La naturaleza intrínseca de las cosas

El hecho diferenciador de Campanella de fundar su obra principal en una interpretación intelectual del dogma cristiano pretendía ser natural y aspiraba a rehabilitar la “naturaleza intrínseca de las cosas”, para que tuvieran efectiva vigencia y con ello permitir el nacimiento de una “fe racional”, idealizando a Europa en términos de “espacio articulador “de la comunidad universal posible (Gilson, 1952).
En tal sentido Campanella recordaba que su “ciudad” no era dada por Dios sino descubierta por la filosofía, demostrando que la naturaleza de las cosas estaba en total concordancia con los “dictados de los Evangelios”, por lo cual se instruía a los “gentiles” para que vivieran rectamente, mediante la persuasión de que la vida cristiana se ajustaba a la “naturaleza” tomando por ejemplo a su República.(Campanella,1602)El proyecto de este autor no iba a ser el último en recurrir a una terminología religiosa para alentar la organización de una Europa unida, pero puede considerarse el texto más famoso entre aquellos que clausuran una etapa de la filosofía política del continente. En el futuro la mayor las de las propuestas específicamente cristianas quedarán cautivas en las diversas partes en que se dividiría Europa y con la derrota del “band romano” en la Guerra de los cien años, comenzaron a incorporar variantes “heterodoxas” para percibir, valorar y reordenar el “mundo moderno “surgido de la contienda. La aproximación semiótica destaca que la imagen de “Europa como bastión de la fe” intenta dar cuenta de aquellos autores que pretendieron conformar un discurso que en su aspecto principal consistía en la utilización de contenidos religiosos, que eran reformulados según categorías intelectuales, que no exigían para su vigencia la “supresión” de los dogmas, sino por el contrario, que afirmaban su autoridad argumental al “confirmar “los juicios emitidos cuando ellos persistían amparados por los textos sagrados. Esta “verificación” religiosa tenía vigencia en un sistema enunciativo que también utilizaba a la imaginación para alumbrar “ficciones” conducentes, las cuales facilitaban el explicitación de los conceptos y las ideas filosóficas en un “mundo” donde la filosofía debía aún mantenerse “sierva” de la religión. Sin embargo, no existe en estos autores una distinción acabada entre fe e intelecto, dato que provoca en sus obras una constante superposición de los espacios discursivos, pero que también confirma la vigencia de un sistema de poder consagratorio (y legitimador) de los discursos aceptables que no podía ser obviado por los autores de la época.
Un antecedente en este sentido argumental de interpretar el problema universal a partir del canon de la “cristiandad europea” ha estado representado por las notables doctrinas de Guillaume Postel (1510-1581). Los aspectos fundamentales del intento de este jesuita por reconstruir conceptualmente el mundo a partir del cristianismo figuran en su proyecto de “unidad universal” bajo el imperio del catolicismo (Quator librorum de orbis terrae concordia primus,Basilea,1544).E análisis semiótico revela que este autor es uno de los personajes más polifacéticos y contradictorios de la época, siendo suficiente ejemplo para demostrarlo citar el título de su obra Les trés-merveilleuses victoires des femmes du Nouveau Monde et comment elles doivent á tout l’univers commander (1552),basada en las extravagantes visiones de una religiosa, oportunidad en que planteaba una interpretación “dual” de la narración y la verdad, que distinguía entre “intelecto” (Jesucristo) y “razón”(Espíritu Santo), aspectos “femenino” y “masculino” respectivamente, con aptitud para unirse en función de la “configuración del mundo”. En esta ocasión el Santo Oficio le condenaría por hereje, aunque manteniéndolo en un régimen de libertad vigilada por considerarlo mentalmente insano. Postel intentaba en cada ocasión relacionar la dimensión dogmática y religiosa de las narraciones con un posible explicitación argumental de muchas de las respuestas a-racionales accesibles por la fe, asumiéndola feracidad de los textos revelados para movilizar el pensamiento y con-formar doctrinas aptas para organizar las relaciones políticas. El discurso confiesa que, en su deseo por resolver el problema político, Postel no dudaría en acudir ante los mismos reformados de Basilea para acercarles sus concepciones sobre la reorganización del mundo, hasta terminar recalando nuevamente en Francia y alimentar el sueño propio y de algunos influyentes sobre la construcción de la cristiandad a partir de una “República Gala”. Jon Juaristi (2000) señala que Postel fue un personaje singular identificado con el movimiento humanista de perfil anticatólico denominado “los arameos”, expresando que toda la parafernalia teórica posteliana fue en realidad un movimiento destina-do a alimentar una estrategia que servía a las aspiraciones imperiales francesas. Este autor menciona que, según los cánones interpretativos aplicados por Postel, el contenido de la revelación consistía en un plan de “restitución” o de restauración del “orden primero”: traslado del Papa a Jerusalén, reorganización política de Europa en torno al emperador francés instalado en Roma y “homología pentecostal” de todos los pueblos reintegrados a la lengua primitiva, el hebreo.
El proyecto de universalización de la novedosa cristiandad posteliana estaba fundado en el presupuesto de la aceptación por la mayoría de los pueblos de la tierra de la soberanía de la República Gala, legitimando la variante del sometimiento forzoso para aquellos “recalcitrantes “que se opusieran a tan magna empresa ordenadora. Sin embargo, este singular personaje, luego de lidiar con Francisco I de Francia y remodelar su propuesta para presentarla a Fernando I, Emperador de Austria, rompió con la cristiandad y trató de convencer a los israelíes sobre las bondades de su idea, aunque en la nueva ocasión dispuesta en torno a la religión de los que antes habían sido infieles execrables. En un punto límite de su discurso, donde el intelecto parece no consentir las afirmaciones dogmáticas de la revelación (lo meramente “creíble”, pero por ello mismo no compartido por los tributarios de religiones distintas), Postel necesitaba recurrir a una “inflexión fáctica” (el ejercicio violento del poder) que desplazaba el consenso (imposible) y la persuasión (estéril)hacia la fuerza y el dominio imperiales.