El arte profano micénico

Si bien la interpretación de un arte como éste abre un amplio horizonte a la intuición individual, podemos en cambio conocer con más precisión el carácter de la vida palaciega de Creta a partir de objetos hallados, como un tablero para juegos con incrustaciones de marfil y lapislázuli. En el mundo conocido el lapislázuli sólo podía venir de las minas de Faizabad, en Afganistán. También el marfil debió recorrer una buena distancia, por lo general desde el norte de África, donde abundaban los elefantes. Los espectaculares objetos de lujo, las múltiples variedades de gema de los cretenses, el excelente bronce y la elaborada terracota, las pequeñas esculturas. las imaginativas pinturas murales, cl oro y la plata, el vidrio y el lapislázuli podían equipararse en calidad a todo lo que entonces se producía en el mundo. Sólo en el trabajo del bronce los chinos, en el otro extremo del mundo, poseían la supremacía. Algunas de las pinturas respondían a claras influencias foráneas, como se puede apreciar en los frescos con motivos navales de Akrotiri, en Santorín, o en las escenas bélicas micénicas de Pilos, de fecha posterior. Más los peces voladores de Filakopi, los pájaros de Cnosos y los paisajes de Santorín son obras maestras extraordinariamente personales. La intensa expresión del comienzo del verano cretense, en los frescos de Santorín, es algo único en la historia humana.

El conocido juego taurino, que pudo haber tenido una simbología religiosa, pero que, de hecho, por el realismo con que se describe, parece haberse dado en la vida real. Lo practicaban hombres jóvenes, someramente vestidos y desarmados, que en ocasiones eran corneados por el toro. Por lo que se refleja en el arte, las muchachas tenían también alguna participación. Si esta interpretación es correcta, entonces el juego taurino, o la representación de tal juego, del palacio tenía más relación quizá con las habilidades admiradas en la vida rural cretense que con los espectáculos artificiales del circo romano o el ruedo español. Resulta difícil determinar si un arte que llega a nosotros sin lenguaje representa una escena divina o humana, principesca o popular, o incluso real o imaginaria. Existen, ciertamente, escenas imaginarias en el arte cretense, como la de un hombre que lucha con dos leones, y otras que sólo veladamente se relacionan con la realidad, como las imitaciones de pinturas egipcias. Las escenas taurinas, por cierto, no están confinadas sólo a Creta, sino que también aparecen en el continente.

En Creta el arte animalista, se caracteriza por una penetrante capacidad de observación, una delicada ejecución y un dibujo definido. De hecho, tiene muchas de las cualidades de lo que llamamos el arte clásico de 500 años más tarde. Excepto en el caso de los animales heráldicos, se trata de un arte humano, sobrio, escueto y vital y, en sus mejores expresiones, no está limitado por convenciones. En lo que se refiere a Creta, me inclino a ver el arte que representa seres humanos como una subdivisión del que reproduce animales, pues existe alguna similitud en el tratamiento. La representación del cuerpo humano sigue algunas convenciones formales, por lo menos en su aspecto cortesano, pero los talles de avispa, los hombros anchos, la esbeltez de los muchachos y la opulencia de las formas femeninas no se alejan demasiado de lo natural, aunque se puedan deber en parte a una determinada tradición iconográfica.

La civilización micénica tardía

Al aproximarse el fin de la edad del bronce, los palacios micénicos que aún existían se fueron transformando en lugares de intercambio y almacenes de bienes y servicios, lo que indica cómo se desintegraba la comunidad. A comienzos del siglo XIV ardió Cnosos, en Creta, y Tebas, en la Grecia continental. Ninguno de tales palacios fue reconstruido. Hacia fines del siglo XIII fueron atacadas algunas de las grandes fortalezas. En el siglo XII se produjo la destrucción de Micenas; Tirinto y Pilos fueron destruidas por el fuego y muchos centros menores quedaron abandonados. Los palacios eran como oscuras colmenas alumbradas con aceite; en su construcción se empleó muchísima madera y los muros se hicieron de mampostería, de modo que los edificios resultaban vulnerables al fuego y a los terremotos. En el caso de Pilos, el archivo se salvó por haberse endurecido con la cocción producida por el fuego final; y nos ha dejado constancia de una distribución de raciones de reserva en las diferentes zonas donde las tropas defendían la costa.

En Micenas se había alcanzado una vida de cierto refinamiento intelectual y de gran lujo. La arquitectura colosalita y elegante de las tumbas convierte tales sepulcros en los monumentos más memorables de la Grecia prehistórica; la dimensión y el peso formidables de las murallas ciclópeas son testimonio sugerente de la medida de su poderío. Las generaciones posteriores atribuyeron la construcción de los recintos micénicos a dioses o semidioses. Sólo en la Argólida hubo por lo menos diez recintos de piedra, siete en Ática y tres en Beocia. Su comercio se extendía, más allá de Sicilia y Lípari, hasta España. El arte y la artesanía estaban más o menos unificados y la totalidad del mundo griego había empezado a tener una sola historia. Sin embargo, la cerámica almacenada tan profusamente en Pilos, por ejemplo, era una versión inferior y provinciana de lo que estaba en uso en la propia Micenas. Tal unificación del mundo supone una metrópoli. Aquellos bárbaros barbudos de las máscaras funerarias de oro, aficionados a los caballos, habían fundado un pueblo poderoso.

 

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