El arte religioso micénico

El arte religioso micénico alcanzó un nivel mucho más alto en lujo y refinamiento. En particular, una pieza en marfil, de Micenas, una talla en miniatura que representa a dos mujeres y un niño, posee la inusitada cualidad de sumergirnos en un mundo propio. No es que reúna una evidente belleza, pero está admirablemente dibujada o realizada y tan elaborada, que su contención resulta también asombrosa. Las curvas sensuales, el equilibrio de las pequeñas masas, la tranquilidad y el movimiento espontáneo, nos recuerda sobre todo a una escultura budista, y, en este sentido, resulta interesante anotar que los primeros escultores budistas eran talladores en marfil que trabajaban la piedra. El exotismo nostálgico de este pequeño grupo emana en parte de la claridad y precisión de los detalles de los vestidos, que parecen ser cretenses y pasados de moda. De hecho, las vestimentas de una generación de mujeres aristocráticas cretenses parecen haberse utilizado durante siglos para vestir a las diosas, del mismo modo que los atuendos masculinos del siglo Iv sobrevivieron convencionalmente en la tragedia ateniense del siglo V. Se desconoce la fecha exacta de este marfil, puesto que permaneció guardado en un depósito del palacio hasta los, últimos momentos de Micenas.
Las estatuas religiosas micénicas más usuales eran de loza; se trataba de figuritas pequeñas, de formas simplificadas y pintadas muy ligeramente. Tanto pueden ser figuras de adoradoras como de diosas, si bien es más probable lo segundo. Las figuras de loza de mayor tamaño han sido muy escasas hasta fecha reciente, en que se ha encontrado buen número de ellas, en buen estado, en Micenas, Ceos, Melos y otros lugares. Hay una, de una dama que lleva un sombrero plano y los senos desnudos (una figura similar de marfil, que ahora está en Boston, tiene pezones de oro, posiblemente modernos, igual que el taparrabos de oro de su compañero, que hoy se encuentra en Oxford) y levanta, hacia los dioses o hacia los devotos, un par de serpientes. La pintura de la figura de cerámica es fina y notable, pero no más que la de las diosas madre anteriores, que, en una u otra forma, persistieron hasta los tiempos de los micénicos.
En su brillante y audaz exposición The Prehisto TiC Aegean, el helenista marxista George Thomson dio gran importancia a las diosas madre. Su estudio pionero en el tema no ha sido aceptado en su totalidad, aunque autores posteriores han recogido partes de él, frecuentemente sin mencionarlo. La obra, que significó ir intento de aplicar la antropología, así como una amplia gama de otras disciplinas, a lo que conocemos sobre la prehistoria griega, tiene tal envergadura que resulta difícil enfrentarse con ella; de ahí que, inevitablemente, haya quedado arrinconada. Identifica la diosa madre minoica con Deméter, pudiendo este nombre ser tan adecuado como el que más. Dado que escribió su obra antes de que la escritura lineal B fuera descifrada, no pudo saber que el nombre de Deméter no era el utilizado por los micénicos, lo que, en esencia, no debilita su tesis. Sin lugar a dudas, el panteón tardío se desarrolló a partir de otro anterior. Lo que no es tan seguro es que la primitiva sociedad fuese matriarcal y matrilineal. En la actualidad, el modelo antropológico empleado por George Thomson no goza de amplia aceptación entre los antropólogos. Tanto si su teoría de que los micénicos procedían de Asia central es correcta como si no, existen analogías sobre el papel dominante de las mujeres, no sólo entre las divinidades, sino en la sociedad, que la podrían confirmar.
SUPERVIVENCIAS MICÉNICAS
La floreciente sociedad de la edad del bronce durante cl milenio transcurrido más o menos a partir de 2100a.C. nos ha legado un perturbador contraste entre puntos brillantemente iluminados e inciertas áreas de tinieblas. En la siguiente etapa, que dura unos 30años. predomina la oscuridad, pero una oscuridad de nuestro conocimiento de la época, no necesariamente de la vida real. En efecto, ni se extinguió la agricultura, ni los rebaños dejaron de pastar, ni los muertos quedaron sin sepultura. Sabemos que descendió el nivel del lujo, pero ignoramos casi todo sobre los niveles de organización social y absolutamente todo sobre la felicidad de aquellos hombres y mujeres. En la parte tercera de esta obra veremos que se ha formulado la tesis de que, al final de este período (finales del siglo VIII a.C.), se produjo un súbito y espectacular incremento de la población. Esta teoría se basa en el hecho de que no se ha encontrado algo que hasta fecha muy reciente nadie tenía interés en encontrar, esto es, enterramientos correspondientes al primer período de la edad media u oscura.