El estilo yamato-e

El período Heian (794-1185) supone la madurez de la cultura japonesa en su personal asimilación del budismo chino. De esta época se destaca especialmente la pintura, pues surge ahora una escuela propiamente japonesa, el “yamato-e” o “pintura del antiguo Japón”. Se trata de pinturas que ilustran poesías y sobre todo unas narraciones denominadas monogatari, historias épicas que documentan las costumbres y pensamientos ancestrales. Al igual que en China, la pintura ilustra composiciones poéticas (caligrafía, poesía y pintura van íntimamente unidas) y utiliza como soporte rollos de papel. “Gengi Monotogari”, la más célebre de las narraciones japonesas, consta de diez rollos ilustrados.
La etapa zen
Entre los siglos XII y XVII (períodos Kamakura, Muromachi y Momoyama), el arte japonés se caracteriza por la impronta que le confiere el budismo zen, que significa meditación. Es en este período cuando se gestan las más singulares manifestaciones artísticas de Japón: un original estilo pictórico basado en la representación de motivos naturales (estilo “sumie”), el diseño de jardines de meditación (muy vinculados a la espiritualidad zen), la creación de espacios para la ceremonia del té, y la decoración de los biombos de laca.
El jardín zen
La máxima expresión de la arquitectura japonesa reside en los jardines, que, gracias a la filosofía zen, se transforman en obras que mueven a la meditación y el recogimiento. El paisaje se compone con arena o grava, piedras y arbustos, aunque también los exentos de vegetación. Con estos sencillos elementos los jardines captan lo esencial de la naturaleza, su armonía interior. Existen tres grandes tipos de estilos: el de la casa de té, al que se accede por un camino de piedras; los jardines verdes que rodean a las mansiones, formados por bosques; y los jardines secos, que son de piedra y pequeñas dimensiones. Los colores, texturas y materiales que se emplean en estos jardines buscan trasmitir, sobre todo, la paz y armonía entre sus visitantes.
Época de castillos
Durante los períodos Muromachi (1334-1573) y Monoyama (1573-1603) se construyeron grandes castillos, en los que se combinaba la elegancia y la capacidad defensiva. También servían para demostrar el poderío del señor feudal. En ocasiones se elegía el emplazamiento en función de la belleza de las vistas que desde allí podrían admirarse. Como ejemplo, destaca el Castillo de Himeji, del siglo XVII.
Pabellones para tomar el té
La ceremonia del té tiene en Japón un auténtico carácter ritual, lleva el nombre de Chanoyu y lo que se realiza es una ceremonia donde se servir el té verde en polvo matcha. El té fue introducido en Japón desde China en el siglo VIII, pero el polvo matcha apareció a finales del siglo XII y fueron los samurais los que se ocuparon de fijar las reglas. En el siglo XVI las estancias dedicadas a este fin tenían ya un estilo propio, caracterizado por la austeridad y la simplicidad debido a que estaban realizadas en materiales sin elaborar: madera desnuda y bambú, fundamentalmente. Hacia finales del siglo estos espacios pasan a ser recintos independientes en las villas y palacios: son los pabellones del té, construcciones muy sobrias, sin otra decoración que el juego de contrastes entre los materiales, que se dejan en estado bruto. Allí se reunía una compañía selecta para beber té y para admirar y discutir poesías, pinturas y aderezos florales, los ikebanas.
Estampados xilográficos
Durante el período Tokugawa o Edo (1603-1868), la aparición de una incipiente burguesía impulsó el desarrollo de las técnicas de estampación xilográfica (la reproducción de una imagen fijada en una plancha de madera sobre un papel) que adoptaron el estilo denominado “ukiyoe”. Los temas más representados fueron los paisajes y los retratos de mujeres, en especial de prostitutas, y escenas de la vida cotidiana. Entre los cientos de artistas que practicaron esta técnica, destacan Ando Hiroshige (1797-1858), Kitogawa Utamaro (1753-1806) y, sobre todo, Hatsushika Hokusai (1760-1849). Como influencia, se puede resaltar que estas estampas, que habían llegado hasta Europa, cautivaron a los occidentales, en concreto a los pintores impresionistas a quienes movía el mismo afán por captar lo instantáneo.
La occidentalización de Japón
Cuando Japón se abre al mundo en el año 1868 durante la Era Meiji provocó el comienzo de la modernización y occidentalización que se manifestó no sólo a nivel económico, sino también cultural y artístico.
La Gran Muralla
El emperador Zheng ordenó en el siglo VIII a.C. la edificación de una extensa muralla con el objetivo de controlar el avance de las tribus nómadas del oeste y el norte de su territorio. La obra fue llevada a cabo por mano de obra esclava, que dedicó toda su vida a la construcción en piedra y ladrillos de la defensa. Se calcula que unas 400.000 personas trabajaron para levantarla. La Gran Muralla fue terminada en el año 204, aunque posteriormente recibió ampliaciones. En la actualidad mide unos 6.700 kilómetros.