La autoridad papal

La argumentación descripta implicaba en los hechos que el emperador no dependía de la “autoridad papal” en el ejercicio de su “maiestas”, afirmación que no sólo predisponía a crear un “conflicto de poderes” entre los religiosos y quienes no lo eran, sino que además, por la “universalidad” del Imperio en cuanto a máxima y más perfecta organización humana, tenía una connotación de “propuesta necesaria”(y pertinente), en este caso secular, con respecto a los pueblos “no europeos” (no romanos) que existían sobre la tierra. Ello era así porque un segundo problema surgía cuando, a la formalidad argumentativa in abstracto, Alighieri sumaba un contenido de elocuente parcialidad concreta, al identificar la idea de “Imperio Universal” con la noción de “Roma imperial”. La semiótica descubre que tal método de reducir por vía de identidades un concepto de teórico alcance “necesario y válido ad orbi'”, hasta superponerlo con una noción política y jurídica específicamente europea constituye una actitud teórica con reiteradas variantes a través del tiempo.
Con la intención de brindar un aval religioso a esa identidad, Dante anclaba a una interpretación justificadora fundada en ciertos acontecimientos asumidos bajo el rigor de las “teofanías” o “manifestaciones divinas”. Este primer movimiento implicó una interpretación restrictiva del concepto de Iglesia y la correlativa limitación de su realidad según la “historia del tiempo humano”. Pero el dato decisivo es que el otro movimiento relevante en la estrategia discursiva para “conducir la historia del mundo hacia Europa” fue ejecutado por el maestro florentino con la segunda identidad de la cual dependía su teoría: el “Dios universal”, único y eterno no era otro más que el “Dios de los cristianos”. Esta afirmación categórica realizaba el requisito paulino de la fe en Crista, como condición de la salvación: “Imposibile est sine fide placere Deo”(Heb. 2,6). En el plano de la argumentación, este movimiento discursivo implicó incorporar en (y a pesar de) el proceso de una demostración filosófica fundada en principios tales como la “naturaleza de las cosas un componente religioso por el cual se asumía que el (inico y univerat) del cristianismo. Dante clausuraba su teorema discursivo estableciendo las causas de la dicotomía entre “los poderes del emperador” y “las facultades del pontífice”, paradójicamente haciendo confluir la argumentación filosófica que, para su conclusión final, cedía paso al re categorización teológica y al criterio de verdad que le es propio, pero dejando abierta la permanente conflictividad que tal diferenciación contenía y que la historia se había encargado de revivir bajo las sombras de no pocas tragedias. Sobre este rumbo, a decir de Gilson, la “Monarquía romana “de Dante era la primera fórmula “moderna” de una “sociedad temporal “proyectada única y decisiva para el “género humano” considerado “en su totalidad”. “…la inefable providencia propuso al hombre dos fines a conseguir, a saber: la felicidad de la vida presente, que consiste en la actuación de sus propias facultades y se simboliza por el paraíso terrenal; y la felicidad de la vida eterna, que consiste en el gozo de la visión de Dios.
La autonomía de los “dos órdenes” humanos, reivindicados por la argumentación de la filosofía dantesca pero afirmados en última instancia por la contundencia de la revelación del “Dios verdadero”, no sirvió para resolver el problema de la “organización del mundo” como pretendían los autores que a ella apelaban para reorganizar el discurso legitimador, y consecuentemente no demostró acaba aptitud para posibilitarla reconstrucción de la “Europa romana”, sino por el contrario funcionó a modo de fuente para potenciar innumerables conflictos y disparar la atonalidad y el terror “fronteras adentro” del propio continente europeo. Considerar que se podían enunciativamente “aislar las dos espadas “para asegurar una convivencia mutuamente beneficiosa no se convirtió más que en una pírrica maniobra teórica para levantar un discurso que legitimara la idea imperial romana y circunscribiera el poder eclesiástico al mismo tiempo. Presumir que a partir de tal logro discursivo era factible resolver el problema real de las fracturas internas “europeas”, se antojaba demasiado ingenuo y la vaguedad de la solución (Gilson,1952) se correspondía proporcionalmente con la artificialidad de la propuesta.
En última instancia, el hecho que interesa destacar, más allá de la viabilidad o no de la propuesta dantesca, es la tendencia histórica que va conformando un discurso fundacional que siempre avanzaría por obra de reducir “lo universal a lo cristiano-europeo”, actitud que se consumaba en ocasión de analizar el Imperio (que ejemplarmente era Roma), la religión (que paradigmáticamente era Cristiana), Dios (que invariablemente era Cristo), la fe (que irremediablemente estaba contenida en la Biblia),el derecho y la justicia (que estrictamente eran romanos), la verdad (que siempre terminaba amparada bajo las categorías de un “helenismo bautizado”), las capacidades del hombre (que generalmente coincidían con el logos griego), etc. En este sentido el “cristianismo europeo “fue tremendamente eficaz para desarrollar propuestas discursivas, ideales políticos y programas de poder, pero trágicamente estéril para esbozar una convocatoria realmente universal y respetuosa del hombre entra y extra europeo, resultado que exigía un cambio sustancial de actitud con respecto al modo de tratar y de asumir la cuestión de la “diferencia”. Gracias a las virtudes intrínsecas del discurso “esencialista” europeo, los pensadores cristianos fueron trabajando en representaciones que organizaban el paradigma político según el principio de “pueblo elegido”, esto es, de grupo destinado a cumplir una vocación y un destino del cual dependía la suerte de la humanidad toda. La idea de Europa según la metáfora del “bastión de la fe” se inscribe en esta tendencia maximalista de las “virtudes europeas” y sus ejemplos surgen confirmados en la historia política, intelectual y religiosa del continente.