EL ESTUDIO DE LA GRECIA ANTIGUA

El estudio de los griegos es parte inseparable de la historia de la cultura europea, y hasta la arqueología de Grecia tiene su propia historia. Merece la pena en ese largo proceso y en las diferentes motivaciones y tendencias de las sucesivas generaciones, pues dejaron sus huellas en lo que hoy consideramos que es el conocimiento esencial o posible del mundo antiguo.

Grecia y Roma

Cuando los griegos fueron absorbidos por el imperio romano su prestigio siguió siendo inmenso. La Roma que los absorbiera era en parte griega. La literatura, la filosofía, todas las bellas artes e incluso la mayor parte de la mitología que los romanos valoraban, eran griegas, y la lengua griega gozaba de un prestigio inmenso. Los romanos sentían gran respeto por los deportes griegos, por la idea de libertad que reinaba en Grecia (aunque, por propia conveniencia, no la aplicaran a sí mismos) e incluso por la vida de los campesinos y pastores griegos, de la que tenían una concepción idílica. Parece ser que llegaron a creer que la belleza griega, en el sentido físico, era superior a la suya. Eduard Fraenkel, ilustre estudioso de la literatura romana, observó que un escritor latino, cuando más profundo era como hombre, más hondamente había sido cautivado por lo griego.

Ya en el período del imperio existieron historiadores nostálgicos, como Plutarco; hubo ya conceptos ampliamente aceptados sobre historia del arte que en escritores como Plinio el Viejo, autor de la famosa sentencia «en este tiempo el arte ya no existe», tuvieron una inmensa influencia; y hasta existieron arqueólogos como, en cierto sentido, el griego asiático Pausanias, cuya Descripción de Grecia constituye efectivamente una descripción desigual, pero amplia y completa, de las ciudades y de los monumentos religiosos y artísticos que subsistían en Grecia continental en el siglo II d.C. Pero hasta finales del Renacimiento los europeos occidentales conocieron a los griegos casi exclusivamente a través de la literatura, sobre todo de la latina. Pausanias fue poco leído y rara vez copiado. Cuando casualmente salió a la luz, a fines del siglo xv, un erudito italiano hizo notar a otro cómo este texto demostraba que sólo por el poder de la literatura sobrevivían los monumentos.

Nadie pensaba entonces en realizar excavaciones. La arqueología comenzó en Roma, y la arqueología griega fue por mucho tiempo una derivación de la búsqueda de tesoros romanos. Los primeros grandes coleccionistas de antigüedades griegas se inspiraron en Italia. En época tan cercana como es la de fines del siglo XVIII, se pensaba aún que la cerámica pintada ateniense, por haber sido conocida primero en Italia, era etrusca. Fue en Italia, en el siglo XVII, donde Milton concibió la idea de visitar Delfos, y donde, en el siglo siguiente, bajo los auspicios del cardenal Albani, Johann Joachim Winckelmann (1717-68) proyectó excavar en Olimpia. Fue de Roma, y no de Londres, de donde la British Society of Dilettanti envió, en 1764, su primera expedición a Grecia, la que descubrió el emplazamiento de Olimpia. Los dibujos que Giovanni Battista Piranesi hiciera de las ruinas de Paestum, realizados el año de su muerte, en 1778, y la obra The Antiquities of Athens (1762-1816), de Nicholas Revett y James Stuart, son prolongaciones del gusto romano convencional.

Viajeros y saqueadores

La primera investigación seria de los antiguos monumentos griegos de que tenemos información, después de la de Pausanias, fue realizada por Ciriaco de Ancona, intrépido viajero, mercader, diplomático, erudito y excéntrico (1391-1455). En Grecia, en círculos cortesanos y en monasterios cultos, existía ya cierto interés por identificar las ciudades antiguas citadas en la obra de Pausanias y en las relaciones, más áridas, de Estrabón (hacia 63 a.C. después de 21 /d.C.) y Ptolomeo (siglo II d.C.) con las poblaciones modernas. Pocas, si cabe, habían sobrevivido incólumes, y la mayoría de las ciudades no eran más que ruinas. Algunos santuarios se habían convertido en fortalezas: parte del templo de Zeus, en Olimpia, se había transformado en castillo; el tolos de Esculapio, en Epidauro, había sido un torreón; el Partenón, una iglesia; y el resto de la Acrópolis de Atenas, un palacio italiano. La Acrópolis de Atenas todavía se utilizaba, pero le quedaba por sufrir lo peor de su historia. Ciriaco dibujó lo que vio, copió antiguas inscripciones, atesoró información y anotó, profusamente a veces, los manuscritos que poseía. Sin embargo, no tuvo seguidores.

Los primeros viajeros y saqueadores cultos hicieron su aparición antes de finalizar el siglo XVII y provenían de Francia e Inglaterra. La expedición veneciana contra los turcos, a finales de dicho siglo, causó grandes destrozos en Atenas y lo cierto es que, hasta 1700, los artistas y aficionados que dejaron testimonio de Grecia vieron sólo lo que esperaban ver. Francis Vernon, que murió violentamente en 1677 y fue enterrado en Isfahán, tomó en sus viajes por Grecia numerosísimas notas que permanecen inéditas en la biblioteca de la Royal Society, en Londres. Estaba tan interesado por la flora y la fortificación de los castillos como por la antigüedad. El primer cambio considerable se produjo en la década de 1760, cuando aparecieron claros dibujos de la arquitectura y descripciones exactas del paisaje que, por primera vez, enseñaron a Europa a ver las realidades griegas sin pasar por la óptica italiana. Es necesario tener en cuenta también que las actitudes de los viajeros estuvieron coloreadas por una preocupación romántica hacia los campesinos oprimidos y por cierto interés, pintoresco y rococó, hacia los turcos. Tampoco había desaparecido la influencia romana. Así, cuando lord Elgin vendió las esculturas expoliadas del Partenón al estado británico, en 1816, los especialistas del momento seguían discutiendo su valor y comparándolo con el de las obras romanas, hacia las que se sentían más próximos.

La única secuela subsistente de esos siglos de error quizá sea que todavía hagamos una distinción demasiado tajante entre los originales griegos y sus copias romanas y que desestimemos las cualidades más cálidas y sencillas a que el arte griego, como el romano, aspiraban de vez en cuando y exageremos su fuerza y su dureza. Dentro de nuestras limitaciones, desenmarañar el pasado requiere casi toda una vida.

 

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