El despegue urbano

A esta revolución agrícola se sumó el impulso de los estados al comercio y las actividades artesanales, mediante las regulaciones legales y las obras públicas, que emplearon enormes masas de campesinos y prisioneros. Se intensificaron los intercambios y, con ellos, la acuñación de monedas de bronce, que variaban de forma en cada reino. Pese a los sangrientos conflictos, el aumento de la producción favoreció el crecimiento de la población y la prosperidad urbana. Los textos chinos hablan de 70 nuevas ciudades, en algunas de las cuales, como Linzi, se apiñaban cerca de cien mil habitantes.

Declive de la aristocracia

La aristocracia, ya en declive desde el período anterior por los conflictos internos que la desangraron, perdió en estos tiempos el poder económico que le quedaba: sus descendientes ya no tuvieron derecho a los puestos importantes del gobierno, y la industria del bronce, considerada principalmente de carácter ceremonial por la nobleza que tenía el privilegio de participar en los rituales, perdió esta connotación y pasó a manos de un nuevo artesanado. Este, acuciado por una nueva demanda, dio prioridad a las armas y los objetos suntuarios.

Filosofía y religión

El período de los Reinos Combatientes fue muy turbulento, pero conoció una intensa actividad intelectual. Durante esta época surgieron las “Cien Escuelas”, las corrientes de pensamiento de las que derivaría la mayoría de los sistemas de argumentación y reflexión política vigentes en China desde entonces: el confucianismo, el legalismo y el taoísmo.

Tres corrientes de pensamiento

Durante la mayor parte de su historia, la estructura social y política china se basaron en un sistema de gobierno autoritario, apenas atenuado por los principios éticos y humanísticos derivados del confucianismo.

De Confucio al taoísmo

Un rasgo llamativo de la civilización china es su carácter inalterable, resultado de la firme estabilidad de sus seculares estructuras económicas, sociales, políticas y culturales. Durante la época pre imperial, surgieron tres corrientes de pensamiento que sentaron las bases ideológicas del Estado y la sociedad: el confucianismo, la escuela legalista, también denominada autoritaria, y el taoísmo, una compleja y bella teoría mística que surgió al margen de las teorías del Estado.

La moral confuciana

Confucio dio a conocer su pensamiento vigente durante 25 siglos en una época en la que la sociedad china se hallaba fragmentada en pequeños e ingobernables dominios feudales. Para Confucio, el atributo fundamental del ser humano reside en sus cualidades éticas. Tales cualidades, y las normas morales de comportamiento derivadas de ellas, se hallan al alcance de todo ser humano, mediante su fomento a través de la educación y de la disciplina. Estos principios se plasman en un ideal de sociedad, caracterizado, en el ámbito político, por el consenso social en torno de los objetivos y los valores que le dan forma, y obtenido mediante el fomento de buenos preceptos morales en los gobernantes y gobernados a través de la enseñanza. Según las doctrinas confucianas, el gobernante debía preocuparse por la educación de su pueblo y por el reparto equitativo de los recursos materiales. El ejercicio del gobierno, en el sistema político impulsado por Confucio, quedaba restringido a aquellos que gozaban de “excelencia”: el soberano y sus consejeros. La gran masa popular, menos dotada, debía conformarse con disfrutar de los beneficios del buen gobierno, trabajar y obedecer. Uno de los mayores divulgadores de esta doctrina fue Mencio o Meng Ko(371-289 a.C.),quien desarrolló la aplicación política de las teorías del confucianismo, basadas en los propios méritos.

La aparición del legalismo

Dos siglos más tarde, durante la violenta época de los Reinos Combatientes, los criterios confucianistas fueron rebatidos por la escuela autoritaria o legalista. Para sus seguidores, la meta del buen gobierno debía ser el engrandecimiento y el enriquecimiento del Estado y el apoyo incondicional al soberano, obtenidos mediante el esfuerzo ordenado y coordinado de toda la sociedad. La disciplina, ineludible para alcanzar los objetivos del gobierno, debía imponerse al pueblo mediante el imperio de la ley y el uso de la fuerza. El principal pensador de los llamados legalistas fue el consejero real Shang Yang (390-338 a.C.), impulsor de la corriente autoritaria en los reinos de Wei y Qin.

Similitudes y diferencias

Confucianistas y legalistas coincidieron en dos aspectos: primero, en que el buen gobierno debía basarse en una fuerte autoridad, la del soberano, que debía ser la cabeza del Estado; y segundo, que el gobierno ejecutivo debía ser ejercido por un cuerpo funcionarial sujeto a un estricto control. Las dos escuelas de pensamiento político se diferenciaron más por sus métodos que por sus fines. El primer imperio chino (221-207 a.C.) se organizó y gobernó bajo los inflexibles e impopulares principios de la escuela legalista. Sin embargo, con el advenimiento de la dinastía Han (202 a.C-8 d.C.), se alcanzó un compromiso tácito entre las exigencias del poder imperial y el humanismo ético. Este acuerdo se plasmó en la actuación de un gobierno fuerte, apoyado por la mayoría de la población.

 

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