La ignorancia sabia

Otra expresión de ese mismo fenómeno persiste excepcionalmente representada por el discurso del ínclito cardenal Nicolás de Cusa (1401.1467), para quien la “ignorancia sabia” o “intelección de la fe” facilitaba la conciliación entre las diversas religiones, aunque a condición de que el orden de aquella asumiera como principio fundacional sólo “la ver dad de la religión cristiana, apostólica y romana”. (De pace fidei, 1454) La actividad intelectual del obispo nacido en Tréveris fue desplegada en el contexto de una nueva fractura de la cristiandad y éste es el dato elocuente para interpretar las otras teorías que surgieron al amparo de tamaña tragedia, sólo equiparable en el sentimiento de “los europeos “a la caída del Imperio romano acaecida mil años antes. Los hitos de la mencionada fractura permiten concluir que la idea de cristiandad multiplicaba los ejes de conflicto y sufría ella misma “ad intra” los efectos del esencialismo y la inflexibilidad dogmática. Los cristianos habían protagonizado una guerra fratricida en 1339, proyectando en el interior del “pueblo de Dios una primera división histórica fundamental, que terminaría separando irreductiblemente en el conjunto cristiano a réprobos y elegidos.
Con el tiempo, la guerra de los cien años significó el reconocimiento de que el “mal” podía afectar a la cristiandad en dos sentidos bien diferentes: motivando a los infieles “externos” a derribar las murallas de la “ciudad de Dios”, o bien extendiendo la “disidencia” en e1 propio “mundo cristiano” y con ello corroer sus fundamentos primarios e irrenunciables mediante la “destrucción interior”. Esta doble atonalidad vigente en el ámbito de la representación teológica provocó en numerosas ocasiones que los diversos grupos de cristianos “occidentales “cedieran ante la tentación de caracterizarse entre sí como “enemigos “y de hecho gran parte del discurso de la época comenzó a organizarse en ese sentido. En el marco conceptual de una lucha dialéctica contra antiguos miembros del mismo cuerpo religioso del cristianismo “occidental”, tanto unos como otros apelaron a las categorizaciones esencialistas para demostrar la distancia que separaba las afirmaciones de los “nuevos enemigos” de quienes permanecían viviendo fieles los verdaderos contenidos del cristianismo. Tales actitudes no tardaron en alcanzar consumación práctica y en 1417 el propio Papa Martín V predicaba una cruzada contra un colectivo cristiano disidente del momento: los husitas.
La crisis “medieval”, disparada por las trágicas discusiones acerca del dogma, la grande y cruenta “división intracristiana”, la prefiguración de varios aspectos de la “Reforma Protestante”, el cisma definitivo de la iglesia griega (1440) y la caída de Constantinopla en manos de los turcos (1453), definió el complicado contexto de los pensadores y teólogos que asistían compungidos al colapso de la Cristiandad europea.
Con respecto al tema de la concepción y ejecución de políticas ordenadas según una “causa cristiana”, Sánchez Montes (1951) expresaba que en la España de la “Contrarreforma”, las mencionadas doctrinas estaban avaladas por personalidades de la talla de Luis Vives, Francisco de Vitoria, Juan Ginés de Sepúlveda, el cardenal Martinez Siliceo, ee quienes eran partidarios de la “universitos cristiana” o concordancia entre los soberanos católicos para oponerse a los turcos musulmana Entre tantos problemas, la cuestión de la disidencia interna y la guerra entre los propios cristianos provocaba sobremanera la inquietud de lon hombres de la iglesia o cercanos conceptualmente a ella. En este sentido el fin del disenso era un objetivo valorado necesario, no sólo desde la perspectiva de la “paz entre hermanos”, sino también a partir de consideraciones militares y políticas vinculadas a la fortaleza misma del paradigma de la “unidad europea”. Un trágico ejemplo de esta lucha se presenta, a decir de Sánchez Montes, cuando el ideal general de la paz, aquel de la “universitas christiana”, fue neutralizado y reducido a una “grandiosa utopía” por las acciones de Francisco I de Francia, quien para contrarrestar el proyecto del emperador y equilibrar el poder europeo no vaciló en acudir a una alianza con “los infieles”.
Durante eI período inicial de las disidencias internas de esa cristiandad, Nicolás de Cusa se había propuesto resolver, al menos en teoría, el problema de los enfrentamientos religiosos (intra y extra cristianos), apelando a una composición literaria original, levantada sobre algunas tesis por demás temerarias para la época. De pace fidei era la descripción concienzuda de un “congreso celestial”” presidido por Dios y al cual asistían los representantes de las diversas religiones que habían adoptado las múltiples sociedades del mundo. La idea central que había motivado la reunión era alcanzar un consenso mediante el diálogo y la argumentación racional, que permitiera evitar los males de los enfrentamientos y fundar de una vez y para siempre una paz definitiva (“universal”) entre los hombres. La presente investigación prescinde de especificar los pormenores de las complicadas discusiones que se produjeron durante el mencionado congreso imaginario, pero tomando en consideración las sucesivas e ideales participaciones de los respectivos representantes es posible identificar algunos contenidos sustanciales directamente relacionados con el problema de la utilización del discurso en el contexto de la cristiandad y de la relación de ésta con el “resto del mundo”.