Los orígenes de la historia

A mediados del siglo XIX los historiadores empezaron a interesarse por unas piedras que antiguamente eran conocidas como “piedras del rayo”, y determinaron que pertenecían a unos hombres primitivos que habían convivido con animales ya extinguidos. Entonces se acuñó el término Edad de Piedra para referirse al período de la Prehistoria en que la humanidad tenía en este material el elemento básico para elaborar sus utensilios. Posteriormente, en 1865, el británico John Lubbock estableció las dos grandes divisiones de la Edad de Piedra: el Paleolítico, época en la que la piedra se trabajaba tocándola, y el Neolítico, cuando la piedra ya empezó a ser pulida. Cada una de estas divisiones tiene características particulares que las identifican.
¿Cómo vivían los primeros hombres?
Durante el Paleolítico Inferior, un extenso período de la Prehistoria que comenzó hace 2,5 millones de años en África, los primeros seres humanos y sus ancestros eran básicamente recolectores y carroñeros. Fue a partir del Paleolítico Medio, que en el hemisferio norte empezó hace unos 180.000 años, cuando el hombre comenzó a cazar de forma organizada, por ejemplo, mediante batidas en las que participaban todos los miembros del grupo. Sus presas preferidas, según la región y el clima, eran animales herbívoros de tamaño medio, como caballos, cabras salvajes y ciervos. No obstante, en ocasiones también practicaban la caza mayor, por ejemplo, de bisontes o de mamuts, unos enormes mamíferos ya extinguidos de la familia de los elefantes. Su forma de vida era nómada, ya que se desplazaban constantemente, por el cambio de estación o persiguiendo a las manadas, por tanto, no contaban con viviendas fijas, ni con una organización social muy compleja.
Con la práctica de la agricultura y la ganadería llegó el sedentarismo. Los primeros poblados reunían aproximadamente a un centenar de personas que se agrupaban cerca de ríos y lagos, donde conviven con los animales domesticados. En este período tuvo lugar la división del trabajo por oficios en agricultores, ganaderos y artesanos del cobre, que intercambiaban sus productos. Por otra parte, las creencias religiosas se manifestaron en unos ritos que se reflejaron en la construcción de monumentos megalíticos dólmenes, menhires y crómlechs, y en las ofrendas en los túmulos y campos de urnas, que constituían las principales formas de enterramiento. Los ritos se empezaron a convertir en un aspecto fundamental para las sociedades primitivas.
La vida en los poblados: la bíblica Jericó
Los hombres del Neolítico vivían mayoritariamente en cabañas hechas de troncos de madera y ramas. En el poblado, sus habitantes se dedicaban a la elaboración de cerámica y de objetos realizados con paja, como cestas o esteras, y a la confección textil mediante unos rudimentarios telares de madera. Hacia el 6000 a.C. surgieron en el Cercano Oriente los primeros poblados construidos con adobe y ladrillo. En la región que hoy ocupa Palestina se destacaba Jericó. Esta ciudad estaba formada por casas de adobe y arcilla organizadas en una tupida red de calles que formaban barrios compactos. Jericó tenía una muralla de ladrillos de adobe de unos ocho metros de altura que, según relata la Biblia, fue derribada por las trompetas de siete sacerdotes israelitas comandados por Josué (hacia el 1400 a.C.). Antiguamente era común que las ciudades estuvieran amuralladas. El paso de la economía depredadora a la agrícola también implicó un cambio en las creencias religiosas.
Los hombres, crearon mitos relacionados con la tierra y la agricultura. Así, nace la creencia en la diosa madre representando la fertilidad de la tierra. La diosa madre se representó mediante estatuillas que mostraban mujeres de formas opulentas y en objetos de cerámica con apariencia humana; darían paso, más adelante, a algunas deidades femeninas de Mesopotamia y Egipto. Para los hombres del Neolítico, estos ídolos femeninos favorecen la fecundidad de los campos y la abundancia de las cosechas. De esta forma, la religión empezó a intervenir en todos los campos: social, cultural y económico.
Los orígenes de la cerámica
Con la aparición de la agricultura pronto surgió la necesidad de almacenar los excedentes de productos. Entonces se empezaron a elaborar recipientes de barro cocido, que también se utilizaron para la cocción de los alimentos. En un primer momento, la arcilla se moldea a mano y se cocía en hornos de piedra, que aparecieron durante la Edad del Bronce (alrededor del IV milenio a.C.), mientras que los primeros tornos de alfarero se empezaron a utilizar en Egipto hacia el 3000 a.C. Cuando el comercio prosperó, la cerámica pasó de ser solo un objeto de uso cotidiano para convertirse también en una pieza de intercambio de lujo. Cuencos, vasos y vasijas se pintaban con diferentes motivos o se decoraban mediante las incisiones de caparazones de moluscos, y en este caso reciben el nombre de cerámica cardial. Los restos de estos utensilios han permitido el estudio del hombre antiguo.