El contexto homérico

El intento de identificar cada una de las islas y ciudades que aparecen en los poemas homéricos provocaba ya controversias a comienzos del imperio romano. Troya, Micenas y la Pilos de Néstor fueron grandes palacios en la edad del bronce, pero, casi con certeza, en los días de Homero, Troya se hallaba en ruinas y Micenas ya no era una gran potencia. Pilos, según Homero, era arenoso, pero el palacio que ha sido recientemente excavado en sus cercanías está a muchos kilómetros del mar, y en el Pilos del siglo V, que según los griegos de ese tiempo era el de Homero, no se ha hallado ningún palacio. Sin lugar a dudas el poeta se refiere a monumentos reales como existentes en sus propios días; hace referencia a ciudades, a tumbas famosas y al Erecteon de Atenas. Su geografía es esquemática, pero está llena de detalles. NO obstante, el mapa de la Grecia de la Edad del Bronce que ha revelado la arqueología moderna no es idéntico al mundo homérico, aunque se haya utilizado una gran inventiva erudita y se hayan dedicado muchas energías a hacerlos coincidir. En efecto, tan importante es lo que Homero omite como lo que menciona, y no es desdeñable la opinión de que la geografía homérica está tan enraizada en el siglo VIII como en siglos anteriores.
Supongamos que las narraciones que conformaron la Ilíada tuvieran sus raíces no sólo en otros relatos y en la experiencia, como es el caso de tantas narraciones, sino también en las ruinas y en las creencias sobre éstas. En definitiva, cada pueblo del mundo inventa algún tipo de historia para explicar sus ruinas locales. La Grecia de Homero tiene, tal vez, tantas ciudades en común con el siglo VIII como con la Grecia de la Edad del Bronce. El apego de la Ilíada a las ruinas sagradas de Micenas y de Troya no debería sorprendernos. Agamenón era adorado en Micenas y en Troya existía un ritual misterioso en el que por la noche se desembarcaban vírgenes de Lócride para que sirvieran, durante toda su vida, en el templo de Atenea, si alcanzaban el santuario sin haber sido atrapadas por el camino. Se nos dice que era una ofrenda de expiación por el sacrilegio del locrio Áyax, que violara a Casandra sobre el altar de la diosa, durante el saqueo de Troya. ¿Acaso no es probable que se inventara el mito para explicar el ritual, y acaso no está enraizada la Ilíada en un enorme cúmulo de historias como ésta? Estas explicaciones resultan problemáticas por falta de fechas exactas e incontestables. Sabemos que durante el último cuarto del siglo VIII a.C. fueron abiertas buena cantidad de tumbas de cúpula micénicas con fines de culto. Nos podemos preguntar, pues, si las representaciones de terracota de lo que parece ser el descubrimiento por pastores de una de ellas, y en que una diosa de la tumba se parece a una figurilla micénica, no indican un culto religioso resultante de la poesía de Homero; o si acaso son una expresión más de un intenso sentimiento, del cual también participó el poeta, hacia los remotos y heroicos antepasados.
Algunos de los elementos físicos mencionados por Homero incitan a buscar su explicación en la Edad del Bronce. Por ejemplo, un casco hecho con colmillos de jabalí. Los yelmos de esa clase no se usaban en la Grecia clásica, pero han aparecido en las excavaciones realizadas en los emplazamientos micénicos. También se han encontrado figuras que los llevan y, de hecho. una es de Delos. ¿Es posible que poeta tras poeta describieran estos cascos durante cientos de años? Los aderezos de la Edad del Broncc.se introdujeron en la poesía épica del siglo VIII a causa de la apertura de tumbas y la recuperación casual de armas extrañas asociadas con un pasado heroico, ¿o bien algún pueblo periférico usaba todavía esas armas más tarde de lo que sabemos? La explicación apropiada es diferente para cada caso. Los grandes enterramientos de la Edad del Bronce desaparecieron de Grecia mucho antes de Homero, pero se mantuvieron en Chipre. Las largas lanzas de los micénicos habían caído en desuso, remplazadas por otras, más cortas y arrojadizas; Homero parece conocer las primeras, pero creo que los héroes las utilizaban como armas arrojadizas. Es éste quizás un caso de malentendido sobre un objeto antiguo que había sobrevivido, aunque también podría tratarse de una exageración heroica. Incluso los héroes de la Ilíada tienen la impresión de que los hombres cran todavía más fuertes, y los héroes más intrépidos, en las generaciones anteriores a la suya. La poesía épica, en todo su vigor, involucra la conciencia, la memoria colectiva y la identidad de todo un pueblo. La dimensión del mundo homérico es asombrosa y también lo es su unidad. Tiene, por supuesto, límites indefinidos. La entrada al Hadcs era algo muy remoto para el público homérico. Parece claro, sin embargo, que existía un lugar real en el occidente de Grecia continental donde había realmente un oráculo de los muertos. Dodona, que no está lejos de la actual frontera de Albania, era un santuario distante y misterioso para el público dc Homero.