¿Llegará a ser un huevo fecundado un abejorro o un búfalo?

Esa pregunta es respondida por los genes del huevo, que también determinan cuáles células del huevo en desarrollo llegarán a ser el pelo del búfalo, cuáles las piernas y cuáles una pequeña verruga en la parte posterior del cuello del búfalo. El papel director de los genes en el desarrollo de las células ha sido sospechoso desde principios de siglo. Pero cómo hacían este trabajo fue un misterio total hasta 1953, cuando dos futuros premios Nobel, James Watson y Francis H. Crick, centraron su atención en un ácido nucleico de las células llamado ADN. Lograron aclarar la estructura del ADN y determinar que éste era el agente que decía a los genes lo que debían hacer. La virtud de una tarjeta perforada es que puede ser usada una y otra vez en cualquier tipo de computadores y siempre entregará el mismo resultado. Otra virtud es que puede ser acumulada una enorme cantidad de información en la tarjeta usando sólo un tipo de unidades de almacenamiento: pequeños orificios. Los orificios son todos iguales, pero puede cambiarse su posición en la tarjeta. Eso es lo que cuenta; cada uno de esos cambios de posición resulta en un mensaje distinto de la tarjeta al computador. 

El ADN actúa casi según el mismo principio; también puede acumular una increíble cantidad de conocimientos usando unidades simples. En vez de ser una tarjeta, consiste en dos largos cordones de bloques de construcción química enlazados como cuentas de un rosario y que se enrollan mutuamente en forma de espiral. Esta es la famosa “hélice doble” descubierta por Watson y Crick. Además, tiene un potencial virtualmente infinito para la diversidad. En vez de usar un tipo de unidad un orificio, usa cuatro tipos de bloques de construcción química. Las diferentes instrucciones que entrega son determinadas por la ubicación de esos bloques como los orificios en una tarjeta perforada en los dos cordones de la hélice. Igualmente, importante es la forma en que los dos cordones, mientras se enlazan en la hélice doble, están firmemente sostenidos en esa relación espiral por enlaces químicos. Ya que el ADN instruye a los genes, y ya que los genes dirigen el desarrollo del abejorro o el búfalo, comienza a estar claro que, si debe suceder, la evolución debe empezar con cambios en el orden y en el enlace de los bloques construidos en la hélice doble. Tales cambios suceden en el ADN. Suceden en forma de mutaciones y, con el fin de simplificar, podríamos llamar a estos cambios “unidades”de evolución. A medida que transcurre el tiempo, los cambios comienzan a acumularse lentamente en el ADN de todas las especies. A veces estos cambios se harán lo bastante numerosos y efectivos, de modo que las especies comenzarán a mostrar sus efectos. En ese momento, lo que describimos como evolución puede decirse que está ocurriendo.

Mientras más tiempo transcurra, mayor será el número de esos cambios evolutivos. Por lo tanto, se deduce que, si se pudiera idear una manera de medir las diferencias evolutivas en el ADN de dos animales distintos, sería posible medir las diferencias evolutivas entre ellos, simplemente calculando. En otras palabras, comparando el ADN de un hombre con el de un chimpancé, sería posible ver exactamente cuán estrechamente emparentados están en realidad. Esto parece fácil en teoría. En el laboratorio resulta endemoniadamente difícil, ya que implica desarrollar un método para separar, observar, después analizar y volver a unir dos cordones de tamaño submolecular, objetos tan pequeños que son invisibles con el aumento más grande de los microscopios habituales. A pesar de la dificultad, biólogos moleculares como David Kohne, de la Universidad de California, de San Diego, y B. H. Hoyer, de la Institución Carnegie, lo hicieron. Aprovecharon el hecho de que el ADN se presenta en dos cordones. Un cordón aislado del ADN de un hombre puede ser desenlazado y pareado con un cordón aislado del ADN de un chimpancé.

Resulta, de acuerdo a las mediciones de laboratorio usadas, que el hombre difiere del chimpancé en sólo 2,5 %; del gorila, sólo ligeramente más. Pero difiere de los primates inferiores en más del 10 %. Como Washburn, que ha estado siguiendo este trabajo desde muy cerca, dice: “Puedes construir un árbol genealógico correcto a partir del ADN, sin haber visto nunca a los animales. De hecho, el árbol de los primates publicado por Kohne en 1970 no habría causado sorpresa a Darwin y Huxley en 1870.”¿Entonces, para qué lo hacen? ¿Por qué recurrir a todos esos problemas para probar algo que la ciencia ya ha demostrado que es cierto mediante otras formas y lo ha aceptado durante un siglo?

Porque entrega un tipo de evidencias que no existían antes. Ahora, las unidades de medida son las mismas. Sin importar dónde sea realizado el experimento y qué chimpancé sea comparado con el hombre, la diferencia siempre será constante. Ahora, finalmente, hay un patrón estándar de la separación evolutiva que es fundamentalmente distinto de esas elásticas diferencias en el tamaño del cerebro o de los dientes, las cuales siempre variarán ligeramente de un individuo a otro. Haciendo comparaciones del ADN en el laboratorio, no hay variabilidad de un ensayo a otro.

La biología molecular no se detiene en el ADN. Ha seguido avanzando para usar otras técnicas de laboratorio afines para investigar la historia evolutiva de las proteínas de la sangre, tales como la hemoglobina y la ser albúmina, en gran número de animales. Dos hombres de la Universidad de California, de Berkeley, Vincent Sarich y Allan Wilson, han estado aplicando una de esas técnicas reacciones inmunológicas para medir las diferencias moleculares en la ser albúmina. Y, una vez más, los resultados lo demuestran, como claramente lo señala la tabla en la parte superior (los números representan unidades de diferencias inmunológicas medidas frente a un patrón que usaron Sarich y Wilson: ser albúmina sensibilizada de conejo).

 

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