El mundo de Homero

Antes de que se difundieran los estudios comparativos modernos se pensaba en Europa que no sólo nuestra religión, sino también nuestra misma civilización, eran únicas, con las raíces hundidas en un mundo griego único también. El arte y la filosofía griegas, el derecho romano, la física de Newton y la propia Biblia parecía revestirse de un valor absoluto. Del mismo modo se sentía que la poesía épica de Homero era insustituible. Hoy día debemos profundizar en nuestras observaciones y abrirnos a una mayor amplitud para determinar si, en efecto, fue así. Hasta hace muy poco, el sentimiento falso y romántico de que Homero era totalmente único se extendió al contenido de la Ilíada y la Odisea, de modo que uno de los objetivos de la arqueología en tierras griegas fue precisamente el descubrimiento del mundo homérico. Esta actitud condujo a muchas interpretaciones dudosas y esperanzadas que posteriormente debieron abandonarse. No existen razones para creer que los poetas de la Ilíada y la Odisea fueran aedos cortesanos. Debieron ser poetas ambulantes, como sus sucesores, o sus semejantes en otras culturas, que de vez en cuando, si podían, se establecían en un sitio fijo. Hesíodo poseyó una hacienda en los montes de Beocia, que le inspiró quejas de epigramática virulencia. Pero Homero probablemente se parecía más a Demódoco, un poeta que figura en la Odisea. Se trata de un ciego que vive en su propia casa, no en palacio, y cuando se le requiere hay que hacerlo cortésmente. El público que le escucha es variado. Cuando Agamenón partió a la guerra dejó a un aedo que presumiblemente no era ciego para que cuidara de su esposa, tal como se dejaba un capellán en la Europa medieval. Existía el mecenazgo y, aunque en los poemas homéricos los propios héroes saben tocar instrumentos y cantar, todo el mundo escucha a los aedos profesionales con especial respeto.
En la Ilíada, los hombres celebran una asamblea democrática, cuya relación con las decisiones reales no es muy explícita. Agamenón tampoco es un jefe tan absoluto como Zeus, que es más fuerte que el conjunto de los restantes dioses, y el grado real de la supremacía de Agamenón es aún más difícil de esclarecer a causa de las insoslayables vicisitudes del argumento. El poder de los reyes en la Ilíada y la Odisea sólo existen en la medida en que se ejerce. Si adquieren honor y prestigio en el ejercicio del poder, sus pueblos estarán protegidos de las invasiones y la piratería; y la riqueza, los beneficios y los servicios, en un sistema estrechamente relacionado, impiden que el mundo se disloque. Ya hemos visto que cuando Ulises triunfa, su hijo Telémaco y el fiel porquerizo bailan juntos porque ha vuelto a imponerse el orden justo de las cosas. Ulises encuentra a su padre Laertes trabajando en su huerto, abonando con estiércol los perales. Nausica, la princesa del buen reino de los feacios, es descubierta en el río con sus amigas, lavando la ropa de palacio. Incluso uno de los dioses, y buen número de semidioses, son herreros, y Homero los describe entregados a su duro trabajo. Tersites, en la Ilíada, ofrece una impresión distinta; es un plebeyo rebelde que habla en contra de Agamenón en la asamblea popular. La historia que cuenta la Ilíada es desapasionada y trágica. Sus episodios mantienen entre sí la misma relación que las cláusulas y frases de una oración. La sintaxis del idioma es relativamente pobre y depende a menudo del equilibrio de cláusulas de igual valor en la frase. Esto afecta a todo en la Ilíada, así como a la prosa griega más antigua (por ejemplo, los fragmentos que nos han llegado de Carón de Lampsaco).
El mundo homérico, suponiendo que sea posible hablar del mundo de esos grandes poemas narrativos, fue imaginado en el siglo VIII. La guerra comienza a ser científica y aparecen algunos indicios de las primeras formaciones militares, pero las batallas todavía son, en lo esencial, un sangriento enfrentamiento personal entre héroes. Los soldados y héroes menores sólo aparecen para que se les dé muerte. Se siente la guerra como algo trágico, pero el mejor consejo que un padre ofrece al hijo que parte para la guerra es: «Sé siempre el más valiente y el mejor y supera a los demás, luchando siempre en primera fila», palabras reproducidas más tarde en muchas lápidas funerarias. Los grandes héroes se sirven de armas y armaduras especiales, algunas veces extrañas o arcaicas. Los dioses intervienen constantemente; no obstante, no fuerzan a que ocurra nada que no hubiese sucedido de todos modos. Un arma alcanza su objetivo por la ayuda de un dios, o alguien escapa porque un dios hace que surjan la oscuridad o la niebla, pero Zeus es incapaz de salvar de la muerte a su propio hijo Sarpedón. Los deberes de la hospitalidad son absolutos; una infracción de los mismos el rapto de Helena por Paris, provoca la guerra; y si existen vínculos de hospitalidad entre dos héroes enfrentados, no se les permite luchar entre sí. Los héroes van a la guerra en sus carros y se persiguen con ellos. Excepcionalmente se alancean desde el mismo carro, pero, en principio, se enfrentan a pie. Nadie que no sea un acróbata sabe cabalgar. Tanto en la Odisea como en la Ilíada los barcos son tan ligeros que pueden vararse a mano; navegan a remo, aunque también tienen velas. Leemos que se come pan y carne, que se hace queso, que se bebe vino mezclado con agua y que se conocen ciertas drogas, si bien éstas se asocian a curaciones divinas o mágicas. En la Odisea, Helena, para curarles la tristeza, vierte una poción en el vino de Menelao y Telémaco, y Circe seduce a los hombres mediante drogas para convertirlos en animales; pero el dios Hermes sabe que el antídoto se encuentra en una hierba que crece en las cercanías. El universo de la Ilíada y la Odisea tiene pues muchos niveles, como todo mundo que haya sido plenamente imaginado.