Artesanos y sus comercios en la antigüedad

Los arqueólogos dan por hecho que la clase especial de artesanos y su red comercial sólo podrían haber existido con un sistema económico sólido y el apoyo de una clase de elite, que también logró dirigir y movilizar a las masas para emprender inmensos proyectos de obras públicas. El recinto de tierra de Newark, Ohio, otrora abarcó más de 6,5 kilómetros cuadrados de terraplenes. Ese complejo enlazado de círculos, plazas y avenidas partes de las cuales en la actualidad las ocupan un parque público y un campo de golf en tierra que es propiedad de la Sociedad Histórica de Ohio requirió casi tres millones de horas de mano de obra para mover más de dos millones de metros cuadrados de tierra sólo con una cesta por vez en un período de 300 años.
Igual de impresionante que la energía empleada en proyectos semejantes era la pericia de ingeniería requerida para acabarlos. James A. Marshall, un ingeniero civil de Illinois que ha inspeccionado y analizado más de 200 emplazamientos, vio tal precisión que conjeturó la existencia de una «escuela de matemáticas» Hopewell, que poseía conocimiento del triángulo recto y de otros conceptos geométricos. Según Marshall, los ingenieros Hopewel, como los arquitectos modernos, primero debieron crear modelos de sus planos a escala y luego tender una cuadrícula formal, usando una unidad de medida estándar de 61,75 yardas.
Nadie conoce el significado de los montículos geométricos diseminados por todo el territorio Hopewell. Algunos investigadores especulan que además de servir como lugares de reunión de clanes específicos, quizá cada uno representara el símbolo del propio clan. Otros investigadores encuentran en el complejo de Newark y en otros emplazamientos Hopewell no sólo precisión de ingeniería, sino también alineaciones astronómicas precisas, lo que sugiere que las obras servían como observatorios lunares y solares a la vez que de centros ceremoniales. No obstante, James B. Griffin, profesor emérito de la Universidad de Michigan y decano reconocido de la arqueología de las Eastern Woodlands, advierte que llegar a la conclusión de que las «obras de tierra sólo se construyeron para las observaciones astronómicas y con gran precisión a resulta debatible».
El gran ceremonial de la sociedad Hopewell contrasta sobremanera con el estilo de vida mundano de su gente común. Más o menos hasta las tres últimas décadas, los arqueólogos relegaron los emplazamientos Hopewell en favor de las excavaciones de montículos. Pero en la década de 1960, el arqueólogo de Ohio, Olaf Prufer, propuso la así llamada Hipótesis de la Aldea. Esta idea, basada en su propio trabajo de campo y en el de otros, sugería que las sociedades Hopewell vivían en diseminadas «granjas o aldeas agrícolas en cambio semipermanente» junto al entorno general de centros ceremoniales vacíos.
Desde entonces las excavaciones han tendido a confirmar hasta cierto punto la idea de Prufer. Da la impresión de que el pueblo Hopewell ocupó casas rectangulares u ovales no muy distintas de las tiendas de indios posteriores en familias extendidas de hasta 13 miembros. Un pequeño número de ese tipo de casas, quizá sólo tres, constituía la aldea. Los habitantes de muchas de esas aldeas se reunirían periódicamente en el centro ceremonial para celebrar entierros y otros rituales o para construir nuevas obras de tierra.
Aparte de teorizar acerca de los patrones de los asentamientos, Prufer se centró en el antiguo debate sobre la subsistencia de los Hopewell. Igual que los Adena, dependían principalmente de la caza de presas pequeñas y de la recogida de bayas y otros alimentos silvestres, pero ¿tal vez cultivaban cosechas, quizás incluso maíz? Buscó una respuesta mientras investigaba unas tres docenas de emplazamientos diminutos en Ohio, ninguno muy superior a los 30 metros de diámetro. Pero en 1963 Prufer se enteró de la posible existencia de una aldea que no tardaría en ser destruida por la construcción de una carretera nueva en el corazón del país Hopewell, a tres kilómetros al sur de Chillicothe.
Aunque las indicaciones de la superficie no parecían muy prometedoras, apenas a 20 centímetros de profundidad Prufer y su equipo encontraron un filón principal: un depósito de treinta centímetros de espesor de restos de fragmentos de cerámica y otros artefactos que abarcaban una zona de 28,5 por 42 metros. Esa rica veta, que se remontaba alrededor del 400 d.C., contenía claras pruebas de lo que habían comido los habitantes de la aldea. Entre los desechos se hallaron 2.000 conchas de moluscos y los restos de plantas silvestres. Prufer también desenterró un grano individual de maíz y dos piezas fragmentadas de una mazorca, lo que sugiere que los Hopewell llevaban tiempo cultivando el grano. Sin embargo, este descubrimiento sería cuestionado por un estudio complementario de 1987 que demostraba una «contaminación histórica» del emplazamiento por parte de individuos posteriores que tal vez dejaran allí el maíz.
Sea cual pueda ser la verdad acerca del emplazamiento de Chillicothe, el análisis de los huesos humanos encontrados en los montículos indica que los Hopewell quizá consumieran maíz sólo en cantidades limitadas. No obstante, Bruce D. Smith del Smithsonian Institution, al igual que otros investigadores, insisten en que incluso antes de la supuesta introducción del maíz, cosecha que habría requerido un cultivo regular, el pueblo Hopewell era esencialmente agrícola y situaba sus asentamientos en valles fluviales debido a la buena tierra que había allí. Sus emplazamientos han aportado azadas y contenedores de piedra para las semillas que señalan un estilo de vida agrario en el que al menos se cultivaban siete plantas indígenas distintas, incluyendo girasoles y calabazas.
A pesar de las cosechas productivas y de sus ceremoniales lujosos, los Hopewell cayeron en declive. Entre el 300 y el 400 d.C. unos cuatro siglos después de su aparición en el sur de Ohio la cultura Hopewell de Ohio se desvaneció. Se han sugerido muchas causas para ello: enfermedad, hambruna, guerra civil, crecimiento descontrolado de la población, el inexplicado colapso de las redes comerciales o el cambio climatológico que afectó a las cosechas y a los alimentos silvestres.
Sea cual fuere la causa, a fines de la década de 1700, cuando los nuevos amos europeos arribaron en masa, las obras de tierra estaban cubiertas de maleza, los centros ceremoniales sin vida y sólo quedaban los muertos silenciosos. Los descendientes de los Adena y de los Hopewell esas «hordas salvajes» del folclore de los pioneros eran unos grupos desmoralizados, diezmados y con su cultura en declive debido a las guerras y las enfermedades traídas por los europeos. Más los logros de sus precursores habían sido notables. Los Adena y los Hopewell había conseguido, tal como señala el doctor Griffin, pasar del rango de cazadores acopiadores de 10.000 años atrás al de granjeros asentados en aldeas y ciudades bastante estables. Quién sabe qué habrían podido alcanzar si las circunstancias les hubieran permitido desarrollarse más siguiendo un camino singularmente indio.