Los animales y la caza para sobrevivir

No sólo se verá cada vez más estimulado para cazar y matar los objetos alimentarios, sino que, lo que es aún más importante, será estimulado para acecharlos y pensar cada vez más cómo y dónde poder encontrarlos. Sus ambiciones crecerán gradualmente a medida que comprenda que individuos lisiados o viejos, incluso de especies grandes, están dentro de sus capacidades como cazador. Pero, cuanto más grande sea la pieza, más necesita de cooperación. Y con cantidades de carne proporcionalmente más grandes en sus manos, como resultado de una fructífera cooperación, mayores serán las oportunidades y el incentivo para compartirla. Aquí, nuevamente, opera la realimentación positiva. Lo más próspero que se puede dar en un tipo particular de comportamiento, es en un animal lo suficientemente inteligente para recordar y para tener alguna preferencia en el modo de proceder, para el cual lo más hábil será continuar experimentando lo que ha hecho antes. Cada animal cogido fortalece el estímulo de buscar afanosamente más animales. Este fenómeno fue notado por Jane Goodall cuando observó la decadencia y el nacimiento de la actividad de caza rudimentaria entre los chimpancés de Gombe. La posibilidad de coger un joven babuino podía estimular una cantidad de esperanzada energía de caza. Pero debido a su pobre éxito como cazadores, a su confuso y perdido entusiasmo, y al gran número de variadas fuentes de alimento ofrecidas a ellos, los chimpancés rápidamente pudieron ser desalentados por errores sucesivos. La caza dejaría de ser la forma, hasta que la próxima matanza afortunada encendiera de nuevo el interés. Estimulados por éxitos más frecuentes en campo abierto y, tal vez, también por una mayor necesidad de cazar y recolectar debido al abastecimiento menos estable de alimento en aquel ambiente, los homínidos pudieron haber organizado algo que carecía de importancia para la supervivencia de los chimpancés en algo que era importante para ellos.

Compartir los alimentos, tanto como cooperar en la caza, pudo haber mejorado las posibilidades de sobrevivir de un homínido. Es penoso ver a un babuino enfermo o lisiado tratando de mantenerse con el grupo. Los otros babuinos no lo alimentarán ni le prestarán atención en ningún sentido; al ser grandes comedores de semillas, frutos y raíces, deben ocupar la mayor parte del día alimentándose ellos. Por esta razón, el individuo enfermo debe arreglárselas solo, y aun cuando los otros animales puedan estar moviéndose lentamente durante el día, el lisiado no será capaz de encontrar energía para forrajear, puesto que dedica todas sus fuerzas a mantenerse en pie. En tal situación, se debilitará más, le será más difícil mantenerse en pie, se sentirá más débil, y así sucesivamente. El transporte de alimento a un lugar del cual un individuo imposibilitado no debe moverse durante unos pocos días críticos, podría significar la diferencia entre la vida y la muerte; particularmente, para un homínido cuyos procesos de maduración y aprendizaje son muy lentos, y cuyos experimentos con una dieta de carne pueden exponerlo a los estragos de un parásito interno poco conocido que podría infectarlo. Un babuino con una pierna rota o con disentería es casi un babuino muerto; en cambio, un homínido podría sobrevivir. Así, los atributos peculiares de un homínido interactúan con la caza en grupo y el reparto de alimento de un carnívoro social. El resultado, en sus primeros grados, pudo producir algo como un australopitécidos, un cazador que realizaba su trabajo de una forma nueva en dos piernas y con armas y cuyo ingenio se agudizaba constantemente por esa nueva forma, hasta que llegó a ser un cazador muy eficiente.

Pero esta circunstancia llegó despacio; tan despacio, que probablemente pasó mucho tiempo antes que los homínidos fueran lo suficientemente eficientes incluso para ser reconocidos como peligrosos por otros animales. A medida que crecieron las habilidades de los homínidos, indudablemente, el secreto fue más difícil de mantener. Durante la época de los últimos australopitécidos, hace dos o más millones de años, es casi seguro que el hombre fue un cazador lo suficientemente experto para que todos, incluso los grandes herbívoros, le tuvieran miedo. Antes, los grandes carnívoros, leones y leopardos, hacían presa de ellos. La jauría de hienas debió de haberlo espabilado, puesto que en grandes grupos son muy agresivas. Pero, seguramente, el cazador homínido también era agresivo. Es probable que compitiera con hienas y licaones, peleando con ellos por las carroñas de grandes animales. En estas confrontaciones el número y la agresividad no cabe la menor duda de que decidirían la cuestión.

Sin embargo, la caza comenzó en escala muy modesta, limitada a la posibilidad de encontrar pequeños animales. Tan importante, probablemente en los primeros grados y posiblemente durante un largo tiempo después de eso, fue el carroñero: el encuentro de caza ya muerta, tanto por causas naturales como por otros animales que podían ser intimidados y alejados. Esto podía llamarse el lado oportunista de comer carne, y aquí nuevamente, los homínidos se parecen a los carnívoros sociales, que son maestros consumados del oportunismo. Aunque un león que encuentre a hienas con una presa fresca las aleje, las hienas son capaces de reunir refuerzos y alejar al león. Dos o tres leones hacen cambiar la suerte nuevamente. Otro aspecto fascinante de la vida social de los carnívoros es la diferencia y el bajo grado de la ascendencia entre ellos. Si los animales cooperan durante la caza, la agresión entre individuos debe, de algún modo, ser descargada o sofocada. Pero en una jerarquía lineal esto es muy difícil. Es difícil imaginar a un grupo de babuinos con grados conscientes aguantando, sus mutuos rencores y temores hasta el punto de que todos pudieran correr unidos en una aventura de caza cooperativa. Pero los carnívoros lo hacen. Entre los leones, los machos son dominantes sobre las hembras, pero sólo porque son más fuertes. Las hembras no aceptan permanecer en segunda fila, y a menudo se defienden en disputas por la comida. No hay jerarquía entre las hembras, las cuales realizan gran parte de la caza. Entre las hienas, las hembras son dominantes sobre los machos, pero tampoco tienen jerarquía. Los licaones forman una sociedad en la cual la ascendencia varía de una jauría a otra, pero en ninguna parte es fuerte. Donde existe, parece más bien una expresión de relación mutua entre animales individuales. Estos rasgos están en marcado contraste con las jerarquías de ascendencia de muchos primates. 

 

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