La búsqueda de los orígenes del hombre no está limitada a las excavaciones en el terreno.

La gota a punto de caer en un tubo de ensayo en el laboratorio de microbiología de la Institución Carnegie de Washington, D. C., contiene fibras de material genético de un hombre y un chimpancé; los análisis revelan las semejanzas entre ellos y las estrechas relaciones entre sus prehistóricos antepasados. Sherwood Washburn, cuando habla de la evolución de los homínidos, a menudo declara: “Mi opinión…” queriendo significar que lo que va a referir está sujeto a discusión. Es una manera política de prevenir a sus oyentes que puede estar prestos a especular o a aguzar algunas piquetas teóricas especiales propias suyas. No teniendo ninguna piqueta que aguzar, excepto la básica, que el origen de las especies por selección natural y sexual está en la raíz de la aparición del hombre en la Tierra, me he sentido libre para divagar, recogiendo fragmentos de las últimas informaciones y siguiendo todos los hilos de los argumentos que me parecieron más razonables. Los capítulos anteriores reflejan más o menos “mi opinión”. Habiendo admitido las opiniones, sólo es razonable admitir que además hay argumentos que motivan conclusiones totalmente diferentes a varias de las que se han obtenido en este libro, y que algunas de mis opiniones tienen bases más débiles que otras.
Por ejemplo, he tratado de insistir de igual forma sobre los fósiles y el comportamiento primate. Esto no satisfará a un hombre que sólo considera los fósiles, quien argumentará que la geología, los huesos y los utensilios son la única prueba sólida de la evolución. Ellos son la prueba de que tal y tal cosa sucedió, porque allí están esperando para ser medidos, fechados y comparados con otros objetos. Perder el tiempo con fantasías atractivas, pero improbables, basadas en la conducta de los primates modernos, y en particular de los animales, aún menos exactamente emparentados con el hombre, está muy bien, pero no avanza mucho la ciencia de la paleoantropología. En respuesta a esto, el hombre orientado hacia la conducta dirá: estamos muy estrechamente emparentados con algunos de esos animales, y si bien nuestra conducta es, obviamente, distinta de la de ellos, se origina de una fuente común, e ignorar las muchas conclusiones que surgen de un análisis del comportamiento animal es, sencillamente, ser estrecho de miras. Además,
¿Cuánto se puede aprender de esos pequeños pedazos estáticos de hueso?
Los paleoantropólogo están constantemente haciendo deducciones de minucias dentales, al tiempo que nunca están de acuerdo entre ellos. Para ver hasta dónde puede desorientar la concentración en una disciplina excluyendo a todas las demás, consideremos el tema del árbol genealógico primate: el punto de quién se separó de quién. Hace poco tiempo, el paleoantropólogo finlandés Bjorn Kurten estudió este problema. Considerando sólo las evidencias fósiles, concluyó que los hombres no descienden de los primates antropoides. Basó su razonamiento en el examen de ciertos fósiles de antiguos primates de pequeña mandíbula, de hace 30 millones de años. Uno en particular, conocido como Propliopithecus, ha estado bajo reconocimiento periódico de paleoantropólogos como un posible antepasado del hombre. Remitiéndose a la mandíbula y a los dientes de este animal, Kurten determinó que podemos trazar una línea directa de descendencia desde él, pasando a través del Ramapithecus al Australopithecus. Su argumento es simple: las pequeñas mandíbulas y dientes, no las grandes, son las condiciones primitivas. El hombre se parece más estrechamente al primitivo modelo generalizado de pequeña mandibular que a los primates inferiores o antropoides con sus mandíbulas más grandes, especializadas después, y sus caninos más largos. Suponiendo que el Propliopithecus es un antepasado homínido, dijo Kurten, es difícil construir un guión evolutivo en que los caninos se agranden (para adecuar el desarrollo de los primates antropoides) y después se reduzcan nuevamente para justificar la posterior división del hombre. El prefiere un antepasado de pequeña mandíbula durante todo el trayecto, diciendo, en efecto, que los primates inferiores y antropoides “descendieron del hombre” y no viceversa. El guion de Kurten ubicaría la división entre homínidos y primates antropoides aproximnadamente hace 30 ó 40 millones de años.
Esto, por cierto, derribaría el argumento desarrollado en los capítulos anteriores de que una mandíbula pequeña y dientes altamente molarizados pueden ser el resultado de adaptaciones al medio para vivir en la tierra, adecuándose a una dieta de semillas pequeñas y duras, de caza, de recolección y otras sustancias. Considerando que la explicación más simple es generalmente la mejor, el argumento de Kurten podría parecer superior al desarrollado aquí. Sin embargo, lógico como puede ser, el guion de Kurten sufre el déficit de actores. Pretende enhebrar en seguida una línea de fósiles que existen en tal escasez y en condiciones tan fragmentadas que no se conoce lo suficiente acerca de ellos para hablar con alguna seguridad. No obstante, los fósiles escasos e insatisfactorios, sin duda alguna están ahí, y Kurten no es el único que trata de hacer algo de ellos. Hay otros expertos en huesos que los interpretan de distintas maneras y sitúan la división entre homínidos y primates antropoides hace 30, 20 y 15 millones de años. Hay expertos en comportamiento que llegan a resultados similarmente diversos, pero por razones distintas. Hay expertos en la combinación huesos comportamiento que tampoco pueden concordar. Ya que es imposible hacer mediciones científicas estrictas tanto de fósiles como de comportamientos, puesto que ambos varían de un individuo a otro, los desacuerdos proseguirán. Tanto los fósiles como los comportamientos son, en el examen final, patrones volubles y elásticos. Muchos científicos encuentran que lo que se necesita para medir la evolución en forma más precisa es algo tan inelástico y confiable como los cómputos radiométricos, algo que consiste en pequeñas unidades mensurables como aquellos deteriorados átomos de potasio 40 de las cenizas volcánicas, unidades que no cambian, que se encuentran en todas las cosas vivientes y que pueden ser calculadas en el laboratorio. Parece que pudiera existir tal manera de medir la evolución. Lo que todas las criaturas vivientes tienen en común en forma de unidades mensurables son los genes, misteriosas sustancias en el corazón de todas las células que determinan qué serán esas células.