Clima, calendario y agricultura en Grecia

Las tres cuartas partes de Grecia son montañosas y sólo una quinta parte de su territorio es apta para la agricultura, pero las llanuras costeras y ciertas áreas del interior son muy ricas: como bien sabía Homero, hay en Creta lugares cuya riqueza parece increíble. Es cierto que el olivo y la vid se han cultivado durante larguísimos períodos, pero también es verdad que no siempre, ni en todas partes. Conocí yo a un griego, criado en este siglo en una aldea de la montaña, que hasta los doce años no había visto una aceituna (ni un pescado, ni una naranja). Los colonos de Sicilia tardaron cierto tiempo en aclimatar el olivo; durante varias generaciones tuvieron que importar el aceite a su isla. Se ha dicho que los griegos se establecieron en todo el territorio donde crece el olivo y que los romanos llegaron hasta los límites de la vid. Esto es cierto en líneas generales, pero no hay que olvidar que incluso la misma Grecia continental no llegó a ser colonizada del todo. Los campos de trigo de Grecia continental no fueron nunca demasiado extensos; así, no debe extrañar que sus habitantes no cesaran de moverse entre las peñas y de pelearse por las escasas riquezas que ofrecía el país.

La temperatura media varía de una zona de Grecia a otra; los veranos son calurosos y los inviernos suaves en las costas y en la mayoría de las regiones meridionales, pero en Macedonia y en el interior montañoso los inviernos son crudos. En la parte occidental del país las precipitaciones son abundantes (hasta 1.300 mm anuales), pero son mucho más reducidas en las llanuras del este (280 mm en Tesalia y Atenas). Las diferencias entre estaciones son espectaculares. El invierno es más corto que en el norte de Europa; pero en las montañas es crudísimo, y el verano, insoportable. La primavera es más fresca y delicada, y el otoño más largo y benigno que en los países nórdicos. Todo esto ha influido en las colectividades humanas de Grecia. desde las características de las festividades dedicadas a los dioses y la trashumancia de los rebaños, hasta los asuntos de guerra y paz y los pormenores de la colonización.

El calendario de los meses y las festividades, basado en los ciclos de la luna y en el gran ciclo del sol, que conformó un sistema griego único y más o menos internacional, tuvo, claro está, un desarrollo gradual. Para Homero sólo existían las estaciones. El calendario de los antiguos griegos se basaba en las matemáticas babilónicas y, por lo menos en Atenas, cada año debía ser ajustado empíricamente para evitar contradicciones. Desde mediados de marzo a mediados de mayo se consagraban dos meses a Artemisa, y desde mediados de mayo a mediados de noviembre, seis, quizás con alguna excepción, estaban consagrados a Apolo. Durante ese largo verano, la primera y la última de las festividades de Apolo tenían relación con la vegetación. Los cuatro meses restantes, desde mediados de noviembre a mediados de marzo, pertenecían respectivamente al tonante Zeus, a Poseidón, dios de los terremotos, a Hera, diosa del matrimonio, y a Dioniso, en cuya fiesta se conmemoraba a los difuntos y se presentaba el vino nuevo del año.

Hasta hace poco Grecia era recorrida por rebaños de ovejas y cabras que, dos veces al año, se trasladaban, en parté al azar y también siguiendo rutas tradicionales, para pastar en verano en las montañas y en invierno muy por debajo de la línea marcada por las nieves. Este sistema es muy antiguo en todo el mundo, y se ha observado y estudiado en infinidad de países, desde España a Afganistán. La trashumancia implica toda una forma de vida y da lugar a un sistema de valores y de organización social de gran interés para los estudiosos del mundo antiguo. De hecho. tanto el estudio de Hohn Campbell, sobre los valacos de la Crecia moderna, Honour, Family and Patronage, como la obra Portrait of a Greek Mountain Village, de Juliet du Boulay, establecen muy estrechas conexiones entre geografía y conducta y observaciones de la mayor importancia para nuestra comprensión de la historia antigua.

La mitología, lo mismo que la historia, está, desde las primeras campañas de las guerras del Peloponeso, plagada de relatos de pillaje de ganado. Homero nos habla de los rebaños del rey Ulises rey de una isla que vagaban por el continente. Sabemos, por una inscripción, que existía una tarifa por el derecho a pastorear que debía ser pagada, en un templo del Istmo, por los rebaños que seguramente lo atravesaban. De vez en cuando, en la historia, un pastor ve un ejército desde la falda de su montaña. El ganado sacrificado en Atenas durante los siglos v y iv debió ser numerosísimo. ¿Dónde pacía? ¿Los muchachos cubiertos con mantos que cuidan del ganado en los frisos del Partenón, son pastores? Por lo menos sabemos cuál fue el final de la historia. Cuando Áuco, el amigo de Cicerón, vivía retirado en Atenas, era un hombre rico que prestaba dinero a ambos bandos de la política romana. La fuente sustancial de su fortuna, aparte de la banca, era el ganado: se ha dicho que incluso controlaba los pastizales de todo el Epiro, en el noroeste.

 

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