Zeus

Rey de los dioses y los hombres, Zeus presidía en el Olimpo el Gran Consejo de las doce divinidades mayores, constituido por los hijos de Cronos y sus principales hijos divinos: Atenea, Apolo, Artemisa, Ares, Afrodita y Hermes. Compartía su trono con Hera, pero se le atribuyen otras esposas anteriores, de estirpe titánica, como Temis, madre de las Horas o estaciones, de las Moiras y las Parcas, que rigen los destinos. De su unión con Mnemosina nacieron las Musas, a las que fueron asignados diversos campos de actividad: Calíope, la poesía épica; Clío, la historia; Erato, la lírica coral y amorosa; Polimnia, la lírica religiosa; Euterpe, la música; Terpsícore, la danza; Talía, la comedia; Melpómene, la tragedia, y Urania, la astronomía. También pertenece a Zeus la paternidad de las tres Gracias, que en un principio eran divinidades de la vegetación. Leto o Latona, otra titánida, le dio por hijos a Apolo y Artemisa. Con Hera, engendró a Ares, dios de la guerra, y a Hebe, la juventud eterna; con Deméter, a Perséfona; con una de las Pléyades, a Hermes.
Además de las uniones divinas, sedujo a varias mortales, para lo cual recurrió, según las circunstancias, a curiosas estratagemas. Con Dánae, madre de Perseo, se convirtió en lluvia de oro; con Leda, madre de Helena y los Dioscuros, tomó forma de cisne; como toro, raptó a Europa; para engañar a la virtuosa Alcmena adoptó la apariencia del marido, Anfitrión, que se hallaba en la guerra, y de cuy unión nació Heracles. De todos los descendientes nacidos de madre mortal, sólo Dionisos, hijo de Semele, obtuvo la categoría de dios.
Apolo y Artemisa
Hermanos gemelos, identificados con el Sol y la Luna, Apolo y Artemisa vinieron al mundo en Delos, isla que Poseidón había hecho emerger del mar para que se asilara Latona, perseguida por Hera. Más tarde, en Delfos, Apolo mató con sus flechas a la serpiente Pitón, que devastaba los alrededores, y ahí estableció su famoso oráculo; con la piel del reptil cubrió el trípode donde se sentaba la sacerdotisa a quien el dios, dotado del poder de adivinación, inspiraba las respuestas. En el monte Parnaso solía presidir reuniones y juegos de las Musas. Es el padre de Asclepios, a quien los romanos llamaron Esculapio, divinidad secundaria que rige el arte de la medicina. También fue padre de Faetón, a quien había jurado darle, como prueba de su paternidad, el don que le pidiese; el adolescente exigió entonces guiar por un día el carro del Sol. Pesaroso del imprudente juramento, el dios tuvo que cumplirlo, y Faetón, falto de la destreza necesaria para dominar a los flamígeros corceles del padre, se desvió y abrasó a la Tierra, pereciendo. Entre sus amores no correspondidos está el que sintió por la ninfa Dafne, la cual huyó a las montañas para eludir la persecución del resplandeciente numen y, fatigada, pidió auxilio a su padre el río Peneo; éste la transformó en laurel. Apolo, entonces, con unas ramitas del hermoso arbusto se hizo una corona que ciñó en recuerdo de la manada, haciéndose también consagrar esa planta.
Artemisa, diosa de la castidad y la naturaleza, es una virgen cazadora, armada de arco y flechas. Cuando Niobe, reina de Tebas perteneciente al linaje de Tántalo, se vanaglorió de ser superior a Latona por sus catorce espléndidos hijos e hijas, Artemisa y Apolo vengaron a su celosa madre matando a flechazos a todos los hijos de la infeliz reina, cuyo inmenso dolor la convirtió en piedra. Artemisa tuvo un solo amor: el bello Endimión, que había obtenido de Zeus la inmortalidad, pero en sueño permanente. La diosa se limitaba a contemplarlo dormido en una gruta, al claro de luna.
Atenea. Nació, crecida y armada, del cerebro de Zeus, y se mantuvo siempre virgen. Protegía a la vez la guerra y las artes de la paz, así como toda actividad de la inteligencia. Cuando Cécrope fundó una ciudad en el Ática, deseoso Poseidón de que se le pusiera su nombre, dio un golpe con su tridente e hizo aparecer un caballo; pero Atenea hirió el suelo con la lanza y de la Tierra se elevó un olivo cargado de frutos; los dioses decidieron que la ciudad se llamaría Atenas. Celosa de sus habilidades, metamorfoseó en araña a la joven Aracné, que había osado comparar sus trabajos de tapicería con los de la diosa. Afrodita. Diosa de la hermosura y del amor, nació de la espuma del mar, y las Gracias fueron sus servidoras. Su lugar preferido era Chipre. Dada por esposa a Hefesto, el defectuoso hijo de Hera, dios de las fraguas subterráneas, tuvo muchos otros amores, entre ellos, con el apuesto Adonis, que recorría los bosques como cazador, por lo que Ares, celoso del favor de la diosa, le envió un terrible jabalí. Como Afrodita no alcanzó a socorrerlo, lloró la muerte del joven amante, y de su sangre hizo brotar Ias anémonas. También sedujo al troyano Anquises, haciéndose pasar por mortal, y le dio un hijo, Eneas, legendario antecesor de los romanos. Con Ares o con Hermes, según variantes del mito, engendró a Eros o Cupido, dios del amor y del deseo, distinto de la divinidad cósmica que surgió del caos. Este hijo de Afrodita, siempre niño, va provisto de arco y flechas. Según una leyenda posterior, al llegar a la adolescencia se enamoró de Psique, que representaba el alma con la apariencia de una hermosa doncella.