidente.
EL MUNDO HOMÉRICO
No es posible entender la calidad de vida durante el oscuro período de la edad media griega sin su omnipresente monumento vivo: los poemas de Homero. No constituyeron la única poesía épica griega y ciertamente no fueron la primera, puesto que a menudo se refiere a poemas anteriores, a narraciones de las generaciones pasadas. La Ilíada y la Odisea son las primeras muestras que tenemos de la poesía griega y del mundo, del mundo mítico, por lo menos, en que vivían los helenos y tal como lo comprendía el público en el siglo VIII a.C., cuando se completó en lo esencial el largo proceso de desarrollo y composición de estos poemas. Desde ese momento y hasta el fin de la antigüedad helénica, Homero fue el más poderoso, sin comparación posible, de todos los factores que influyeron en los griegos, un poco como lo ha sido la Biblia, durante tanto tiempo, en Europa occidental.