La Historia

En la historia, Atenas cumplió también una tarea definitiva. Después de Heródoto quedaban aún por introducir en el género histórico la severidad de la crítica, la madurez intelectual, que sorprende y descubre en la maraña de los grandes acontecimientos del pasado su trabazón secreta, y la potencia literaria que sin desviaciones ni galanuras impropias, hace sensible a la imaginación del lector la realidad objetiva y la interacción causal de los hechos que narra. Tal fue la obra de Tucídides.

Tucídides. Nació en el arrabal ateniense del Halimonte por el año 460, y murió hacia el 400 a. de J.C. El padre era ateniense y la madre de origen tracio. En el año 424, octavo de la guerra del Peloponeso, fue acusado de desidia en sus obligaciones de ciudadano cuando, encargado de vigilar la costa de Tracia, permitió que Anfípolis cayera en manos del enemigo, delito por el cual fue condenado al destierro. Retiróse a Taso, donde se dedicó a componer la Historia de la guerra del Peloponeso, que se propuso narrar en su integridad, pero que hubo de dejar incompleta en el año 411. 

En su afán de objetividad, recorrió los países en que se desarrolló la guerra, estudiando la psicología de los individuos y de los pueblos, la situación geográfica de las diversas naciones, sus instituciones y recursos. Nada de intervenciones maravillosas ni de leyendas más o menos poéticas: testigos presenciales, debidamente depurados, cotejadlos y contrapuestos; cronología precisa y vivisección psicológica de situaciones y móviles. Tal será su criterio. Lo observa y cumple con fidelidad rayana en la exageración.

Pero sin desdoro ni rebajamiento alguno del arte. Su estilo conciso, cerrado, seco en ocasiones, ad quiere en ciertos momentos las tonalidades graves de la emoción contenida, de la pasión virilmente poderosa y pujante. Jenofonte. Nació en Atenas por el año 434 y murió hacia el 355 a. de J.C. Después de la derrota de Cunaxa, fue uno de los principales guías en la retirada de los 10.000 mercenarios de Ciro a las costas del mar Negro y de allí al Helesponto. Más tarde luchó a las órdenes del espartano Agesilao, primero en Asia Menor y después en Coronea, contra Tebas, aliada de Atenas. 

En la Anábasis relata la retirada de los 10.000; pero, aunque lo hace con espíritu crítico y en un estilo de elegante concisión y amenidad, el tema es tan limitado que no puede afrontar la comparación con el de La guerra del Peloponeso, de Tucídides. En Las Helénicas prosigue la historia de Tucídides hasta la batalla de Mantinea. Y es ahí donde más resalta la diferencia. Jenofonte describe y refiere con gracia, con amenidad, pero a menudo se olvida de que es historiador y se distrae en digresiones y disertaciones de moralista piadoso. En la Ciropedia se refiere a los hechos de Ciro el Grande, aunque es un tratado de moral destinado a los monarcas de importantes Estados. 

Los sucesores de Tucídides no merecen mención especial. Son en su mayoría afectados retóricos o meros cronistas, compiladores de anales. Hay que llegar hasta Polibio, que no es ya ático, para encontrar otro gran genio. 

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