Las formas literarias

Para Víctor Sanz Santacruz (1999), la elección de la forma literaria realizada por el Cusano destaca un aspecto que afectaba directamente al “objetivo del texto”, y está representado por la actitud “abierta y respetuosa” alegada para justificar la empresa espiritual propuesta, expresada en la convicción de que un “acuerdo pacífico” fundado en la “mutua tolerancia” entre las distintas religiones que participaban del cónclave era posible y constituyente, dato del sentido “verdaderamente ecuménico “de la obra.
“Así se concluyó en eI cielo de la razón la concordia de las religiones, tal como se ha relatado. Y el Rey de reyes ordenó que los sabios regresaran y condujeran a las naciones a la unidad del culto verdadero y a sus espíritus consejeros les ordenó guiarles y asistirles”. Sin embargo, debe señalarse en primer lugar que, si bien el cusano intentaba “construir un ecumenismo” que amparase a “todas las religiones” de la tierra, permitiendo entre ellas la convivencia y la cooperación, según declaraba, la propuesta obviamente persistía fundada en una evidente “jerarquización del cristianismo”, seleccionado a modo de “religión verdadera”. En el texto puede observarse el modo en que la argumentación “fluye” inexorablemente hacia los dogmas cristianos y el proceso concluye rematado según los contenidos de la religión romana. No solo la terminología utilizada en la “pugna textiva”, sino además la lógica aplicada en las “alegaciones”, con profusión del lenguaje condicional, eran formas relevantes que permitían al autor confirmar la primacía elemental del cristianismo sobre “el resto”.
En segundo lugar, “el Dios” de las diferentes religiones del mundo era considerado en las distintas intervenciones de los “delegados “” congreso durante sus participaciones siendo “Uno y el mismo”, yo diversas formas de enunciarlo y considerarlo no eran más que “aspecto parcial” surgidos de su propia grandeza. Lo paradójico del texto bajo análisis era que todas estas distinciones se disponían a desaparecer en la medida que los creyentes “se acercaran a Dios a través del Verbo, que no era otro que Cristo”. “Entre los hebreos y los árabes hay abluciones por devoción religiosa, de modo que no les seria difícil aceptar la ablución instituida por Cristo para la profesión de fe”. La lógica del discurso teológico y su sistema de control y vigilancia imponía ciertas condiciones al cusano, no muy diferentes a las amparadas por las narraciones similares intentadas anteriormente en este tema, situación que le obligaba a repetir el esquema de una “interioridad”(la cristiandad) superior legitimadora, fundada en la postulación de una verdad esencial hegemónica (“demiúrgica”), y una “exterioridad”(“el resto”) sólo en parte consistente en tanto y en cuanto se acercara o participará de aquella.
Décadas después, según afirma Antelo Iglesias (1957), la Esprit imperial vivió sin duda un agitado “sueño providencialista”. Europa comenzó a dividirse según cánones organizativos、 (diferentes y leal tardes religiosas enfrentadas, todas ellas profusamente encarnadas e furibundos discursos apologéticos. Roma había sido cuestionada en s jerarquía y legitimidad para “gobernar espiritualmente el mundo” ya iniciaba un proceso de “nacionalización” de las iglesias, potenciado por el acontecimiento centrípeto de la “reforma religiosa”. España, si bien permanecía fiel a la “cátedra romana”, reorganizaba su catolicidad hasta brindarle perfiles particulares, con instituciones tan significativas como la pragmática ignaciana de la Compañía de Jesús o el rigor dominico del Santo Oficio. La función del discurso en esta división de la realidad consistía en atribuir-distribuir cualidades y vicios según una “interioridad” superior y positiva y una “exterioridad” decadente y condenada. En este contexto de complicaciones y enfrentamientos, continuando lo que la semiótica podía en el siglo XVI considerar una tradición intelectual, Tommaso Campanella (1568-1639) realizaba su aporte narrativo a la discusión de la “reorganización de la Cristiandad”, aunque según una perspectiva original y una conducta ambigua. De Civitas sole (1602) forma parte de una trilogía que se proponía en modo directo o elíptico, según las circunstancias, una reforma profunda de la Iglesia y una nueva manera de configurar el poder vigente por entonces. Títulos tales como Comentarios a la monarquía de los cristianos (1593) o El gobierno eclesiástico (1595) son expresiones de esa inquietud por cambiar las normas sobre las que se basaba la organización política y jurídica del orden secular cristiano. Sin embargo, la obra que haría perdurar su nombre y aconsejar su cita cuando la preocupación es la indagación sobre los antecedentes de una sociedad de reinos modelada sobre nuevos parámetros no fue otra que la mencionada Ciudad del Sol. Esa última obra, quizás por el carácter utópico que la animaba, forma parte de la “herencia teórica” de una época dedicada a cuestionar (aunque con limitaciones) la realidad o proponer paradigmas alternativos bajo el amparo indirecto de figuras proyectadas sobre espacios ideales o ficticios. Uno de los aspectos más interesantes y revolucionarios de la nueva concepción de Campanella era que interpretaba la reorganización de la cristiandad en “clave racional”, perspectiva natural que impulsaba la reformulación de “Europa” en el registro de “bastión de la fe”.