Sociología Política.

Marx, en su filosofía de la historia, atribuía a la lucha de clases el papel más activo, subestimando con ello la solidaridad política. Los hombres no se agrupan solamente en clases, sino también en naciones; y a menudo, cuando se ven solicitados por una u otra fidelidad, optan por esta última. 

La experiencia histórica demostró reiteradamente que, en vez de asociarse a la misma clase de una sociedad extraña, prefieren hacerlo con clases antagónicas de su misma sociedad. Más aún: se ha comprobado también que esa solidaridad política no es ya imperativa o impuesta sino espontánea.

Hay naciones formadas por grupos sociales de raza, religión y lengua distintas. Durante muchos siglos hubo una nación judía que careció, incluso, de base geográfica. 

La conclusión necesaria parece ser la de que la solidaridad política es, en última instancia, un sentimiento. Es la voluntad de vivir en común; o, como también se ha dicho, una comunidad de destino, una disposición unánime a la creación histórica. El órgano de esa voluntad común es el Estado.

Auguste Comte deploraba que no existiera en nuestra época un verdadero poder espiritual,como el ejercido por los papas en la Edad Media.porque la existencia de una multiplicidad de Es.tados, es decir, de poderes dotados de soberanía absoluta,comporta una incesante guerra entre las naciones. La verdad es que dicho poder espiritual perdura, pero sólo en la medida en que consiente, de hecho, esa concurrencia de soberanías.El Derecho Internacional ha querido también convertirse en una entidad trascendente, en un poder legítimo al que deberían subordinarse todos los poderes de hecho. La máxima creación del Derecho Internacional es la existencia en la actualidad de la Organización de las Naciones Unidas.pero lo que confluye en ese cónclave es la volun-tad de los Estados y no los principios superiores que permitirían hablar de un poder espiritual.Las consecuencias sociológicas del carácter omnímodo del Estado han sido pródigamente analizadas. Desde que Hobbes dijera del Estado que es “el primer principio y el fin último”, el individuo ha debido sacrificar a Leviatán una parte cada vez mayor de su albedrío. El Estado totalitario de esta época es un fenómeno que interesa a la patología social, puesto que constituye una forma de organización social que no conviene a la naturaleza del hombre como ser libre.

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