Constructores de Montículos arqueológicos

Al comparar ocho cráneos excavados de los montículos con seis que se sabía que pertenecían a indios contemporáneos, sacó la conclusión correcta, aunque basándose en una muy simplificada seguridad de la configuración craneal de que correspondían a la misma raza. Sin embargo, al presentar esa prueba en su libro de 1839, Crania Americana, Morton tropezó e hizo encajar sus hechos con el mito imperante. Los constructores de montículos y los indios eran una sola raza, aseveró, pero ésta abarcaba dos ramas: los civilizados Toltecas, bautizados en honor de los primeros habitantes de México a quienes los aztecas habían admirado mucho, y los Bárbaros. Naturalmente, relegó a los indios a la segunda categoría.

Durante la década siguiente, un par de notables aficionados concluyeron un estudio memorable en el corazón del país de los montículos. Trabajando en las afueras de Chillicothe, Ohio, bajo los auspicios de la Sociedad Etnológica Americana, Ephraim G. Squier, un editor de periódico local, y Edwin H. Davis, médico, exploraron entre 1845 y 1847 más de 200 montículos y 100recintos de tierra. Excavaron la cercana necrópolis de Mound City un emplazamiento de 13 acres que contenía 23 montículos funerarios, sin pasar por alto en ningún momento los niveles que tenían cerámica, adornos y otros artefactos. Inspeccionaron obras de tierra, prepararon y obtuvieron dibujos detallados y planos topográficos, y evaluaron de manera crítica el trabajo de Caleb Atwater y otros investigadores. «Desde el principio», comentó Squier, «se abandonaron todas las ideas preconcebidas, y se inició el trabajo de investigación como si nunca se hubieran aventurado especulaciones ni se conociera nada con anterioridad». 

Squier y Davis publicaron sus hallazgos en 1848 como el primer tomo de una serie de libros sobre ciencias naturales patrocinada por el recién fundado Smithsonian Institution. Por ejemplo, aludieron a las obras de tierra geométricas como «recintos sagrados» dedicados a funciones religiosas, y conjeturaron que los constructores eran ingenieros y matemáticos diestros. Los dibujos resultaron invaluables, ya que muchas de las obras desde entonces habían desaparecido. Esas imágenes plasmadas con precisión y elegancia se exhiben especialmente en los montículos supervivientes de Ohio como guías para los visitantes. El libro de Squier y Davis, Ancient Monuments of the Misisipi Valley, obtuvo tan amplia atención que en 1849 el recién elegido presidente Zachary Taylor destinó a Squier, un activista político, a un puesto diplomático en América Central, donde continuó con su interés arqueológico.

A pesar de todo esto, el mito erróneo de los «Constructores de Montículos» resistió y floreció. Incluso Squier llegó a la conclusión de que las obras de tierra mostraban «un grado de conocimiento muy superior al que se sabía que habían poseído las tribus cazadoras de Norteamérica”. La cerámica y el resto del arte desenterrados de los montículos superaban con mucho la «torpe y tosca» producción de los indios… a quienes etiquetó «esas salvajes hordas hostiles».

Hombres ilustrados y gente corriente debatieron el tema hasta casi el fin de siglo. La mayoría aún se decantaba del lado de J. W. Foster, un eminente geólogo y presidente de la Academia de Ciencias de Chicago que se aferraba al mito. En 1873 Foster escribió que suponer que los indios, un pueblo «caracterizado por la traición y la crueldad», habían creado los montículos «es casi tan absurdo como suponer que habían construido las pirámides de Egipto».

Por último, dos poderosos creadores de opinión en la comunidad científica estadounidense demostraron ser básicos para promocionar finalmente la verdad. John Wesley Powell un veterano de la Guerra Civil cuya heroica expedición por el Gran Cañón en 1869 había impulsado su nombramiento en 1875 como director del Geological Survey de los EE. UU. unió fuerzas con el Smithsonian Institution. Powell quería que la Oficina de Etnología realizara investigaciones, tal como su nombre daba a entender, sobre tribus existentes en vez de indagar en las recónditas controversias arqueológicas. Al crecer en torno a montículos en Ohio, Wisconsin e Illinois, había excavado en ellos… y también estudiado las culturas indias contemporáneas. Poca duda albergaba de que los montículos los habían creado los antepasados de esos indios. Cuando la presión de los arqueólogos empujó al Congreso a asignarle 5.000 dólares a la oficina para que investigara dichos montículos, aprovechó la oportunidad para resolver el tema y pasar a estudios más productivos.

A fines de 1881, Powell nombró a Cyrus Thomas jefe de la División de Exploración de Montículos de la oficina y le instó a responder esta pregunta directa: «¿Construyeron los indios los montículos?». Powell creía saber ya la respuesta, pero lo mismo le sucedía a Thomas, un hombre de la vieja escuela, quien se describía a sí mismo como «un marcado creyente en la existencia de una raza de Constructores de Montículos, separados de los indios americanos». Pero Thomas, antiguo abogado, administrador de escuela, pastor evangelista, profesor de ciencia y entomólogo, no permitió, algo que le honra, que el prejuicio lo dominara. En su esfuerzo por descubrir la verdad hizo a un lado las ideas preconcebidas. En el momento en que se puso a trabajar, un libro popular del anterior congresista de Minnesota, Ignatius Donnelly, anunció con rotundidad que los constructores de montículos eran en realidad supervivientes del continente perdido de la Atlántida.

 

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