América, “Mundo subalterno”

A pesar de la gran cantidad descripciones positivas y en tono admirativo sobre América circulantes en el mundo europeo, el conjunto de teorías dominante del proceso de “caracterización-consagración” que mayormente “circuló” en Europa (entre las comunidades del “conocimiento” para definir y mentar al “Nuevo Mundo” fue sin duda aquel plexo no ético que organizaba una percepción del mismo ordenado sobre un núcleo categorial de “minusvalía” o “estatus inferior”. Una vez “somatizado” el hecho evidente de la “irrupción americana “y aceptada la existencia real del “Nuevo Continente” a pesar de las contrariedades que causaba a la cosmología y a la teología tradicionales, el “furor de la emergencia” disparó dos actitudes opuestas que separadamente o en forma combinada permitieron conjeturar. La primera de “mundo subalterno”, a partir de teorías de diverso culto, entre físico orgánica”, que a su vez era entendida o enfatizada en el relato de inferioridad, vacío, carencia, informidad o barbarie. Esa aproximación negativa inicial a las “tierras americanas”, realizada obviamente por los descubridores y enviados de la Corona española cuando fue superado el laberinto de la sorpresa inicial, multiplicó su entidad y vigencia por obra de los adelantados, estudiosos, cronistas y religiosos de otros reinos europeos, y tuvo anclaje en no escasa medida en el desconcierto que originalmente provocara un espacio “no previsto” en el orden cósmico, según lo postulaban el conocimiento y la narrativa de la época. Este grupo de teorías dominante en el ámbito discursivo europeo gozó de una proliferación desmesurada y elocuente de versiones que resulta conveniente organizar en sus distintas manifestaciones a partir de los criterios metodológicos y la estructuración narrativa (teológica, geográfica, jurídica e histórico-filosófica) utilizados oportunamente para levantar las “imágenes” que 1o alimentaron durante siglos. El recurso de presentar las diferentes tesis involucradas en la visión europea de América según el rigor de un “mundo súbale no”, apelando a una “agrupación por afinidad conceptual” determinados por la convergencia de las mencionadas “imágenes o aproximaciones” que se consolidaran on la historia de la actividad de los “europeos “alcance del citado grupo.
La tentación de la “geografía imaginada”
El territorio americano resultaba en una primera (y prejuiciosa) exploración “el lugar de la lógica inverosímil y las anatomías originales”, donde la naturaleza parecía haber cambiado su “legalidad perenne”, disparando un aquelarre orgánico que distribuía por doquier razas exóticas y animales terribles. El propio Cristóbal Colón fue tributario en parte de esta percepción inquietante de las tierras allende el Atlántico, algunas de cuyas mejores ficciones surgieron de lecturas que intentaron compensar la ausencia de observaciones directas sobre la geografía y la fauna de las “Indias Occidentales”, o bien debían su impronta a esa profusa imaginación que siempre desata el desorden de las tradiciones orales. Sin embargo, si bien en este caso las discusiones acerca de la efectiva conciencia de Colón sobre la realidad, extensión y contenido de las tierras alcanzadas por sus expediciones son interminables, las primeras descripciones disponibles de lo que podría entenderse un “bestiario colombino”, y que merecen aceptarse “americanas” por referencia, descansaban a la sombra de imágenes increíbles. Arturo Chavolla (1993) en La idea de América en el pensamiento europeo recorre algunas de las descripciones del Almirante relatadas en el Diario de navegación, revelando la presencia de un “registro” atiborrado de engendros fantasiosos, al estilo de “perros que nunca ladran”, “hombres con cola”, “sirenas no muy hermosas” y “tierras pobladas exclusivamente por hembras’, entre otras curiosidades dignas de un “manual medioeval’, antes que de una crónica objetiva y exacta. En la misma obra, Chavolla cita las descripciones antropológicas del doctor Diego Álvarez Chanca, quien acompaña Colón en su segundo viaje, registrando en sus meticulosos asientos similares sorpresas y hechos desconcertantes tales como la existencia de datos y humidad”. Descripciones como la de antropológica, cuya impronta tendría obvias proyecciones extrañeza, cuando no de estupor, surge de las “monstruosidades” que “observaban” los descubridores en la apariencia de los nativos, pero grave aún seria reiterar (y exagerar) esas descalificaciones, no ya con respecto a la “fisonomía” sino a los “comportamientos” y “creencia” de los pueblos originales encontrados en América, según descripciones que comprendían desde “comidas aberrantes” hasta “actos propios de animales”. Otro médico dedicado a describir el “Nuevo Mundo”, aunque nunca lo visitara, fue el Doctor Nicola Scillacio, de quien no se poseen mayores datos biográficos, pero que en s De insulis meridiani atque Indici maris nuper inventis (1494), conocida en español como “Las Islas del mar meridional e Índico recientemente descubiertas”, confundió las tierras allende el Atlántico con lugares como Etiopía, la India o Arabia, y ejecutó una “denuncia homogénea” de la “novel geografía”, atacando flora, fauna y hombres por igual.
Según el viajero cuyo nombre bautizó al “Nuevo Mundo”, los salvajes no disponían de leyes ni de religión, desconociendo datos elementales e imprescindibles para la vida como eran la “inmortalidad del alma “o la “salvación”, o instituciones del tipo de la “propiedad privada “o de la Iglesia, disponiéndose los objetos en común y siendo los límites territoriales de sus colectividades difusos o inexistentes. El aspecto que más inquietaba el espíritu de Vespucci era sin embargo la “animosidad guerrera” que impulsaba a “los salvajes” y “su proclividad a la conquista y el dominio” de otras etnias. Esa agresividad ínsita y descontrolada agotaba su lógica más repugnante en las ceremonias sacrificiales y el canibalismo determinando un “estadio de barbarismo” asombroso y difícilmente superable. Desde la perspectiva del “misticismo geográfico”, Pedro Mártir de Anglería (1447? -1526) interpretó con su De orbe novo decades (1501-1526) la irrupción del continente americano a modo de ratificación de antiguas profecías y promesas escatológicas. Con el tiempo fueron apareciendo en público algunos de sus textos publicados bajo el título genérico de Opus Epistolarium (s/f), muchos de ellos refundidos en sus famosas “Décadas”, por medio de las cuales enunciaba la tesis del retorno del “hombre europeo” a través del espacio americano a la “etapa primordial” o “edad de oro”, donde volverían a tener vigencia la inocencia virginal y la beatitud en su expresión más austera y natural.