Homínido en sociedad

Un homínido social con una estructura de grupo posiblemente, con los comienzos de una familia; su sociedad, además, estaba organizada de manera complicada, y en sus orígenes probablemente presentaba una profunda división entre dominantes y dominados. Este homínido se trasladó de la selva al campo abierto, donde explotó una gama más amplia de alimentos, incluyendo las semillas. En resumen, comía cualquier cosa y todo lo que encontraba. Desarrolló los potenciales del bipedismo, del uso de herramientas y la ingesta carnívora. En la sabana hay grandes ventajas para desarrollar estos rasgos, y las supo explotar. Es un eficiente caminante erguido en los tiempos del australopitécidos, y pudo haberlo sido ya antes. Están comenzando a aparecer los distintos papeles del macho y de la hembra, protector cazador y dueña de casa recolectora, respectivamente. Estos papeles y aquí nos encontramos nuevamente en el ciclo de la realimentación positiva no sólo son necesarios para proteger y compartir, orientados a cuidar a los hijos de cerebro grande y lento desarrollo y a sus madres, sino que también hacen posible, debido a los cerebros más desarrollados, que esta nueva forma de vida, con la distribución y conservación de los alimentos, el bipedismo y el uso de herramientas, progrese.

En esta dependencia, la manera habilidad para caminar fácilmente resulta significativa. Washburn ha señalado que muchos primates nunca se movieron más de unos pocos kilómetros del lugar donde nacieron, y en ese caso están condenados a una visión necesariamente estrecha del mundo. Un babuino puede tener la vista aguzada, y tal vez incluso su alma de babuino se conmueve cuando contempla desde su lugar de reposo en la copa de un árbol el vasto mundo, con sus muchos misterios y sus lugares desconocidos, pero nunca es galvanizado por esas visiones. Habitualmente se mantiene dentro de un área de 25 a 40 kilómetros cuadrados. Los esfuerzos de K. R. L. Hall para hacer desplazar a un grupo de babuinos fueron fáciles mientras permanecieron dentro de la pequeña área que consideraban su hogar. Pero al tratar de llevar al grupo fuera de su territorio, siempre fracasó: los animales volvían al terreno donde conocían cada árbol y cada roca, y en el que se sentían seguros. Al elegir la seguridad, naturalmente, desecharon una posibilidad de aprender.

Para los homínidos, cuyas áreas potenciales comenzaron a crecer a medida que aumentaban sus habilidades físicas para patrullar estas áreas, correspondientemente crecieron las oportunidades de nuevas perspectivas y experiencias. De igual modo actuaron las presiones selectivas para desarrollar cerebros más grandes capaces de acumular cada vez más información acerca de ese mundo mayor. Con el aumento de movimientos vinieron los estímulos para transportar cosas a largas distancias, así como para el caminar bípedo y para nuevas explotaciones. En estos momentos, no hay manera de calcular el territorio de un grupo de australopitécidos, y lo más seguro es que haya variado de un lugar a otro, así como entre años buenos y años malos. No obstante, fue calculado en las veintenas, y bien puede haber comprendido cientos, de kilómetros cuadrados. Con el aumento territorial llegaron muchas mejoras favorables para un grupo de nómadas, que así fueron capaces de trasladarse de un lugar a otro si era necesario, de escapar a desastres como escasez o inundaciones, de sacar provecho de las buenas condiciones locales a medida que desarrollaban el conocimiento de las estaciones, y, lo más importante, de recordar dónde, cuándo y cómo explotar las riquezas de su territorio. Simplemente, aumentando las opciones aprovechables, un homínido de gran cerebro que podía caminar distancias respetables, aumentaba sus posibilidades de supervivencia. Hasta ahora hemos tratado la mayor parte de los temas referentes a los homínidos, pero aún falta uno: su tamaño; tanto su propia estatura como el tamaño de los grupos que formaba.

A mediados de los años 70, el total de fósiles de australopitécidos conocidos, incluyendo algunos hallazgos recientes de Clark Howell, Yves Coppens y Richard Leakey, había crecido notablemente; pero la gran mayoría de estos hallazgos son dientes y trozos de mandíbulas. Los huesos largos de brazos y piernas, los únicos que permitirían estimar tamaños exactos de los australopitécidos, son aún muy escasos y fragmentarios. No obstante, permiten algunas conjeturas, que más o menos son las que siguen:

El boisei macho, que fue cada vez más grande y más robusto durante un período de varios millones de años, medía 1,65 m y pesaba alrededor de 100kg; era un animal grande. Los boisei hembras parecen haber sido entre un 15 y un 25 % más pequeños y deben de haber pesado la mitad. Todos los tipos gracilis, desde los más pequeños de Sudáfrica hasta los más grandes habilis delos últimos tiempos medían entre 1,35 y 1,50 m y pesaban entre 40 y 50 kg. Las hembras eran algo más pequeñas, como siempre. Los roburtus, encontrados sólo en Sudáfrica hasta este momento, ocupan un lugar intermedio entre las poblaciones de boisei y las de africanas. Los machos median aproximadamente 1,50 m y pesaban hasta 75 kg. Las hembras median, más o menos,1,35m y pesaban alrededor de 40 kg.

Las estimaciones del número de australopitécidos que formaban un grupo van desde una docena hasta cincuenta. Estas estimaciones están basadas en los tamaños conocidos de los grupos de chimpancés, gorilas y babuinos, así como en los límites que pondrían (y que, por cierto, aún ponen) a los cazadores recolectores las dificultades diarias que tendría un gran grupo para encontrar comida y agua para todos. Tampoco se sabe cuánto vivieron los australopitécidos. Un chimpancé tiene una esperanza de vida de aproximadamente veinticinco años en la selva, aunque posee el potencial fisiológico para vivir hasta sesenta años. Podría esperarse que los australopitécidos, de tamaño similar y raza semejante, tuvieran el mismo potencial. Pero, como en el caso de los chimpancés, este potencial seguramente fue muy reducido por las duras condiciones de vida. El paleoantropólogo Alan Mann ha estudiado el desarrollo de los dientes entre los fósiles inmaduros de gracilis de Sudáfrica y el desgaste de los dientes entre los adultos de la misma población. Sus estudios indican que ninguno de ellos pasó de los cuarenta, y que sólo aproximadamente uno de cada siete alcanzó los treinta años. Estima que su vida media era de aproximadamente veinte años, lo cual dice mucho acerca de los peligros que acechaban a los australopitécidos. El movimiento hacia la sabana pudo haber favorecido la evolución de la persona humana, pero pasaron millones de años antes que ésta alcanzara una vida más fácil o mayor longevidad. 

 

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