Movimientos de población

Alrededor de 1190 a.C. los egipcios anotaron que «los norteños estaban inquietos en sus islas». Al mismo tiempo llegaban nuevos colonos micénicos a Aquea, en el norte del Peloponeso, y a la isla jónica de Cefalonia. la cual, por alguna razón, había quedado fuera de su esfera, pero en la que se instalaron pacíficamente entonces los antiguos cefalónicos. Durante algún tiempo continuó allí la tradición de la cerámica nativa, junto a la micénica. En Chipre, particularmente en la antigua capital, Enkomi, ya se habían instalado colonizadores. probablemente invasores, que provenían de Argólide. Más la reconstrucción de Enkomi, con una magnífica arquitectura pétrea, fue seguida por otra destrucción, con la consiguiente despoblación y parcial abandono del lugar. Al mismo tiempo, los micénicos que se habían instalado mucho más al este. en Tarso, en Cilicia, en la costa se extinguieron. Otros micénicos, que tal vez fueran los de Enkomi, parece que se mezclaron con los filisteos y acabaron integrándose, como judíos, en la tribu de Dan. Tal vez resulte razonable preguntarse dónde sobrevivieron los micénicos, si es que lo hicieron. Parece indiscutible que sobrevivieron, en Iolcos, cerca del actual Volos, en Tesalia. Aquí se siguieron construyendo incluso las antiguas tumbas de cúpulas. Pero atribuir aquella supervivencia a que Tesalia era un país donde se practicaba la cría de caballos, o a sus campos ricos y bien regados, o al sistema social más o menos basado en la posesión de la tierra que prevalecía en Tesalia cuatrocientos años más tarde no sería más que espectacular. La supervivencia de otros micénicos en lugares más semejantes a refugios por ejemplo en Grotta, en la isla de Naxos, resulta más comprensible. Sin embargo. es en Naxos donde con seguridad, debería buscarse el origen del misterioso flujo de devotos que. posiblemente, mantuvieron abierto hasta el siglo VIII un centro religioso micénico en la cercana Delos. Es posible que la vida micénica sobrevivirá durante más tiempo en las islas que en cl continente, aunque existen pruebas arqueológicas de que en una cadena de islas se produjo una violenta. La caída de Mileto después de una de esas singulares épocas dc florecimiento, propias de los últimos micénicos. que hemos observado en todas partes, parece señalar el fin de este período.
Mileto resucitó, o mejor dicho fue ocupado dc nuevo, por supervivientes en sincronía cultural con Atenas, con la misma cerámica decorada, que es un derivado, más pobre y sencillo, de la micénica, y un comienzo desmañado del estilo griego protogcométrico de decoración. El estilo de los vasos pintados encontrados en Mileto indica que se produjo una nueva ocupación desde el Ática durante la primera mitad del siglo XI a.C. No es caprichoso comparar los movimientos de los pueblos en el Egeo durante aquel período con cl movimiento inquieto de las olas. y es lógico que este proceso continúa siendo oscuro para nosotros, aunque sólo sea porque somos incapaces de tener en cuenta todos sus factores. Cuando Chaka, cl rey zulú del siglo xix, sembró el desorden por toda el África del sur, provocó una serie de movimientos y migraciones de las tribus y otros grupos menores, siguiendo una trama intrincada que afectó a una extensísima región. Perturbaciones similares han ocurrido en Asia central, en occidente, cuando cayó el imperio romano, y por toda Europa. En cl caso de Grecia durante la edad media, el marco físico se halla mucho más delimitado y el idioma de los micénicos, el griego, continuó siendo el mismo: cuando la edad oscura llegó a su fin esta lengua incluso había llegado a extender su área. Es la época en que se consolidó la multitud dc leyendas, supersticiones y racionalizaciones que conocemos como mitología griega. Muy pocas de ellas tienen carácter genuinamente micénico: el Minotauro, el laberinto, el nombre de Jacinto, algunas partes del culto a Ifigenia y tal vez la relación entre la miel y la inmortalidad. Pero las leyendas supuestamente históricas, la lista de reyes míticos y las guerras c invasiones son, en su mayoría, demasiado tardías y confusas para admitirlas como pruebas históricas. Más vale preguntarse cómo se originaron los relatos que husmear en busca de las realidades históricas que pudieran corresponderles. Esto es tan válido para la relación de los primeros reyes de Esparta y la mítica división del Peloponeso como para la mitología dc las guerras troyanas. La mitología griega nunca dejó de estar viva y sufrir variaciones: como un cestillo lleno de gusanos. No existe una fase pura y primigenia de los relatos a la cual tengamos acceso.