HISTORIA HUMANA E HISTORIA NATURAL

En el siglo pasado, el “progreso “era aceptado como un hecho. El comercio crecía, la productividad de la industria iba en aumento y la riqueza se acumulaba. Los descubrimientos científicos prometían un avance ilimitado del dominio humano sobre la naturaleza y, por consiguiente, infinitas posibilidades de ampliar la producción. La creciente prosperidad y la profundización del conocimiento inspiraban la atmósfera de optimismo, sin precedente, que se respiraba en todo el mundo occidental. La primera guerra mundial y las crisis subsecuentes, que produjeron, en medio de una horrible miseria, un exceso aparente de mercancías, han socavado sus fundamentos económicos. Y ahora han surgido muchas dudas acerca de la realidad del “progreso”. Para esclarecer sus dudas, los hombres han acudido a la historia. Pero los propios historiadores no dejan de estar influidos por la situación económica actual. Como lo ha puesto al descubierto el profesor Bury, la idea misma de progreso constituyó una novedad, ‘enteramente ajena a quienes se ocuparon de escribir la historia en la edad media y en la antigüedad. En nuestros días, se advierte una actitud pesimista o mística en los escritos de autores muy leídos, en el campo de la historia como en el de la ciencia natural. Algunos se inclinan, como los antiguos griegos y romanos, a buscar ansiosamente en el pasado una “edad de oro” de primera simplicidad. La “escuela histórica” alemana de misioneros católicos y sus maestros en arqueología y antropología, ha resucitado la doctrina medieval de la “caída del hombre” por haber probado el fruto del árbol del saber, revistiéndola con términos científicos. Un punto de vista análogo se encuentra implícito en algunos escritos de los divulgadores ingleses.
Por otro lado, la filosofía fascista, expuesta más abiertamente por Herr Hitler y sus defensores académicos, y disimulada a veces bajo el disfraz de eugenesia en Gran Bretaña y en los Estados Unidos, identifica el progreso de una forma clara con una evolución biológica generada en forma no menos mística. Uno de los propósitos de este libro es el de señalar cómo, la historia, enfocada desde un punto de vista científico impersonal puede aún justificar la confianza en el progreso, tanto en los días de depresión como en el apogeo de la prosperidad del siglo pasado. “La función de la ciencia es la clasificación de los hechos y el reconocimiento de su concatenación y de su significación relativa”. La actitud científica se muestra en el hábito de formular juicios imparciales sobre los hechos, dejando a un lado los sentimientos personales. “El hombre de ciencia”, dice Karl Pearson, “tiene que esforzarse por eliminarse a sí mismo de sus juicios.” Por cierto, que la importancia atribuida por los hombres de ciencia al número y a la mensuración, no deja de tener relación con la exigencia de adoptar una actitud impersonal. No es cosa fácil aproximarse a la historia con ese espíritu humilde y objetivo. Semejante planteamiento de un problema, carece de significación científica. No se puede esperar acuerdo alguno sobre su respuesta. Sólo unas cuantas personas llegarían a coincidir en la misma conclusión. Quienes gustan de la velocidad y aprovechan y usan a su confort la superación de las limitaciones de tiempo y espacio que ofrecen las modernas facilidades de transporte y de iluminación, podrán contestar por la afirmativa.
Pero no quienes se encuentren en una situación económica que les impida disfrutar de tales facilidades, ni tampoco para aquellos que tengan estropeados los pulmones por los gases de mostaza o cuyos hijos hayan sido despedazados por una granada. Las personas que sientan un afecto romántico por la “campiña incorruptible” y no tengan pasión alguna por asomarse hacia tierras extrañas o por convertir las noches en días para estudiar, dudarán de la realidad de un progreso atestiguado de esa manera y añorarán contristados los días “más tranquilos” del pasado, de hace uno o dos siglos. Si se les trasladara de improviso a una población en el Turquestán, tendrían que reconsiderar su opinión. El ratero debe considerar, desde un punto de vista profesional, que la luz eléctrica, el teléfono y los automóviles cuando son utilizados por la policía constituyen síntomas de retroceso. Seguramente suspirará por las callejuelas oscuras y estrechas del siglo pasado. Las personas que sean adeptas a las formas más brutales de la crueldad, no aceptarán la supresión de la tortura legal y la eliminación de las ejecuciones públicas como signos de progreso, sino al contrario. No es científico preguntar si existe el progreso humano, simplemente porque no hay dos personas que lleguen necesariamente a la misma respuesta; ya que sería muy difícil eliminar la ecuación personal. En cambio, se puede preguntar con toda razón y justificación ¿“qué es el progreso?”; y la respuesta aún puede tomar, en algo, la forma numérica que la ciencia aprecia con tanta justicia. Pero, ahora, el progreso se convierte en lo que ha ocurrido realmente, es decir, en el contenido de la historia.