DEL DESPUES DE LAS OLEADAS INMIGRANTES

No obstante, dos siglos después oleados de inmigrantes europeos marcharon al oeste desde el litoral atlántico hacia lo que consideraban que era una tierra virgen. A cambio hallaron pruebas de una habitación extendida, mucho mayor que la que explicaba la cantidad limitada de indios que vivían en la zona. Enormes obras de tierra de todo tipo pirámides, conos, cerros, plataformas terraplenadas y formas animales que habían requerido miles de horas de mano de obra para su construcción moteaban el paisaje al oeste de los Apalaches. Jamás se podrá establecer su número exacto, ya que muchas se perdieron por culpa del arado del granjero, la erosión de los ríos y los prósperos municipios antes de que pudiera emprenderse algún tipo de inventario, pero no es ninguna exageración decir que había cientos de miles. Ciertamente, la América prehistórica contenía muchas más pirámides que el Egipto de los faraones; una que aún se yergue en el estado de Illinois incluso tenía una base con una circunferencia más grande que la de la Gran Pirámide de Kefrén. Alrededor de ese centro ceremonial de tierra alrededor del año 1100 había una ciudad bulliciosa de 12.000 habitantes, más o menos la población de Londres por ese entonces, con vínculos con otros asentamientos diseminados a cientos de kilómetros más allá de sus empalizadas de madera.
Con posterioridad, cuando los pioneros llegaron al seco entorno del sudoeste del continente, hallaron pruebas asombrosas de otras culturas muy diferentes que habían empleado la piedra, y no la tierra, para crear muchas de sus obras maestras. Objetos de madera, cuero, tela y plumas que se habrían podrido en el clima más húmedo de las tierras boscosas del este sobrevivieron intactos para sorprender con la complejidad y belleza de su ejecución. Secciones supervivientes de canales de irrigación sugerían otro tipo de logro técnico, señal de que el desierto circundante en el pasado había florecido bajo la mano diestra de alguien
Investigaciones arqueológicas posteriores mostrarían que esos mismos granjeros eran también artistas preeminentes que, entre otras cosas, habían producido algunas de las cerámicas más hermosas del mundo y, en otra expresión de su creatividad, dieron con los rudimentos del grabado al menos cuatro siglos antes de que la Europa renacentista desarrollara dicha técnica. La cultura predominante de la región, que llegó a ser conocida como la Anasazi, dejó su huella en tantos sitios, y sobre una región tan extensa, que sus restos aún se descubre y catalogan en la actualidad. Entre sus proezas más cautivadoras figura la construcción de vertiginosas moradas en los barrancos y un soberbio complejo del siglo XII de cinco plantas y 800 cuartos que retendría el título del mayor edificio de apartamentos del mundo hasta la década de 1880.
Como las maravillas del sudoeste hechas por el hombre, la miríada de legados de tierra del este de los Estados Unidos inspiraría en los ciudadanos del joven país el tipo de asombro provocado por los templos, palacios y ruinas del Viejo Mundo. En 1848 un editor de un periódico escribió de uno de esos conjuntos de montículos y terraplenes en Newark, Ohio: «Al entrar en la antigua avenida por primera vez, el visitante experimenta una sensación de respeto reverencial igual al que podría experimentar al cruzar los portales de un templo egipcio».
Para los pioneros, la región al oeste de los Allegheny, con su red de ríos prístinos, hondonadas y bosques interminables, al principio pareció estar inmaculada de habitación humana excepto por una esporádica banda de indios errantes. Pero cuando a fines del siglo XVIII los colonos avanzaron hacia el medio oeste, quedaron sorprendidos al hallar una obra de tierra tras otra elevándose ante ellos, desde los pequeños montículos cónicos hasta los elaborados complejos de bastiones y terraplenes que abarcaban incluso 200 acres. Los monumentos, producto de una de las empresas humanas más conjuntadas jamás realizadas, estaban muy concentrados en el Valle Ohio, que se calculó que sólo allí había unos 10.000. Pero, como no tardó en quedar claro, las obras también se extendían desde el Canadá y el oeste de Nueva York hasta Nebraska, y a lo largo de la costa del Golfo de México de Florida al este de Texas.
Esos túmulos despertaron la curiosidad de los primeros colonos. Algunos habían sido construidos con forma de pájaros, animales o serpientes. Otros adoptaban siluetas geométricas como octógonos, círculos y cuadrados; y todavía otros se parecían a pirámides truncadas, con cimas deliberadamente planas. Los complejos en los cerros, similares a fuertes con sus gruesos muros y bastiones, parecían mantener una guardia muda contra enemigos ya olvidados. Granjeros intrigados hurgaron con palas en algunas de las obras, sin encontrar nada. Mas no todos los montículos carecían de botín; muchos -en especial los cónicos- aportaron cerámica, útiles, armas, joyas y restos humanos. Es evidente que el objetivo de los artículos era acompañar a los fallecidos en su viaje hacia la otra vida.