Vida y costumbres micénica

Espiritualmente, el lazo que hay entre la época de los primeros palacios, con su esplendor, y el mundo de siglos posteriores, aún más remoto para nosotros, en que germinó la poesía épica, es cierta alegría micénica severa, más caracterizada por la magnificencia que por la gracia. La pétrea riqueza de la decoración de sus palacios, las columnas de las tumbas y el elaborado estilo de sus armaduras ofrecen la idea de un gusto coherente: la proyección de una sociedad que puede entenderse. Lo que para nosotros vivifica a la sociedad micénica temprana son los puñales damasquinados, las siluetas de batallas y cacerías de leones, los leopardos y los patos salvajes. Su lapislázuli y sus huevos de avestruz, y sin duda lo más refinado de sus lujos, les llegaba de Creta, más precisamente de Tirinto (donde, por cierto, bajo el palacio micénico existe una vasta construcción de piedra, casi sin excavar). Pero la presentación impersonal y casi inhumana de tantas escenas de conflictos y violencia sanguinaria, que es siempre casi humana, fascinada en todo momento por la gracia y por todo lo que es vulnerable, anuncia ciertamente el futuro.
Si el contenido de las tumbas de fosa puede calificarse de homérico, la piedra que ha sobrevivido y que marca una de esas tumbas, en que se talló la representación de caballos más temprana del arte egeo, debería calificarse de hesiódica. Los caballos que decoran la lápida dc Micenas son unas criaturas bastas y rústicas y parece que su autor estuviese más habituado a representar ganado. Sin embargo, cuando por primera vez escuchamos hablar a los micénicos, en las tablillas del lineal B, su interés por los carros tirados por caballos se parecía más, como cabía esperar, a su interés por los leopardos y los puñales que a la rusticidad de la talla sepulcral antes mencionada. Así, si en el mundo micénico existieron hombres como los que solemos llamar campesinos, ocupados solamente en la lucha contra los elementos, las bestias y el duro suelo, su presencia ha quedado inevitablemente silenciada.
Sus carros eran livianos, con estructura de madera curvada y de cuerpo bajo, tirados por dos caballos. Sin embargo, en el siglo XIII los micénicos los dibujaban en su cerámica, y en algunos casos eran lo suficientemente sólidos como para llevar a tres o cuatro ocupantes. En el fresco del palacio de Tirinto se ve a dos mujeres que viajan en un carro blanco y carmesí, de ruedas amarillas, cubiertas azules y riendas escarlata. Al mismo cuero bermejo se refieren las tablillas de Pilos, una de las cuales se refiere a él, al parecer, adornado con tachuelas de metal. Los carros se construían en Pilos, en talleres que abastecían a una extensa área; por lo menos uno fue registrado en Cnosos como de resto, completamente equipado, con vara de madera, pintado de carmesí, con arreos, cuero y cuerno». Para los usos actuales, esos arreos resultan evidentemente ineficaces al mismo tiempo que crueles. Los caballos recibían todo el peso en el cuello, la rienda era una especie de lazo con una correa para la nariz y el único fragmento de metal encontrado (en Micenas) tiene pinchos en las piezas que cubren los carrillos del animal.
Pese a no ser dominante, el comercio y la influencia micénica penetraron en buena parte de la Europa occidental y de Levante. Su cerámica, en general pequeños vasos que debieron contener esencias, se ha hallado en Sicilia y en el sur de Italia y de España, así como en numerosos lugares de Asia Menor. Resulta difícil saber cómo se produjo el colapso de ese sistema mundial, aunque es probable que los cambios políticos de Oriente Medio determinaran otros cambios de poder, que hubiese incursiones, o una gran invasión desde el norte y que reinara la inestabilidad interna en Grecia. Nada induce a pensar que se produjese un proceso simple como, por ejemplo, un cambio dinástico o la mera sustitución de un pueblo por otro. Sería un error subestimar la lujosa grandeza de Pilos en sus últimos años (hacia 1250 a.C. o algo más tarde), a pesar de que era un pequeño palacio provinciano. Los frescos, los objetos de magnífica piedra y la excelente situación del palacio, que parece elegida (lo cual no era extraño entonces) por razones estéticas, todo ello nos habla de una sociedad que no se ha rendido todavía. Ya ha pasado el momento del máximo esplendor y del mejor arte del mundo; los baños del palacio no son tan magníficos como los mejores de Cnosos, pero son, de todos modos, magníficos; hasta el fin se sigue trabajando la madera con incrustaciones de marfil y sabemos de ebúrneas cabezas de león y de un aguamanil que perteneció a la reina en forma de cabeza de toro adornado con conchas marinas, aunque esta pieza quizá sea anterior.