Cultura y rituales Adena

Lo que más distinguía esas sepulturas de las de los Adena era la asombrosa riqueza de los artículos enterrados con los muertos. Con el fin de proporcionar objetos de exposición para la World Columbian Exposition de Chicago de 1893, Warren K. Moorehead excavó 15 de los más de 30 montículos de un recinto de tierra de 110 acres próximo a Chillicothe, Ohio, en una granja propiedad de Nube Hopewell, quien le dio su nombre a la cultura. Al abrir cinco zanjas en el montículo más grande según el cálculo de Moorehead de 150 metros de largo, 54 de ancho y 10 de alto encontró un grupo de 48 tumbas y un conjunto extraordinariamente rico de objetos de cobre. Efigies de peces y aves, diseños geométricos y un tocado con forma de cuernos de venado hechos con madera recubierta de cobre yacían junto a 23 petos y 67 hachas, una de las cuales pesaba 17 kilos y debió tener sólo una función ceremonial.
Tres décadas después, Henry Shetrone descubrió en el mismo montículo restos esqueléticos de un hombre joven y alto y de una mujer joven a los que habían tendido lado a lado. Quedó muy impresionado con lo que vio: «En la cabeza, cuello, caderas y rodillas de la mujer y rodeando por completo el esqueleto había miles de cuentas de perlas y botones de madera y piedra cubiertos de cobre; abarcando toda la extensión de un lado de la tumba había una hilera de adornos de cobre para la oreja; en las muñecas de la mujer había brazaletes de cobre; adornos de cobre engalanaban las orejas de los dos, y ambos lucían collares de caninos de oso y petos de cobre sobre el pecho». Como toque final e inesperado, los dos esqueletos tenían colocadas narices artificiales hechas de cobre.
Unos tesoros tan opulentos han hecho que a los Hopewell se los llame los egipcios de Norteamérica. Sólo del grupo original de montículos Hopewell aparecieron unas perlas de agua dulce calculadas en 100.000unidades. Éstas, sacadas de mejillones de los cercanos afluentes del río Ohio, se veían enhebradas en collares o cosidas a la ropa. Una única tumba en otro montículo de Ohio produjo 12.000 perlas, 35.000 cuentas de perlas y 20.000 cuentas de concha al igual que unas pequeñas láminas de oro y cobre y cuentas de hierro de meteorito. Otros montículos aportaron figuras de cobre de aves, tortugas y humanos, más perlas y cientos de pipas efigie, muchas de ellas rotas. Para Robert Silverberg, popular escritor sobre el tema, «esas ostentosas exhibiciones de consumo conspicuo» indicaban «un apego extravagante por el exceso».
Las vías fluviales servían como los principales conductos para el comercio de los Hopewell. Los afluentes del Ohio, como el Miami y el Scioto que llegan al norte cerca de los Grandes Lagos, eran rutas probables para el cobre y la plata procedentes del Lago Superior y del norte del Ontario. La mica para los adornos subía por canoa desde Carolina del Norte. Seis especies de caparazones de tortuga, mandíbulas de barracuda, conchas y dientes de caimán de Florida y la costa del Golfo de México ascendían por el río Chattahoochee y luego por el Ohio, y arribaban a los emplazamientos Hopewell para ser convertidos en joyas. De la zona de la actual St. Louis, la galena mineral, o sulfuro de plomo, era pulverizada para fabricar un pigmento gris para lograr pintura con la que adornar la cara y el cuerpo. A cambio, Ohio exportaba una buena sílice de Flint Ridge para hacer herramientas, y también pipas.
El oscuro cristal volcánico conocido como obsidiana era el que más lejos viajaba. Valorado para cuchillos y puntas ceremoniales de proyectil, la obsidiana se extraía en Idaho y Wyoming y se ha encontrado en varios emplazamientos Hopewell por todo el medio oeste. Un tesoro de varios cientos de kilos de obsidiana se halló cerca de los restos de un esqueleto en el Montículo 11 del Grupo Hopewell Henry Shetrone teoriza que esa sepultura «era la de un maestro desbastador de sílice de la comunidad y que el material de su arte había sido enterrado con él como tributo a su importante rango”. Todos estos materiales, al igual que los productos acabados, quizá cambiaran de manos en puntos mercantiles regionales o tal vez incluso en expediciones de largo alcance emprendidas por los Hopewell. Los artesanos transformaban en pequeñas obras maestras los artículos que llovían a través de la red comercial. De la mica y del cobre se obtenían formas hermosas sacadas de la naturaleza. Pipas de piedra y de arcilla asombrosamente esculpidas cobraban formas animales. Parte de la cerámica fue más allá de los antiguos diseños utilitarios de cocina y almacén y en sus pulidas superficies exhibieron aves de presa y otros motivos de poderío similar, grabados en la arcilla y reglas estatuillas humanas moldeadas con arcilla o talladas en piedra y marfil antiguo revelan cómo se vestía el pueblo Hopewell: Los hombres llevaban taparrabos; las mujeres iban con el pecho desnudo con buen tiempo, y se ponían faldas hasta la pantorrilla sujetas con un cinturón. Una de esas estatuillas retrata a un hombre con el pelo recogido en un moño en la frente, la marca de un chamán entre los posteriores Indios de las Praderas. Otra refleja a un evidente chamán luciendo una piel de oso ceremonial y sosteniendo en el regazo una cabeza humana. Algunas muestran a mujeres alimentando o llevando a niños en la espalda.
Tanto la calidad como la cantidad de esos artefactos parecen apuntar a una clase de artesanos semi profesionales, no sólo por la destreza consumada con que creaban los objetos, sino también porque hay muchos artículos casi idénticos… por ejemplo, pipas efigie. Aunque los arqueólogos no pueden saberlo con certeza, algunos de estos artefactos parecen haber sido fabricados con el único propósito del entierro. Incluso los utensilios y los implementos cotidianos a menudo dan la impresión de estar destinados a las sepulturas ceremoniales en vez de a objetivos utilitarios. O quizá su objetivo era el de ser talismanes de poder para una persona específica. En cualquier caso, con frecuencia no muestran signos de desgaste. De hecho, los diseños excéntricos de algunos artefactos los tamaños o las formas inusuales de algunas hojas de cobre, mica y obsidiana indican una preferencia por la calidad estética sobre la verdadera utilidad.