LAS PROPIEDADES TRASCENDENTALES

Las propiedades trascendentales del “ser” se hallan, por lo tanto, en todos los modos especiales que puede revestir el “ser”. Cada una de ellas, como el mismo “ser”, está por encima de todo género y de toda especie; de ahí su nombre de trascendentales, pues trascienden a toda categoría.

Unidad

Es la propiedad del “ser” en cuanto no está dividido en sí, aunque lo está respecto de los demás seres. Esto es, en otras palabras, la propiedad de ser esencialmente “uno”. Esta unidad trascendental consiste en la afirmación de la identidad del “ser” consigo mismo y difiere de la unidad numérica, en cuanto ésta añade al “ser” el concepto de medida. Siempre que haya “ser” habrá unidad, pues en caso contrario habría pluralidad, es decir, no un “ser”, sino varios “seres”. Todos los seres poseen la unidad trascendental en un sentido esencialmente diferente, pero proporcionalmente semejante. Sale aquí al paso de nuevo la analogía: una es la unidad del hombre, otra la unidad de la piedra, otra, en fin, la del curso del río. La unidad, en consecuencia, está dotada de la misma flexibilidad analógica que el “ser” cuya necesaria trascendencia posee.

Verdad

El “ser”, considerado en relación con el pensamiento, revela una nueva faz suya; responde al espíritu que conoce, manifiesta una consistencia para el pensamiento, es un núcleo de inteligibilidad. La inteligibilidad es una propiedad trascendental que acompaña al ser inseparablemente, pero según diversos grados y analógicamente, en todas sus determinaciones. Es de suma importancia distinguir dos sentidos de la verdad: 

(1) La verdad ontológica o trascendental, que es una relación de identidad de naturaleza entre una cosa dada y un presupuesto tipo ideal; así se dice que Virgilio es un “verdadero poeta”, por cuanto está conforme realmente con el tipo ideal (o con la esencia) del poeta.

(2) La verdad lógica, que es una relación de conformidad de la inteligencia con la cosa; ésta es una propiedad no de las cosas, sino de la inteligencia que conoce; en efecto, la mente está de suyo abierta a toda la amplitud del “ser”, puesto que el “ser” es de suyo inteligible. La metafísica afirma que, yendo la inteligibilidad a la par con el “ser”, las cosas son inteligibles (en sí) en proporción del “ser” que son. He aquí una nueva presencia de la analogía.

Bondad

Por último, se ha de tener en cuenta una nueva relación que, al revés de la relación de conocimiento, puede existir aun en los “seres” carentes en absoluto de conciencia: la relación del “ser” con el apetito. La bondad como propiedad trascendental no hace sino expresar en forma explícita la relación de conveniencia del “ser” con el apetito. Ya se trate de un apetito natural a modo de simple relación esencial, como sucede en los seres inconscientes, ya de un apetito racional, como es la voluntad libre del hombre, todos los “seres” tienden naturalmente a un fin, que es su bien; es lo que quiere significar el famoso aforismo antiguo: “bienes lo que todos los seres desean”. Siendo esto así, aparece el bien constituido de suyo como “ser” y perfección, porque todos los “seres” desean la perfección de su “ser”. Así, el fin y el bien coinciden. Y el fin puede presentarse ya sea como deseado por los que aún no lo han conseguido, ya sea como deleitable y objeto de amor para aquellos que lo poseen. En el caso del conocimiento, el “ser” perfecciona la facultad cognoscitiva, no mediante su “ser real”, sino mediante una semejanza de sí impresa en el que conoce; en cambio, perfecciona el apetito mediante su “ser real”. La bondad intrínseca de cada “ser”, que consiste en su propia perfección, bondad que todos los seres aman y quieren conservar, recibe en metafísica el nombre de bondad formal; es ésta la base en que reposa fundamentalmente la apacibilidad o bondad activa del “ser”. Así consideradas las propiedades del “ser”, puede formularse el aforismo tradicional: “el ser lo uno, lo verdadero y lo bueno son convertibles”, es decir, forman una unidad con el “ser” hasta el punto de equivaler al mismo, pues coinciden realmente con él. Por eso no le añaden nada en la realidad; ellas mismas son “ser”; el “ser” las contiene necesariamente. Sin embargo, no son sinónimas del “ser”; si así fuera, la distinción carecería de fundamento. Distínganse conceptualmente del “ser”, ya que expresan modos que no son expresados por el solo concepto de “ser”; son “seres de razón”, a saber, por una parte, una negación que enuncia la indivisión del “ser” en sí mismo lo uno, por otro lado, dos relaciones que expresan la relación del “ser” y la inteligencia lo verdadero. A las propiedades trascendentales del “ser” se ha de agregar una propiedad que va unida al “ser” por intermedio de lo verdadero y del bien: lo bello, que es una especie de bien para las facultades de conocimiento. Por este motivo, la metafísica, sin entrar en las cuestiones del sentimiento estético, que es un tema propio de la psicología, y de la naturaleza del arte, que pertenece a la filosofía práctica, considera la cuestión de la naturaleza de la belleza. Se ha hecho célebre la definición de Santo Tomás, de que “lo bello es lo que agrada por el conocimiento”, con lo cual quiere decir dos cosas: ante todo, que la belleza es objeto de intuición, y luego que es fuente de goce.

 

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