El Hombre, su Historia y sus Creencias

¿Qué es el hombre? Innumerables veces fue planteada esta pregunta en el correr de los siglos. Teólogos y filósofos, biólogos y psicólogos, antropólogos y médicos, sociólogos e historiadores trataron de encontrar una fórmula para definir al ser humano, llegando a exponer opiniones tan diferentes como los sectores del saber que representaban. Por divergentes que hayan sido las contestaciones que aquella pregunta ha recibido siglo tras siglo, en ningún momento podría caber duda de que con el hombre había aparecido en el escenario del mundo un fenómeno único, no deducible de premisas biológicas y sin precedentes en la historia de este planeta.

La raíz de tamaño privilegio es evidente. El hombre es el único ser capaz de modificar su mundo, moldear la naturaleza que lo rodea y adueñarse de la misma. Es el único morador del planeta dotado del poder de forjar su destino, mientras que, en cambio, el destino está inexorablemente impuesto al animal. Éste es objeto más o menos pasivo de los aconteceres, de los que el hombre logra convertirse en protagonista activo. Como nadie, fuera de él, el hombre llega a determinar hasta ciertos límites sus relaciones con el universo. Por esta razón, entre todos los seres vivientes, tan sólo el hombre y en escala mayor la humanidad posee una historia.

Tan enaltecedora prerrogativa es tanto más admirable cuanto el hombre no deja de pertenecer al vasto reino de los demás seres con los que lo unen estrechamente sus características morfológicas y sus necesidades físicas. Esta vinculación indiscutible hizo suponer a los taxonomistas de antaño que, si el hombre no hubiera sido su propio clasificador, nada motivaría asignarle, en el escalafón de la naturaleza, una posición privilegiada, separada por un abismo de otras formas de la vida. Esta opinión que la ciencia del siglo pasado ha legado al nuestro, puede ser defendida tan sólo si se considera únicamente la estructura corpórea y, a lo sumo, la prehistoria del hombre; en cambio, encuentra su brillante refutación en la historia humana, en el asombroso ascenso del Homo sapiens desde sus humildes orígenes hasta sus alturas actuales de dueño de su planeta. Sus maravillosas hazañas desde su arte ancestral de dominar el fuego y de inventar los primeros instrumentos, hasta las más sutiles manifestaciones de su intelecto que le permitió revelar las leyes del sistema solar y aun penetrar la estructura del cosmos separan al hombre con infranqueable línea divisoria del resto de la creación.

La preeminencia del hombre sugiere insistentemente la íntima dualidad de su ser, ya que apunta hacia el espíritu humano, sólo accesible en sus manifestaciones y básicamente diferente del cuerpo en que mora. De raigambre oriental muy antigua, apoyada por la autoridad de Platon y de Aristóteles, adoptada y adaptada por la tradición cristiana, la convicción de la dualidad del cuerpo y del espíritu fue afianzada categóricamente en el pensamiento de los tiempos modernos por Descartes. Distinguió entre la res extensa, el mundo corpóreo, colocado en el espacio en el que se verifican las leyes físicas, y la res cogitans, mundo de la conciencia, o del espíritu, libre de las leyes de la materia y no localizable en el espacio, aunque vinculado con todos los órganos del cuerpo. Descartes sostenía que el espíritu actúa sobre el cuerpo y éste sobre el espíritu; creía que la interacción se realizaba en la glándula pineal ubicada en la base del cerebro; allá se transmitían los estímulos físicos al alma y los impulsos espirituales al cuerpo. La interacción se producía sin que el espíritu interviniera en el balance energético del cuerpo, de acuerdo con su pertenencia sustancial a un mundo ajeno a las leyes de la materia.

¿Cómo concebir que algo incorpóreo e espacial pueda actuar sobre la materia, y viceversa? La realidad de tal acción no es discutible; centenares de experiencias corrientes entre ellas, cada latido del corazón con su ritmo acelerado en estado de angustia o enojo ponen en evidencia la estrecha relación de cuerpo y espíritu. Para explicarla, el profundo pensador Leibniz negó que el alma pueda actuar directamente sobre la materia y propuso la teoría de un paralelismo entre psique y cuerpo. Existiría una perfecta correspondencia entre lo psíquico y lo físico; ambos transcurren de acuerdo con una armonía preestablecida, sin necesidad de un nexo causal. Como si fueran dos relojes sincronizados que marcan la misma hora sin entrar jamás en interacción. 

