La Aventura del Hombre en la Historia

La clásica y tan repetida afirmación de que la historia de la vida se propone advertir sobre el valor del conocimiento de lo pasado. Quien conozca verdaderamente lo que ya paso, no se equivoca en la estimación del presente y puede prever con juiciosa prudencia el futuro. La vida del hombre conocedor de la historia adquiere por ello según Cicerón una profundidad y una latitud que no conoce el vivir como mera experiencia cotidiana. Pero esta apreciación ciceroniana sólo hace referencia a una acepción del término: a la historia como conocimiento de lo ocurrido. Y es lo cierto que también la misma palabra indica la realidad que se pretende conocer, esto es, las ocurrencias pasadas. Considerar a la historia como conocimiento de lo pasado o como objeto del saber que se procura, implica, pues, plantearse problemas de orden diferente. En el primer caso corresponde preguntarse por el tipo de saber que la historia configura, por sus características y merecimientos; en el segundo, por el sentido que pueda convenir a los hechos protagonizados por los hombres en su mundo y a través de los tiempos. Aunque la expresión filosofía de la historia sea de acuñación moderna, son de antigua data la preocupación y el trabajo intelectual a que hace precisa referencia. En efecto, preguntarse por el significado de las ocurrencias pasadas, por la razón del orden que se cree advertir en ellas, por los enigmas de los orígenes y las metas de lo porvenir, ha sido y es ejercicio comprometedor de altas inteligencias. Las propuestas de los filósofos, variadísimas y el despliegue de las posibilidades y limitaciones humanas. Con triunfos y derrotas, logros y fracasos, alegrías forjando y pesares, la humanidad ha ido en la historia su gran aventura. Los acontecimientos que la configuran son tan diversos como innumerables. 

El Sentido de la Historia

Quienes han meditado sistemática y consecuentemente sobre la marcha total de la evolución humana, han acuñado algunas expresiones que sintetizan el sentido de esa evolución. Dos de ellas son especialmente felices, y no sólo expresan una convicción sobre la índole del acaecer histórico, sino que al mismo tiempo apuntan indirectamente a algo fundamental al ser del hombre. Afirma una de esas fórmulas que el fin de la historia es la libertad, o, dicho en otras palabras, que la historia es la hazaña de la libertad; según la otra, el fin de la historia es la humanidad, o, más taxativamente, la humanización. Por su profundidad y riqueza de contenido, y sobre todo por la amplísima aceptación obtenida; por su fecundidad y resonancias, ambas fórmulas no deben ya ser referidas a quienes las emplearon por primera vez, porque se han henchido de significaciones acaso ajenas a la intención de sus primitivos autores. La concepción de la historia como un avance es relativamente tardía. Ha sido precedida por interpretaciones de otro tipo: la de una decadencia o caída desde un estado feliz y luminosa idea elaborada principalmente en la antigüedad en los abundantes mitos religiosos y poéticos de una fenecida edad de oro; la de un reposo histórico en el cual los siglos transcurren sin una fundamental alteración de la situación del hombre; la de la repetición de ciclos más o menos semejantes, que reiteran procesos limitados y conclusos en ellos mismos, cada uno condenado a agotarse y a ser reemplazado por otro en un continuo recomenzar. La noción de un verdadero devenir histórico tiene vagos antecedentes remotos y más de una notable anticipación en el Renacimiento. El siglo XVIII, con su predilección por los problemas del hombre y su decisión de plantearlos en el plano terreno, aunque no siempre se omitan las intervenciones providenciales, definió por primera vez con claridad la concepción de un adelanto, de un progreso o crecimiento de valores en la marcha histórica. La idea, enunciada por Pascal en el siglo XVII, de que la humanidad es como un hombre que aprende sin cesar, inspiró en el XVIII un escrito de Lessing, La educación del género humano, en el cual se une la tesis providencialista con la del progreso: la historia es una progresiva revelación de la divinidad, un proceso de paulatina educación del hombre dirigido por Dios. Más concordantes con el espíritu anti teológico predominante en el siglo, y sobre todo en Francia, son las opiniones acerca de la dinámica histórica desarrolladas por unos cuantos pensadores franceses, principalmente Voltaire, Turgot y Condorcet, quienes sostienen un progresivo adelanto de la humanidad, producido por la acumulación de conocimientos y el afinamiento de la inteligencia. El paso subsiguiente se debe a la filosofía alemana de fines del siglo XVIII y principios del XIX, en cuyo seno germinaban las intuiciones románticas de la unidad del todo y de su dinamicidad, que cuajan en una doctrina del progreso histórico. Este progreso se encauza en el sentido de que el hombre realiza paulatinamente su ser más propio y genuino, alcanzando su perfeccionamiento y conquistando su libertad.

El Hombre y su Condición

En lo tocante a la interpretación del ser del hombre, en el fondo de tales concepciones late la convicción de que el hombre incluye en su índole una extraña componente ideal; de que es, simultáneamente, lo que es en cada instante y algo que debe ser. Se le asigna la sorprendente condición de ser tanto una realidad efectiva como un imperativo de ser más, de sobrepasarse. Es decir, se acepta una doble consistencia en el hombre: la de su presente y la que mira al futuro y le exige elevarse sobre tal presente, sea para actualizar el ideal de perfección que lleva dentro, o bien para que su espíritu haga suyos en medida creciente los valores objetivos de la religiosidad, el conocimiento, la moralidad y el arte.

memoryOfAges

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