GEOGRAFIA DE LA ANTIGUA GRECIA

A veces, de manera evidente o sutil, el entorno natural determina las pautas sociales. Una y otra vez, idénticas pautas humanas se repiten en los mismos paisajes. No resulta, pues, sorprendente que en el mundo antiguo la gran llanura de Tesalia fuera un territorio apto para la crianza de caballos. Que los tesalios fuesen diestros en el arte ecuestre y que la organización social en estas fértiles tierras bajas tuviera, en cierto modo, características feudales. La patria de los espartanos era, al mismo tiempo, muy rica en el valle del Europas y muy agreste en los montes: cavernosa, escarpada Lacedemonia, la llamó Homero. Es comprensible que este santuario rodeado de montañas constituyera la cuna de un pueblo dominante. Resulta fácil comprender cuál fue la naturaleza de los grandes templos internacionales de los griegos, los misteriosos oráculos de Dodona y Delfos que, en su origen, debieron ser lugares sagrados de pastores montaraces, y de Olímpia, en la gran curva de un poderoso río, punto de encuentro para la celebración de juegos y escenario natural de las carreras.
Pero hay interrogantes más complejos. ¿Cuál era la extensión de los bosques a mediados del siglo VIII a.C.? Alrededor del siglo rv los atenienses compraban madera en Macedonia y en el mar Negro, y Platón y Teofrasto lamentaban la pérdida de los bosques, lo que tal vez se debiese a que el gran aumento de la población de fines del siglo VIII causó la devastación de los árboles y a que ciertas especies útiles no crecieron nunca en el Ática. La flora y la fauna, ¿fueron alguna vez tan densas como sugiere el primitivo arte griego? Sabemos que había lobos y bosques sagrados, así como algunos árboles muy antiguos, pero es poco lo que conocemos acerca del conjunto de la historia natural, y menos aún de las migraciones de avutardas y garzas. Para Platón, ¿qué número de árboles harían que un paisaje le pareciera deforestado? Sabemos que en tiempos de guerra se destruyeron bosques, pero éstos pueden crecer de nuevo. La Academia de Platón era un campo para realizar ejercicios a cuerpo desnudo, situado junto al río Cefiso, distante de Atenas un corto paseo a pie. Había en él magníficos plátanos orientales. El área estaba cubierta por una gruesa capa de limo aluvial seco, de ahí su adecuación como campo deportivo, y de ahí también la presencia de plátanos. En la edad media, y hasta el siglo pasado, la zona quedó cubierta por más limo y por extensos olivares. Hace quince años dicha área, en su parte no edificada, era un terreno llano y pantanoso en el que, entre una fábrica de ladrillos y un campo de coles se entrenaba un equipo de fútbol. Si pudiéramos vivir mil años más volveríamos, quizá a ver los plátanos, de igual modo que en Creta, durante la edad media, hubo bosques de cipreses en el mismo lugar en el que a fines de la antigüedad no los había.
Las regiones de Grecia
En el noreste, Tracia y Macedonia eran agrestes; Epiro, que se extiende por el oeste, hasta el mar Jónico, fue un país bravío y aislado hasta después de la muerte de Alejandro; Arcadia configuraba la parte más remota del Peloponeso y, hasta el siglo iv a.C., en su dialecto resonaba el acento más antiguo, sus cultos religiosos eran los más extraños y tenían fama de ser la parte más primitiva de Grecia. Pero Grecia posee paisajes de muy diversa índole, siendo uno de los elementos más significativos de su constitución la rica diversidad de situaciones, con escasa comunicación entre ellas. Hace pocos años aún había aldeas en el Peloponeso donde un forastero que viajara a pie, y que hubiera llegado desde el otro lado de la montaña vecina, podía ser agasajado como explorador o detenido como espía… Hasta tiempos muy recientes, cerca de la frontera de Albania, o en lo más alto de las montañas de Creta, e incluso en Eubea, subsistió algo del aislamiento de los tiempos antiguos. La incomunicación de las montañas no se ha alterado mucho: todavía hoy, sólo tres carreteras atraviesan los montes Pindo, rocosa columna vertebral del norte de Grecia.
Cuevas, manantiales y ríos
La importancia de los manantiales, las cavernas y los ríos del gran sistema calizo que conforma Grecia ha sido fundamental. Los ríos actuaban como fronteras ya que los rebabas que pascaban en cada orilla llegaba abrevar, pero en EIIV ce can misteriosos lugares de carácter religioso, asociados en la mitología con amoríos secretos, con nacimientos clandestinos y con cultos, simples, y rústicos, de la fertilidad. Los manantiales de agua tenían poderosas influencias; las fuentes podían ser tanto santuarios salutíferos como oráculos que prestaban una ayuda mundanal. Es difícil evitar que la religión y la sociedad antiguas, presentadas en su propio paisaje, se nos aparezcan como un poema, como un mundo encerrado en sí mismo, evocador, lleno de frescor y de exotismo. Ello se debe, siquiera parcialmente, a que todo sistema social más simple que el nuestro y definido por unas condiciones técnicas tan limitadas como las que caracterizaban el mundo griego tiende a aparecer ante nuestros ojos como un mundo pequeño, sorprendente y modélico descrito en un poema. Sin embargo, el mundo antiguo era un mundo cotidiano y no estaba fijado para siempre, sino que, al contrario, se fue transformando poco a poco en el mundo moderno. Aquella geografía de tierras rocosas y mares neblinosos afectaba principalmente a los antiguos desde un punto de vista económico. Incluso en los idilios de Teócrito retrato idealizado del mundo rural destinado a intelectuales urbanos, los pescadores son miserables y sólo su pathos ofrece algún atractivo.