La Historia como Saber del Hombre

Prescindiendo del filoso fin y la matemática, cometerá y directamente la realidad, el conocimiento el saber de la realidad natural y el de la realidad humana.
El saber científico de la realidad humana se alcanza en muchos géneros de investigaciones que dan lugar a numerosas disciplinas. Unas versan sobre el hombre (etnología, antropología, sociología, psicología, etcétera), y otras sobre la cultura (teoría general de la cultura, ciencias especiales de la cultura, arqueología, etcétera). Pero hay una ciencia del hombre que asume una especial preeminencia y reviste un carácter universal, una ciencia que de algún modo envuelve a todas: la historia. La preeminencia y universalidad de la historia provienen sin duda, en gran parte, de que todo cuanto el hombre ha realizado, lo ha cumplido a lo largo de ella. Pero hay un motivo más radical y primario para asignar a la historia o a la historicidad una singular situación de privilegio: el hombre es por sí mismo un ser histórico. Está incrustado incuestionablemente en la historia, en el torrente de los sucesos provocados por él; es habitante del universo histórico porque lo es, según se dijo, del universo cultural, y la historia no es sino el proceso de la cultura a lo largo del tiempo. Pero no sólo está en la historia, sino que también, y por el lado que más precisamente lo define, es historia. Lo propio del hombre es ser el gran heredero que acumula sus propias experiencias y las de sus antecesores. Su herencia peculiar no es la biológica (como en el animal), sino la psíquico espiritual, condensada en la cultura, tesoro común en trámite de un continuo enriquecimiento. La cultura, movilizada históricamente, proporciona la componente más importante del hombre, porque no sólo influye en él, sino que le confiere cuanto hay en él de humano; si se le resta la cultura queda desnudo de su humanidad y restituido a su naturalidad primitiva. El hombre ha ido creando laboriosamente la cultura a lo largo de su historia; cada generación y dentro de ella cada individuo humano, es el producto de la cultura edificada hasta ese momento. Se puede decir, pues, tanto que es el padre de la cultura y de la historia como que es su hijo.
Ahondando estas observaciones, puede señalarse la condición histórica de todas las actividades y obtenciones del hombre. La historia no es únicamente, como creen algunos y se concreta en la historiografía más habitual, la sucesión de los hechos políticos, bélicos, diplomáticos, económicos, etc., sino la sucesión de todos los hechos humanos, la del quehacer humano en su integridad. Todo hecho humano es en sí histórico, aunque sólo los de cierta magnitud ostenten historicidad computable y merezcan ser tenidos en cuenta en las recapitulaciones historiográficas. Desde determinado punto de vista, las religiones, las técnicas, las ciencias, las filosofías, las artes, las organizaciones sociales, son actos y productos humanos, al lado y al par de la historia, en cuanto reconstrucción reflexiva del pasado. Pero, contempladas con otro enfoque, todas esas actividades y producciones se dan en la marcha de la cultura, en el curso efectivo y real de la historia, y el conocimiento de ese curso es por lo tanto el esfuerzo para reconstituir intelectualmente aquella realidad última y fundamental en que ha ocurrido y ocurre todo: lo que hacemos, lo que pensamos y sentimos, lo que queremos e imaginamos. El saber que el hombre logra de sí por interiorización y aun por la más cuidadosa indagación científica y filosófica de su propio ser personal, es incompleto y en gran parte propenso a extravíos. La verdadera imagen del hombre en su pasado y su presente, las anticipaciones verosímiles sobre su destino, deben establecerse principalmente mediante la averiguación de la parábola de su existencia colectiva desde sus orígenes; no de sus orígenes puramente biológicos, sino humanos.
Sobre la Tierra, nada hay comparable en importancia y dignidad a la aventura del hombre, a esa larguísima jornada que transcurre desde un oscuro comienzo hasta el presente y que se proyecta hacia un imprevisible futuro; esa aventura, esa jornada es el tema del conocimiento histórico.
El Legado de la Revolución Francesa
La aventura napoleónica significó extender los postulados y principios de la Revolución Francesa, contra los viejos privilegios del feudalismo todavía imperantes. Representó una serie de transformaciones, que Napoleón aplicó en los países que ocuparon las fuerzas armadas francesas. Pese a ello, contrastó con la forma despótica con que el emperador llevó adelante su conquista europea. Los campesinos obtuvieron diversas reformas; los comerciantes y los industriales se beneficiaron por la disminución de la influencia de los grandes propietarios terratenientes, y también los intelectuales, que habían sido ganados a los principios de libertad, fraternidad e igualdad, cifras del espíritu revolucionario. Empero, la situación que se planteó después de la caída de Napoleón, con la que sobrevino un nuevo ordenamiento de Europa, significó una reubicación de cada uno de estos sectores, que no reaccionaron en forma igual después del fracaso napoleónico. Este reordenamiento, tal como lo pretendió establecer el Congreso de Viena, se enfrentaba a la oposición de una parte de estos grupos sociales, cuyas aspiraciones e intereses se veían amenazados por la restauración del viejo orden tradicional basado en los propietarios terratenientes. Los campesinos conservaban de hecho, en la mayoría de Ios Estados, los beneficios materiales conseguidos bajo el régimen francés (la supresión de los derechos feudales y el traspaso de la propiedad de la tierra a sus manos), con la aparición de una nueva clase social en el campo.
La restauración no puso en tela de juicio algunas de estas ventajas, no las cuestionó. Por el contrario, los artesanos, los comerciantes y los industriales estaban más molestos, sintieron más profundamente las consecuencias de la nueva situación creada en Europa. Ellos deseaban desarrollar sus iniciativas de acuerdo con la concepción liberal de la libre empresa y la libre asociación, y de un régimen favorable a las actividades comerciales. Y en este sentido no hubo una transformación fundamental después de la caída del sistema napoleónico que permitiera el desarrollo de estas iniciativas.
Los descontentos, los que sufrieron inmediatamente en sus intereses, pertenecían a los distintos sectores sociales. No se puede precisar con exactitud fuera de Francia la profundidad del arraigo de las innovaciones napoleónicas. No obstante, el legado de la Revolución Francesa se basó, esencialmente, en este aspecto, y, tanto en Italia como en Alemania, Austria, etc., las universidades y los profesores conservaron cierta libertad de expresión y se establecieron y consolidaron intereses distintos dentro de la propia sociedad. El terror blanco resultó a la postre ineficaz en su empeño por remontar el curso de la historia. La nueva sociedad que había surgido con la Revolución y la aventura napoleónica, con sus intereses, mentalidad y estructura, era un hecho que no podía modificarse con decretos restauradores.