La investigación y descubrimientos arqueológicos que sirven para construir nuestro presente

Al carecer de fondos y de mano de obra para inspeccionar y excavar todos los montículos, y temiendo que muchos no tardaran en ser saqueados o destruidos, Thomas estableció un compromiso viable. Ordenó que se llevara a cabo un examen de montículos representativos en varias regiones diferentes al mismo tiempo. En el punto culminante de las operaciones, tuvo a seis ayudantes trabajando en ocho estados bien distanciados entre sí, desde Florida hasta las Dakotas. Supervisor severo y ahorrador, basaba la paga en la eficacia, e incluso le redujo el salario a un pariente que le presentó un informe torpe. Espoleados por Thomas para no dejar de moverse y de producir, sus investigadores llegaron a explorar más de 2.000 montículos en 24 estados distintos, de los que consiguieron 40.000 artefactos, casi todos, de manera bastante sorprendente, en un período de cuatro años.
En el muy esperado informe final de 730 páginas publicado en 1894, Thomas escribió que el mito se había vuelto tan poderoso, «que una vez que ha tomado posesión de la mente distorsiona y sesga todas las investigaciones y conclusiones». Pero no ésa: En meticuloso detalle, Thomas demostró que montículos muy variados tuvieron que ser construidos por culturas diferentes en épocas diferentes, y que la construcción de los montículos prosiguió en el sudeste incluso después de la conquista europea. «Los lazos que unen directamente a los indios con los constructores de los montículos son tan numerosos y están tan bien establecidos», concluyó, «que ya debería acabar todo titubeo para aceptar la teoría de que se trata del mismo pueblo».
La investigación del Smithsonian, junto con otros esfuerzos profesionales, ayudó a hacer estallar el mito; pero el misterio de quién exactamente había construido los montículos, y por qué, seguía en su mayor parte sin resolverse. Durante el último siglo, los arqueólogos han buscado la solución descifrando, pieza a pieza, fragmento a fragmento, el registro no escrito de los Constructores de Montículos y sus antepasados. Este proyecto, enorme y en curso, ha proporcionado un cuadro más coherente de su historia llena de muchos y fascinantes detalles, pero al que todavía le faltan componentes importantes.
Dicha historia comenzó como mínimo hace 15.000 años, a fines de la última Edad de Hielo, cuando los primeros inmigrantes americanos cruzaron de Siberia a Alaska por un puente de tierra temporal y pantanoso y se aventuraron al sur entre los glaciares, cazando manadas de mamutes y otras presas grandes hasta que, hace unos 10.000 años, éstas casi se extinguieron. Ellos y sus sucesores persiguieron animales más pequeños, pescaron y exploraron en busca de plantas silvestres. Alrededor del 1000 a.C., varios grupos en la zona este de América del Norte habían alcanzado tres condiciones previas esenciales para el desarrollo de su cultura: Hacían cerámica, practicaban una agricultura rudimentaria y dedicaban mucho cuidado y ceremonia al entierro de sus muertos, depositándolos en morenas montón formado por acumulación de piedras y barro transportados por un glaciar y otros cerros y montículos naturales.
Con el tiempo, los antiguos indios comenzaron a construir montículos para sus muertos en vez de depender de las formaciones naturales. La primera de estas culturas importantes, los Adena, apareció alrededor del 500 a.C. en la región central del Valle Ohio. Los arqueólogos tomaron prestado el nombre de un terreno cerca de Chillicothe, Ohio, donde en 1901 se excavó un montículo que contenía artefactos bien definidos. Aunque se centraba en una zona dentro de un radio de 230 kilómetros de Chillicothe y el río Scioto, su marca sobre la tierra se extendía al oeste de Pensilvania, a Virginia Oeste, al norte de Kentucky y al sudeste de Indiana.
Un exhaustivo programa de excavaciones patrocinadas por el gobierno en su mayor parte en Kentucky durante la Gran Depresión de la década de 1930 ayudó a desenterrar pruebas de una gran variedad de prácticas mortuorias de los Adena. Éstos cremaban a algunos de sus muertos. A otros los tendían para ser enterrados en tumbas temporales, o posiblemente los dejaban expuestos en árboles o en plataformas ceremoniales para que se descompusieran y fueran alimento de aves de presa, con el fin de que los huesos desnudos luego se pudieran atar juntos para ser sepultados.
El entierro también variaba. A comienzos de su historia, los Adena cavaban un pozo somero, que recubrían de arcilla o corteza de árbol, para el cadáver y lo cubrían con tierra de diferentes tipos por motivos simbólicos desconocidos para formar un montículo bajo con apariencia de mezcla moteada de colores. Más adelante construyeron tumbas complejas recubiertas de troncos, a veces también con un techo de madera y que contenía más de un cuerpo, para luego tapar las estructuras con tierra. En ocasiones, casas circulares de madera rodeaban las tumbas de troncos. El cadáver quizás yaciera allí muchos días, adornado con ocre rojo y otros pigmentos que le habrían dado una tonalidad de vida, y era atendido con gran ceremonia. Luego, es de suponer que en el clímax del prolongado ritual, la casa era derribada y cubierta con tierra.
Las sepulturas más elaboradas tal vez se reservarán para lo que Charles E. Snow, el difunto experto en fisiología de los Adena, llamó «el muerto honorable». Creía que la cremación era para la gente corriente, y la tumba con troncos para la aristocracia. La creciente complejidad del entierro y la mayor calidad de los artefactos que lo acompañaban sugiere que las distinciones sociales con el tiempo quedaron marcadamente definidas. Es interesante considerar que los individuos de rango más elevado pueden haber sido también los más altos. Snow creía que entre los varones de los muertos honorables no era inusual una altura de un metro ochenta centímetros.