Otra teoría, introducida por el gran filósofo Espinoza, no se contenta con un mero paralelismo, sino que postula la esencial identidad de lo psíquico y lo corpóreo, considerando ambos como dos aspectos de una misma realidad. La metáfora propuesta por los paralelitas la de los dos relojes sincronizados es sustituida, en las derivaciones de esta teoría, por el paradigma del arco de círculo que aparece a la vez cóncavo y convexo, según el punto de vista, y que resulta modificado al alterarse uno de los dos lados. Así el espíritu sería el cuerpo, visto desde cierto punto, y el cuerpo sería el espíritu, visto desde otro. El fisiólogo, al registrar procesos cerebrales, y el psicólogo, al exponer experiencias de conciencia. Sólo utilizarían dos lenguajes “diferentes” para describir los mismos fenómenos. Sin embargo, la teoría deja abierto el interrogante acerca de cómo concebir aquel algo que una vez aparece como materia y otra vez se presenta como espíritu. &Cómo es posible que se manifieste de dos maneras?

A las teorías cuyas ideas básicas acaban de ser indicadas, se podrían agregar varias otras. Sus divergencias constituyen una elocuente prueba de la incertidumbre intrínseca del problema. Ya Aristóteles se preguntaba cómo actúa el espíritu sobre el cuerpo. Aun hoy en día después de veintitrés siglos transcurridos se sigue planteando la misma pregunta.

Mas, si es cierto que las hipótesis actuales acerca de las relaciones de la psique y de la materia y más aún acerca de la naturaleza de la primera son todas discutibles, no es menos cierto que para contestar a la pregunta de qué es el hombre, se hace imprescindible tener igualmente en cuenta los dos polos de su ser, el corpóreo y el espiritual. Muchas son desde luego las disciplinas que contribuyen al conocimiento del ser humano y tratan de suministrar la respuesta requerida; sin embargo, ninguna es capaz de alcanzar integralmente una finalidad tan vasta y compleja. Cada una debe limitarse a un aspecto particular; la anatomía, la fisiología, la patología ciencias básicas de la medicina se dedican a investigar, desde luego, las propiedades corporales; sin embargo, una de las disciplinas médicas, la psiquiatría, trasciende ampliamente esta limitación. Por otra parte, la medicina actual tiende cada vez más a reconocer tanto en lo diagnóstico como en lo terapéutico no sólo que el organismo es algo más que la suma aditiva de los órganos, sino también que el dohdlne polo, corpóreo y psíquico, del ser humano constituye una indivisible unidad. La psicología es, desde luego, la ciencia por excelencia que se propone el estudio directo de los fenómenos y de las funciones de la por qué. Mas también otras ramas del saber investigan, aunque en forma indirecta, las manifestaciones del espíritu. Una de las más importantes de estas disciplinas es la historia universal. Refleja más visión del destino de la humanidad, siendo en3relato de su paso sobre la Tierra. Es la magns crónica de un proceso en el que intervienen numerosos factores del medio externo económicos, geográficos, biológicos, etcétera cuyo motor, sin embargo, se identifica con el espíritu humano. Es éste el que determina, en Gltimo término. el rumbo de los aconteceres que constituyen la historia del hombre. Así enfocada, la historia universal se convierte en el relato del desarrollo del espíritu a través del tiempo.

Sin embargo, las aspiraciones del espirite humano no están necesariamente aprisionadas en el espacio y en el tiempo. Le ha sido dado buscar. más allá del mundo espacio temporal, en un reino perenne, las imágenes de la divinidad. Algunas etapas de esta búsqueda, tal como se reflejan en la génesis de las religiones monoteístas y particularmente en la del cristianismo configuran las más sublimes manifestaciones de la psiquis del hombre.

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