La Conquista de la Espiritualidad

El tema de la dualidad de lo humano es fundamental, en primer término, para la comprensión del hombre, y en segundo lugar, para la de la historia. Una de las más antiguas experiencias de la humanidad es la de esta dualidad del hombre, la de la convivencia en él de dos principios, por lo general pensados como antagónicos. Sumariamente entendidos como el principio del bien y del mal, llegaron a plasmarse en leyendas, mi-tos y dogmas. Más tarde fueron estudiados por psicólogos, moralistas y filósofos, sobre todo en la antropología filosófica reciente. La manera más corriente de señalar la dualidad es la que distingue entre la actitud altruista y la egoísta; la que ha ganado mayor difusión entre las interpretaciones filosóficas es la que separa en el hombre lo que en él es espíritu y le pertenece en exclusividad, y lo que es naturaleza y comparte con los demás seres vivientes, aunque en él revista características especiales. El hombre, originariamente, es naturaleza; el elemento espiritual le sobreviene más tarde y sólo lentamente se va afianzando el despertar de las puras exigencias morales y del sentimiento de la justicia, y la aparición de una apetencia de saber desinteresado, preocupada del conocimiento de la realidad exterior y de la última realidad del hombre. El notable filósofo Jaspers, y otros con él, han llamado la atención sobre una época, comprendida entre los siglos IX y III a. de J. C., en la que parecerían surgir las primeras grandes manifestaciones espirituales, origen de todo lo que posteriormente ha ido definiendo las formas superiores de la cultura humana. Repárese en el sincronismo de la aparición de los primeros grandes movimientos espirituales, en comarcas tan alejadas como China y Grecia o Palestina y la India.

Sería incurrir en extralimitación poco concordante con los hechos, atribuir a la porción espiritual del hombre un papel exclusivo en su trajín social e histórico, en la vida colectiva de la especie. Los elementos componentes de su faceta no espiritual intereses, necesidades, impulsos, sentimientos más o menos egoístas llenan gran parte de la existencia humana y son inevitables y también lícitos cuando no contradicen abiertamente las demandas del principio espiritual; la marcha histórica, aun como proceso orientado hacia el mejoramiento general, está en notable proporción movida por ellos. Pero los resultados a la larga más considerables dependen de la intervención de los agentes espirituales, y son los logros así obtenidos los que más visiblemente se acumulan, los que enriquecen definitivamente el acervo cultural y ennoblecen al hombre, elevándolo sobre su naturalidad originaria. En cada época, todo aquello que supone mera pugna de intereses, conflictos de poder entre los pueblos y explotación de unos grupos por otros, deja obtenido a un elevado escaso saldo favorable, acciones de orden espiritual, en cambio, pasan a sucesivamente se agregan al ser bien común y tesoro de la especie como herencia legada por cada generación a las subsiguientes; las de más alto rango señalan con frecuencia beneficiosos cambios de rumbo en el itinerario histórico.

La Creación Cultural

El hombre, como hombre pleno, vive dentro de la cultura, producida y aprovechada por él de muchos modos. La palabra cultura, en su acepción propia, no designa una entidad excepcional y sólo referible a las capas superiores de la humanidad y a sus actitudes de mayor dignidad; todo grupo humano, por primitivas que sean sus condiciones iniciales, crea una cultura, porque está en la índole humana realizar desde el comenzó actividades que como tal la definen y son ya resueltamente culturales: así, las organizaciones sociales, las representaciones gráficas, la comunicación lingüística, la técnica elemental, las primarias manifestaciones religiosas, etcétera. En su forma completa y madura, la cultura abarca la sociedad, el Estado y demás regulaciones judía. La cultura es un complejo de objetivos y activos (singulares o plurales), y de humanos, cada grupo de necesidades, intereses e ideales, busca su expresión y su satisfacción en uno de los sectores culturales, y todos ellos son como la proyección externa de lo humano y componen el contorno o ambiente indispensable para que el hombre lleve vida humana. El animal, con rarísimas excepciones, se adapta a su medio; el hombre crea su propio medio, que es la cultura, por modificación del medio natural y por el ejercicio de sus facultades y la elaboración de productos: podría decirse, pues, que saca de sí mismo el medio que le es consustancial y sin el cual viviría como ajeno a su ser. Hombre y cultura no son sin duda realidades idénticas, pero sí correlativas y necesitadas la una de la otra, porque el hombre no lo es sin la cultura, ni ésta es nada sin los hombres que la producen, se reconocen en ella y la utilizan. La cultura, como se ha dicho, se compone de funciones y de productos. Funciones son, por ejemplo, la tarea plasmadora del artista, la delectación del que disfruta de la obra de arte, el análisis y la apreciación del crítico; el producto es, en este caso, la obra de arte, sustantivada, materializada en forma objetiva, y al alcance del lector, el auditor o el contemplador. Las funciones y los procesos culturales son, por lo tanto, de varias especies, y van desde la creación y la modificación hasta las muchas maneras de la comprensión y del aprovechamiento. 

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