LOS ADENA Y LOS HOPEWELL: UNA HERENCIA MONUMENTAL

Fue una experiencia misteriosa», recordó Warren Cremer de su vuelo en helicóptero sobre el Bosque Nacional de Coconino de Arizona una tarde de fines del verano de 1991. A Cremer le encantaba explorar los 1,8 millones de acres de Coconino, una mezcla severamente hermosa y asombrosamente diversa de cañón, desierto, altas montañas cubiertas de pinos y tundra alpina. Dentro de sus lindes yacían miles de ruinas prehistóricas dejadas por los americanos nativos que una vez habitaron la región, y era una elusiva reliquia de esos residentes desaparecidos hace mucho tiempo lo que hizo que la excursión de aquel día fuera tan inolvidable.
Con la luz que desaparecía con celeridad, el piloto aceptó una última pasada alrededor del monte de arenisca de 360 metros de altura que albergaba una antigua morada de piedra de múltiples niveles que ascendía una tercera parte de la cara rocosa vertical. De pronto, en un reborde a unos 180 metros por encima de esa casa del barranco, justo delante de él, Cremer vislumbró la boca de una cueva. Perfiladas contra la oscura abertura, capturando los últimos rayos del sol poniente, se podían ver tres vasijas de arcilla enormes. Al instante supo que había encontrado algo sensacional. «Las vasijas llevaban allí unos 700 años», comentó con perplejidad. «Pero la posición de la cueva era tal que no podías verla ni desde el suelo ni desde la cima del monte, 60 metros más arriba. En ningún otro momento del día la habríamos divisado desde el helicóptero… por casualidad la luz era la correcta.» En el acto Cremer alertó al cuartel general de Coconino.
Poco tiempo después un grupo de arqueólogos equipados con cuerdas y escalas subía por el barranco a inspeccionar el emplazamiento. Además del conjunto de las tres vasijas de color rojizo marrón no esmaltadas que había en la entrada, la cueva contenía dos vasijas más, junto con cestas y otros artefactos. Los científicos comprendieron enseguida que eran los primeros en entrar allí desde que el lugar fuera abandonados siglos atrás. De hecho, uno de los arqueólogos, Peter Pilles, dijo que sintió como si hubiera «irrumpido en la cocina de alguien mientras se hallaba fuera». Aunque en el sentido pecuniario a duras penas constituía un tesoro, Pilles lo consideró «de importancia excepcional». Las jarras de arcilla, con una capacidad de hasta 105 litros, figuraban entre las vasijas prehistóricas jamás encontradas en Arizona. Casi con toda certeza habían pertenecido a los ocupantes de la casa de seis habitaciones del barranco de abajo, quienes con toda probabilidad usaran la cueva como una despensa o almacén y las vasijas para guardar el agua preciada.
El equipo de expertos reconoció la cerámica como un tipo llamado Planice Tuzigoot y confirmó que había sido creada más o menos entre 1250 y 1350 d.C. por los indios Sinagua. Los investigadores esperan que el análisis de los residuos antiguos en las vasijas y en la misma cueva aporten nuevas pistas sobre el estilo de vida de los Sinagua. Éstos, cuyo nombre en español significa «sin agua», empleaban una serie de técnicas de cultivo seco para extraerle una cosecha a la mísera y árida tierra, en la que cultivaban alubias, maíz y calabazas. Dedicados a un vivo intercambio de artículos e ideas con las culturas vecinas, florecieron alrededor de la actual Flagstaff durante casi ocho siglos. Pero alrededor de 1400 los Sinagua abandonaron sus hogares elevados por motivos aún no comprendidos y se fundieron con otras comunidades circundantes. Decir que desaparecieron sería una falsedad, ya que su linaje perdura en las tribus indias actuales de la region. No obstante, los Sinagua, como una entidad cultural definida, pasaron al olvido mucho antes de que Colón «descubriera» América, dejando a los arqueólogos la cuestión de resolver los motivos de su1 auge y declive.
Los Sinagua sólo son una de una larga lista de culturas nativas americanas que brotaron, florecieron y luego se marchitaron antes de que los colonos europeos arribaran a reclamar el «Nuevo Mundo» como dominio propio. Esas sociedades prehistóricas no dejaron registros escritos de sus logros, prácticas culturales, creencias religiosas o de su vida cotidiana. Ni siquiera se sabe cómo se llamaban a sí mismos. Por ello los arqueólogos les han asignado nombres descriptivos del entorno de cada cultura como los Sinaguao asociados con un emplazamiento específico rico en artefactos. Por fortuna, han sobrevivido pruebas físicas de esas culturas asombrosamente diversas, gran parte de ellas de tamaño monumental y atractivas por lo que sugieren sobre su poder y capacidad de organización. Pero los restos más pequeños tienen su propia historia fascinante que contar. Fragmentos de cerámica, cestas, joyas, huesos humanos, puntas de lanza de piedra, semillas, polen incluso las sobras congeladas de comidas preparadas e ingeridas muchos siglos atrás proporcionan pistas que ayudan a los científicos detectives a componer un retrato más íntimo del pueblo real que hay detrás de los artefactos.
Mas no hace falta un especialista contemporáneo en civilizaciones antiguas para comprender que la gran extensión de tierra de los modernos Estados Unidos albergaba un amplio espectro de sociedades precolombinas muy sofisticadas. Su presencia queda indicada de manera espectacular. Ya por el siglo XVI los cazadores españoles de tesoros como Hernando de Soto, en el sudeste, y Francisco de Coronado, en el sudoeste, se encontraron tanto con las trazas antiguas y abandonadas de asentamientos otrora prósperos como con las tribus vivas cuyos antepasados los habían erigido. Pero el interés de los conquistadores radicaba en el oro, no en la exploración científica, y se marcharon con las manos vacías.