La potencia del habla

El lenguaje común y el filosófico distinguen dos clases de “potencia”: la potencia activa, que es el principio de la acción ejercida “en acto” (la flor bella y perfumada que puede aromar al ambiente); la potencia pasiva, que es la aptitud de padecer o ser transformada (la misma flor que puede ser abrasada por el sol). De este modo, nos es posible “estar en acto” sin obrar. Y mientras en “acto segundo” estamos jugando al tenis, en “acto primero” podemos ser excelentes guitarristas. Esto nos lleva a comprender que una aptitud actual y real puede ser “acto”, pero no “acto puro”, pues es a la vez “potencia” con relación a otros “actos” ulteriores que la pondrán de manifiesto. Y aquí apunta una última división del “acto”: puesto que se puede concebir un acto absolutamente puro y libre de potencialidad, desistirá de veras un ser que esté en “acto perfecto” de todo el ser posible, sin ninguna limitación de “potencia” de ningún orden? Ya sabemos que no son tales los seres finitos que constituyen el contorno experimental de nuestra existencia cotidiana; y sabemos también que la “actualidad pura” no nos pertenece en calidad de hombres.

LA ESTRUCTURA DEL SER PARTICULAR O LAS CATEGORIAS DEL SER

En toda realidad finita se producen cambios múltiples en direcciones variadas, y la estructura de un “ser” se complica en proporción al número de sus líneas de desarrollo. El que está sometido al movimiento es el “ser” particular; él es el sujeto permanente que encierra, en su duración, los diversos términos del cambio que le afecta. Cuando lloramos o reímos, antes y después, la conciencia nos revela el mismo yo: el yo que jugaba al fútbol, de muchacho, y el yo que se apoya en un bastón, en el ocaso de la vida. La identidad se ha mantenido; no ha devenido otro. El “ser” particular que permanece exactamente el mismo, a pesar y en medio de todas sus mutaciones, recibe el nombre de realidad sustancial; los cambios y maneras que se van sucediendo configuran, para la realidad permanente, una modificación no sustancial.

Sustancia y Accidente

De ahí resulta que el “ser” en devenir encierra la estructura de principios sustanciales y de principios no sustanciales o accidentes. En otras palabras, además de la sustancia o “esencia sustancial”, se han de considerar los accidentes o “esencias accidentales”. La razón propia de la sustancia consiste en la aptitud de existir “en si” y no “en otro”. En metafísica la sustancia se divide desde distintos puntos de vista. Además de la sustancia completa, a la que conviene existir “en si” sin entrar en composición, se ha de mencionar la sustancia incompleta, a la que corresponde existir en composición con otra; por ejemplo, el alma y el cuerpo no existen separados, aunque la primera es apta para subsistir separada de la sustancia incompleta con la cual va unida. Otras sustancias son incompletas, de manera tal que no pueden sobrevivir a la disolución del compuesto, como sucede con el alma o principio vital de las bestias y las formas de los seres inorgánicos. Se distingue además la sustancia primera de la sustancia segunda. La primera es el individuo singular y concreto: yo, tú, este libro. Está dotada de existencia propia, es sujeto de atribución y cuando es racional se llama persona. La sustancia segunda, en cambio, es idéntica al sujeto real individual, pero considerada por abstracción como especie o género. Toda sustancia segunda lo es sólo por analogía, porque ningún universal, como tal, puede subsistir.

Los principios constitutivos

Cada uno de estos principios constitutivos del “ser”, que son correlativos, marca con su carácter concreto toda la realidad que lo contiene. Nuestra vida humana, por ejemplo, se desarrolla no alrededor de nosotros, como si las penas que nos afligen y los gozos que nos embargan no nos llegaran a la médula del alma; por el contrario, nuestra vida, que, como toda la vida, es movimiento espontáneo, evoluciona en lo más hondo de nuestro yo; aunque la persona humana es esencial mente inmutable, el nacer o el morir no son para ella cosas baladíes. Con esto queremos decir que el devenir accidental participa de la realidad sustancial; cada acontecimiento de nuestra vida pertenece a nuestro yo, es individuado por nuestra sustancia; el color y el aroma del fruto llevan el sello del frute mismo, al que modifican y delatan. Esto se explica porque sustancia y accidentes son principios constitutivos del “ser”. Su estructura y correlación jamás pueden romperse. La sustancia del “ser” particular solo tiene sentido como relación con el devenir accidental, y el orden accidental sólo tiene sentido como relación con la sustancia. Los elementos de la estructura real son concebidos en relación con su unión; se encuentran, pues, unidos sin que se haya tenido que apelar a ningún vínculo sobreañadido. Sin embargo, el intelecto puede separar lo que en la realidad está unido; es lo que explícitamente, desde un punto de vista lógico, hizo Aristóteles al formular la distinción entre sustancia y accidentes.

 

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