La paz de Versalles con España 

El proyecto fue diseñado por el monarca francés luego de haberse firmado la paz de Versalles con España en 1598. La propuesta real, bajo el escueto título de Le Grand Dessein, seguía prima facie alimentando la ilusión de una “República cristiana”, aunque de hecho planteaba la constitución de una confederación de Estados independientes tributarios de diversas confesiones motivados por el terrenal fin de alcanzar y mantener la paz el plan estaba reservado a una Europa compuesta por cinco monarquismos Estados Pontificios electivas (el Sacro Imperio Romano Germánico, Polonia y Bohemia), cinco monarquías hereditarias (Espata, Francia, Inglaterra, Dinamarca, Suecia y Lombardía) y cuatro repúblicas La demarcación política aceptada por el duque de Sully obviamente dejaba fuera no sólo a Rusia, sino también a los reinos de Asia y a los “continentes salvajes”. El proyecto definía los territorios que correspondían a cada país y, con el objetivo de evitar conflictos, se preveía un tribunal que arbitrara en las desavenencias que tales acontecimientos pudieran provocar. La confederación estaría bajo la tutela de un Consejo de Europa (dividido en Consejos Provinciales y un Consejo General), asimilándose su competencia a la de un Senado con miembros elegibles cada tres años y decisiones no apelables. 

Asimismo, la propuesta comprendía la disponibilidad de un ejército con jurisdicción para imponer las reglas de la nueva organización a los Estados “rebeldes”. La tesis aplicable para fundar la confederación consistía en considerar a la paz intrínsecamente dependiente del respeto por el principio de “equilibrio de poder” entre los Estados involucrados, intentando aplicar ese criterio a las potencias en cuanto tales sin distinciones de credos. Esta idea de “equilibrio de poder” fue el componente que más influencia tuvo en el diseño y la ejecución de políticas por parte de los Estados europeos independientes luego del siglo XVII y sirvió de criterio decisivo para guiar la gran política en su relación con las potencias continentales, de tal modo que eminentes autores consideraron al mismo el eje fundamental sobre el que se asentaba el derecho público europeo y en no escasa medida la especificidad del continente. De todos modos, el Grand Dessein, cuya existencia algunos estudiosos ponen en duda, no tuvo éxito en su época y al parecer no era más que la cobertura intelectual de un plan hegemónico alentado por las apetencias de Enrique IV, dirigido a destruir el poder español. Voyenne compartía esta tesis sobre el interés subyacente al proyecto “contra España y Austria”, pero destacaba la originalidad de pretender organizar Europa desde un imperio alemán fortalecido y unido estrechamente a Francia, como instancias del núcleo ordenador fundacional (que paradójicamente permitiría la futura asociación continental siglos después). 

Más allá de este dato anecdótico, la actitud del autor francés confirmaba una tendencia a relativizar el problema de la unidad europea, en el sentido de no anclar la institucionalización del continente a ciertas “esencias eternas”, confirmatorias de una especie de “sustancia subyacente” a los diferentes poderes mundanos, como era típico en esa época, sino a vincular la organización deseada a cuestiones de orden político o conveniencia práctica. Si bien este discurso fue notoriamente minoritario en los siglos en cuestión, permite vislumbrar ya por entonces una corriente débil pero alternativa al esencialismo y confirmar en algunos sectores la inclinación por una respuesta pragmática o instrumental al problema de fondo. El criterio que comenzaba a aparecer en el horizonte doctrinario de algunos autores no era la ordenación del mundo humano, según un registro de “la naturaleza de las cosas”, y por ende la coincidencia de la Europa monárquica con el imperium de la Cristiandad, sino constituir instancias de relación en función de principios considerados efectivos y prácticos para la coexistencia y el beneficio mutuo. Si la intención hermenéutica “se desplaza” y la semiótica recorre el ámbito narrativo de los “reformados protestantes”, el investigador descubre que el cuáquero inglés William Penn (1644-1718) esbozó desde el “Nuevo Mundo” una propuesta de organización titulada Ensayo para la paz presente y futura de Europa (1693), basada en un acuerdo entre soberanos alcanzado sobre el principio de un “contrato perpetuo” y un esquema decisional fundado en la “votación ponderada”, organizada algunos los caracteres demográficos y la también ideas económicas La idea estratégica del discurrió del abate consistía en suscribir un tratado de unión entre las dieciséis entidades políticas europeas existentes en ese momento y consagrar l nueva organización mediante la constitución de un congreso perpetuo, algún el “modelo de soberanías” holandés, suizo o alemán, evitando con ello que las diferencias de dimensiones y capacidades afectaran las relaciones entre los miembros del sistema. Todo el esquema perdurara garantizado por el flujo del comercio y la solución de controversias por aplicación a mecanismos de arbitraje.

“Cada soberanía se mantendrá para sí y para sus sucesores del territorio que posee actualmente, o del que deba poseer en virtud del tratado de unión”. El “senado europeo” propuesto por Castel sería investido de “pode res legislativos y judiciales”, estando prevista su sede en Estrasburgo en Dijón, decidiéndose la representación según un criterio proporcional con alcance demográfico y designando en caso de guerras un comandante para conducir al “ejercito común” (Voyenne). Un aspecto importante de proyecto del abate residía en la necesidad de grasería que la nueva sociedad surgida del “pacto interestatal” debía brindar con respecto a “los derechos y la vida en cada Estado” parte del sistema. “La Sociedad Europea no intervendrá en el gobierne conforme la unión, sino pura mantener la forma fundamental del mimen y der suficiente apoyo a los Príncipes de las Monarquías y los Magistrados de las Repúblicas contra los sediciosos y los rebeldes”. El segundo elemento diferenciador con respecto a pensadores anteriores fue que Castel consideraba que el proyecto de unidad y pacificación no sólo debía comprender a los príncipes católicos y reformados, sino incluir asimismo a los cristianos ortodoxos, al ser para él Moscovia también “una parte de Europa”.

 

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