Los homínidos cazadores

Schaller y su compañero científico Gordon Lowther realizaron dos experimentos como homínidos cazadores carroñeros aprovechando la llanura de Serengeti y uno de sus ríos como medio ambiente, ya que su clima y las grandes manadas de animales que pastan en aquel lugar son todavía muy similares a las supuestas condiciones de hace un par de millones de años. El primer experimento fue realizado en la pradera abierta, donde los dos hombres caminaron, separados unos 100 m, un total de unos 160 km durante varios días. Su objetivo principal eran gacelas pequeñas, las cuales durante la primera semana de vida no corren, sino que permanecen agazapadas entre la hierba. Encontraron ocho, y fácilmente podrían haberlas atrapado a todas. Una excelente captura, pero fácilmente explicable: cinco de ellas estaban en un espacio reducido en el lugar donde las hembras preñadas se habían reunido para tener sus cervatillos. Ya que entre la mayoría de los herbívoros de la llanura los nacimientos se concentran en períodos muy cortos con la ventaja de poder escapar de los predadores, simplemente por la repentina presencia de más animales recién nacidos de los que les es posible comer, Schaller concluyó que cazar gacelas no era rentable a largo plazo: constituía una solución maravillosa durante unos pocos días, pobre el resto del tiempo.
Sin embargo, él y Lowther tropezaron con otras cosas durante su caminata: una liebre que podrían haber cogido, un par de carroñas de gacelas adultas a medio comer, un guepardo que mataba a una presa a 1,5 km de distancia, presa que ellos se hubieran podido apropiar. Sumando todos los trozos y piezas, incluyendo algunos pedazos de los sesos de una presa comida casi por completo, volvieron con cerca de 30 kg de carne. Su segundo experimento fue realizado en un bosque que bordea el río Mbalageti, en Serengeti, y duró una semana. Ahí tuvieron mejor suerte. Rondaron los remansos del río donde las manadas venían a beber, y se toparon con la competencia de sesenta o setenta leones que tenían las mismas ideas. Encontraron cuatro leones muertos, pero habían sido comidos tan bien por sus congéneres que no quedaba nada, salvo algunos cráneos y la medula de los huesos grandes. Esto último, al igual que los homínidos que usaban herramientas, pudieron haberlo obtenido quebrando los huesos con piedras. Encontraron a un búfalo a medio comer que había muerto de enfermedad, y podrían haber obtenido de él alrededor de 250 kg de carne; un gran éxito. Además, hallaron una cebra pequeña de 40 kg, abandonada y enferma, y una jirafa joven que actuaba de manera extraña, la cual era ciega, según descubrieron cuando la siguieron corriendo y la cogieron por la cola. Pesaba alrededor de 150 kg. Pero la caza, antes como ahora, era variable. Aumentaba y disminuía temporalmente, según la sequía, las enfermedades y las migraciones. Para hacer frente a esto, los homínidos debieron haber estado sometidos a presiones selectivas que les transformaron en cazadores cada vez más hábiles, capaces de cazar al acecho, de tender emboscadas y de matar animales fuertes cuando no encontraban viejos ni enfermos que cazar. Por otra parte, en las épocas de escasez había siempre semillas, nueces, raíces y frutos a los cuales recurrir, tal como hacen actualmente los cazadores recolectores. Pero hacer una comparación directa entre la vida del australopitécido y la de ciertos modernos cazadores recolectores, como los bosquimanos del Kalahari, es erróneo, según Schaller. Los bosquimanos han sido relegados a una región semidesértica donde casi no hay caza. La mayor parte de su comida es vegetal. A pesar de ser pequeños y poco inteligentes, los primitivos homínidos probablemente consiguieron más carne que los modernos indígenas. Pero, tanto si lo hicieron como si no, no es esto lo que importa. Lo que importó en la larga marcha, fue la actividad en sí misma. Las exigencias de la caza son estímulos para el cerebro.
Una de las influencias más fuertes en la evolución intelectual del hombre, como Sherwood Washburn continúa subrayando, fueron, sin duda, sus actividades cinegéticas, aunque Washburn piensa que es un error tomar a los carnívoros sociales como modelo de cazadores. Mantiene que es suficiente observar a los chimpancés con sus tendencias a la caza para acreditar una tradición cazadora en el comportamiento de los primitivos homínidos. De acuerdo con Washburn, eso fue suficiente, pues transformó a nuestro antepasado al ampliar sus horizontes y su capacidad mental. Gradualmente aprendió a cazar mejor, a pensar y planificar mejor, y a fabricar y usar mejores herramientas. Para los homínidos, que eran más bien lentos, débiles y de dientes pequeños, las herramientas hacían al cazador. Su origen en la evolución humana estará oculto en el nebuloso proceso de la prueba y el error. Lo mejor que podemos hacer es recordar que hubo una época en que nuestros antepasados pudieron hacer menos con las herramientas de lo que pueden hacer los chimpancés actualmente, y que tuvieron que abrirse camino a través de una similar pero no necesariamente idéntica capacidad limitada para llegar a utilizar objetos con un propósito definido: un tallo de hierba para hurgar en los montículos de termites, un bocado masticado de hojas que sirviera como esponja, un palo o rama con el fin de que pudiera blandirse para intimidar, una piedra como arma arrojadiza.