Ciudad celeste

La lectura en clave política de la obra de Agustín permite concluir que, así como la idea de “ciudad celeste” actuaba de paradigma ejemplar que brindaba “forma realizadora” a la “ciudad terrestre”, la idea de “cristiandad” serviría después de él a modo de canon y mensura para reordenar los “restos del Imperio de occidente” y también para conformar los ensayos políticos que prefigurarían la “futura Europa”. En este caso conviene recordar que la caída de Roma fue percibida por sus habitantes en términos de “fin del mundo” y la “ciudad de Dios” no hacía más que establecer las condiciones elementales para su recuperación posible. Teológicamente esta intención concebía que el proceso de colapso del Imperio, no constituya el prólogo del “fin de la historia”, sino una etapa con potencialidad de “Nuevo Reino”. En estos términos, los juicios del teólogo imponen se afectaron substancialmente a la “futura Europa”, al prefigurarla “universal” según la forja de la “revelación cristiana”, que la dotaba de los contenidos valores que servirán para definirla ante “lo no europeo”, y con ello estableciendo definitivamente el espacio discursivo y práctico que regiría las cuestiones políticas fundacionales del novel orden “medieval”.
La interpretación de la pertinencia de esta estrategia dedicada a utilizar un “espacio cristiano” para recuperar ciertos rasgos significativos del pasado y anclar al subcontinente en determinados valores que le caracterizarían en la historia futura fue confirmada por Moreno Báez (1971), para quien Europa existe desde la “época de Carlomagno”, cuando el Pontificado decidió ofrecer como ideal y paradigma para convertir a los “bárbaros” todo aquello que pudiera conservarse del “orden romano”. La aspiración misma de colocar al Papa en el centro de la escena política, transformándolo en la clave del fenómeno de la recuperación “romana” de “la civilización” y correlativamente concluir que “de la alianza entre los francos y el Pontificado nacería Europa”, fue parte de la noción de “Cristiandad” y remitía a una conciencia siempre dispuesta a reconocer las implicancias que esa noción tuvo en la organización del “mundo europeo”. Asimismo, en oportunidad de tratar el tema del intento de “la reconstrucción del imperio por Otón I”, Moreno Báez menciona aquella entidad que, siendo llamada desde Barbarroja el “sacro imperio”, constituyó una parte decisiva de la “cristiandad”, y recuerda los esfuerzos por hacer ingresar a la Europa “oriental” en lo que podría llamarse la “república cristiana”. Esta visión de un espacio religioso privilegiado a modo de instancia articuladora del universo simbólico y discursivo “superior”, y por ende la “ascendencia de Europa” sobre el “resto del mundo”, está presente en este autor cuando afirma que, en cada religión, podrían cimentarse diversas culturas, pero de hecho sólo el cristianismo había mostrado vitalidad para crear dos colosales, de muy desigual cohesión y fuerza expansiva: la “cristiano-oriental” y la “europea”.
En otras palabras, Agustín fue el pionero que introdujo en la consideración de la historia de las ideas políticas el dato de la “fe revelación “como elemento determinante y fuente legitimadora de los contenidos pertinentes, y sentó las bases para que se obtuvieran ciertas conclusiones originales decisivas con notables proyecciones en lo político y social de los siglos posteriores. Si bien la “ciudad de Dios” y la “ciudad terrena “eran “acontecimientos espirituales’, Ia perspectiva platónica del esquemas empleado por Agustín conducía a reducir ambos extremos de la relación a la dualidad “mundo ideal-mundo real”, y compararlos tratando de legitimar la necesidad de “acercar moralmente” la ciudad concreta, esto es, la “organización de la sociedad política (que por entonces comprendía “lo civil”) a la primera, implicando ello “una superación y perfecciona-miento de la segunda”. Para que esta posibilidad se realizara, obviamente debía asumirse en plenitud la conducta determinada por la hermenéutica de la “fe “que entregaba-contenía “la única religión verdadera”. Tal versión de lo que se llamaría “conocimiento por autoridad” llegó a tener su sede orgánica en Roma y ésta, por diversos motivos, entre los cuales no se excluía la “intervención divina”, sería una de las expresiones que alimentaría durante siglos la imagen de “Europa” como “solar fundacional” de la “cristiandad”. En última instancia, en el pan agustiniano la estrategia decisiva consistía en alcanzar la “reconfiguración festiva “del “Imperio”, para posibilitar su “reconstrucción política real”. Esa re-construcción del “poder romano” era por consiguiente la clave necesaria de la “reordenación del mundo”, disponiéndolo para imponer la única “religión virtuosa y planificarte”. En palabras de María Zambrano, la “ciudad de Dios” se transformaba en el paradigma de toda la “cultura europea”, en su afán por realizarse como acontecimiento histórico y proyectivo, generando la idea de revolución inframundo a manera de matriz ideológica fundacional de “Europa”. La tesis de que la idea de una “sociedad cristiana” cumplió la función de núcleo catalizador del paradigma discursivo de la Europa “medieval”, que recibió desde entonces un sinnúmero de recreaciones. Esa conclusión también fue compartida por autores como Ullmann (1983), quien destacaba la influencia en tal sentido del Papa Gregorio I, Pontífice romano entre los años 590 y 603, considerado el “padre de Europa”. Gracias al “realismo” de este Papa, la política de “distancia y diferenciación” ante Constantinopla y su doctrina de la “sociedad de comunión cristiana” fue posible, y con ella la definición de las bases para el divorcio entre ambas sedes religiosas a partir de la preformación de una “identidad” de la parte “latina, occidental y propiamente europea del continente.