Europa, el espacio de “la civilización y el progreso”

Difería de Asia y África (los espacios de “la barbarie y el atraso”) por cultura, organización política, espíritu, ciencia, literatura, arte, escritura y costumbres, siendo el balance obviamente favorable a la primera excepto en el tema religioso (dato a favor de lejano oriente) y las guerras (comunes a ambos extremos de la comparación).

“Uno de los sabios misioneros, el P. Leconte, había escrito en sus Memorias de la China: “que ese pueblo ha conservado durante dos mil años el conocimiento del verdadero Dios, que ha honrado al Creador en el más antiguo templo del universo; que China ha practicado las más puras lecciones de moral, cuando Europa se hallaba todavía en el error y la corrupción”. 

Cuando Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) comentaba el esquema de Castel en su Extrait du project de paix perpétuelle de Mr. l’abbé de Saint-Pierre (1761), seguía con la tradición del “lugar privilegiado “y resumía la lógica de esta “preferencia por Europa” desde la perspectiva del espacio donde se había consolidado un sistema de coexistencia gracias a los vínculos establecidos por una misma religión, idéntico régimen de derecho, costumbres compartidas, similar gusto por las letras y el comercio común, todo un acervo que conducía a una especie de equilibrio inter pares difícil de alterar. Con el objetivo de demostrar su afirmación, Rousseau (1772) concibió un recorrido por “la genealogía de Europa” intentando evidenciar sobre el texto aquellas “raíces” que eran comunes a todos los pueblos del continente y que facilitaban el paso del primitivo “estado de naturaleza”, al superior “estado político” o de convivencia social. La aproximación histórica del ginebrino al problema señalado no era de carácter religioso y avanzaba conforme lo dictaminado por la secularización radical del discurso acorde con la exigencia de los “nuevos tiempos”. Su análisis de los antecedentes europeos se remontaba al Imperio romano, alabando la capacidad de éste para repartir generosamente el derecho a su ciudadanía entre los diversos pueblos que habían permanecido bajo sus dominios. Esta idea de considerar a Roma un espacio decisivo del universo de la “antigüedad” y de “atar el destino de Europa” al rumbo y características del colosal imperio eran las dos premisas del silogismo que terminaba por concluir que los países europeos constituían aquel mismo núcleo, aunque desplazado en las coordenadas del tiempo; un conjunto que, en términos de Gilson, “los predestinaba a convertirse en el centro de una sociedad más vasta que la suya” (1952). Sumados a los anteriores, los antecedentes del derecho romano y la religión cristiana configuraban una especie de identidad particular, aunque en esta oportunidad el vínculo religioso era tratado según una previa reducción del mismo al estrecho campo de los “fenómenos humanos” y al único efecto de destacar coincidencias. La propuesta de Rousseau de una “República Europea” repetía muchos de los elementos de los autores que históricamente se habían planteado el tema de la organización del continente como problema preferente, aunque obviamente eran explicitados por el ginebrino desde la perspectiva secular del ideario político dieciochesco y en oposición al “europeísmo” según lo postulaban Montesquieu y Voltaire. Así como este último había apelado al mito de la “civilización china” para criticar la vigencia de la religión cristiana en Europa, Rousseau apeló a la “vida americana” para cuestionar ciertas prácticas sociales y costumbres de los europeos. Fue en este contexto crítico que surgió la visión rousseauniana del “buen salvaje”, un ser que terminó adornado con una serie de cualidades y méritos vigentes gracias al “imperio de la naturaleza “en su forma “más virginal e inocente”. Rousseau se dedicó con esmero a criticar el proyecto del abate de Saint-Pierre porque lo consideraba “utópico” y desconocía la naturaleza intrínseca del poder soberano. Según el autor del Emilio, la organización de Europa no podía dejarse en manos de los monarcas, porque la soberanía era permanentemente ávida de poder y no admitía restricciones materiales ni limitación moral alguna, proyectándose “imperialista “hacia “el exterior” y “despótica” hacia “el interior”. Sin embargo, Rousseau alteró el rumbo de su argumentación hasta concluir que sólo por un cambio previo ejecutado por la fuerza de un “poder hegemónico”, que se impusiera sobre todos los “países europeos”, sería posible organizar políticamente una Europa, elogiando en este sentido la perspicacia de Enrique IV, quien según el ginebrino habría percibido tal necesidad. La “federación europea” paradójicamente sería en este caso el gracioso resultado de un “poder imperial victorioso” (Voyenne).

No resulta antojadizo mencionar que tal idea de un poder hegemónico con sentido “misional” secular en aras de la organización europea tendría en el futuro un trágico, pero elocuente desarrollo, ya que alimentaría sueños tan dispares como los de Napoleón Bonaparte o Adolf Hitler, coincidentes sin embargo en este componente formal de la “violencia constitutiva” a modo de principio estratégico fundacional. Con la reducción del problema de la paz a los límites de Europa, tanto el “aliancismo” de Castel como el “agonismo” de Rousseau encarnaban una de las ideas más traumáticas de aquellas que perdurarían en las posteriores propuestas, y que paradójicamente resultaba a cada paso más limitada en sus ambiciones teóricas, aunque con una pretensión de mayor hegemonía en sus proyecciones políticas. La cuestión de la paz obviamente, y más en la época histórica que le tocó vivir a Saint-Pierre, no era un tema exclusivamente europeo. La realidad demostraba que Europa era un “espacio de confrontación y lucha”, pero en no pocas ocasiones las guerras habían surgido del enfrentamiento con potencias o reinos “exteriores”. Plantear que el “tema de la paz era un “problema europeo” no consistía sino en ignorar el sentido y la extensión real de la cuestión bajo examen, o en última instancia reducir el tema a pretexto suficiente para alcanzar el objetivo de la por mucha ansiada unidad continental.

 

memoryOfAges

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