Mitología Fenicia

Posee rasgos distintivos, pero su estructura cosmogónica y sus dioses revelan aportes de los distintos sistemas mitológicos caldeo, asirio y egipcio. Los cultos más antiguos de los fenicios fueron de tipo agrario; sus mitos y leyendas épicas eran figuraciones relativas a los procesos de la agricultura y a las estaciones, así como al doble origen de las aguas fecundantes: de las altas cumbres o de las fuentes subterráneas.
En el de Baal y Aliyan, la diosa virgen Antique se representaba armada y a caballo, pide a Él, dios altísimo, que su hermano Aliyan, dios de las aguas subterráneas, sea devuelto a la luz, y que su padre, Baal, dios de las tempestades que cabalga sobre nubes, pueda erigirse un templo. A estos propósitos se opone Mot, personificación de las cosechas del verano y enemigo de Aliyan, pues ambos no pueden reinar juntos: la presencia del uno determina la desaparición del otro. La diosa realiza sacrificios de jóvenes, y con sus manos ensangrentadas tiñe la blanca barboa de Él, rejuveneciéndolo y disponiéndolo a su favor. Se edifica el templo en ladrillo, recubriéndolo con cedro del Líbano. Baal ofrece una hecatombe de ganado escogido y se compromete a atender las necesidades de los hombres y los dioses. Pero cuando los frutos de los árboles comienzan a sentir los rigores del sol, Baal tiene que descender al seno de la Tierra junto con sus hijas, el rayo y el rocío, así como con Aliyan, en medio del duelo general. Anat cumple los ritos fúnebres y suplica a Mot; rechazada por éste, lo mata, y Aliyan resurge entonces a la faz de la Tierra. Reanimado, Mot vuelve a la lucha contra Baal, pero es derrotado, con lo que se cierra el ciclo natural: el invierno, regido por Baal con sus hijos, y el verano, cuyo señor es Mot. Otro mito de parecido significado es el de la muerte y resurrección de Adonis, amado y llorado por Astarté. Se encuentra también en la mitología griega, en la que Astarté es sustituida por Afrodita, quien posee los mismos atributos de la diosa fenicia.
Mitología Persa
Está basada en el dualismo expresado a través de la lucha entre el principio del bien y el del mal. La tradición irania mazdeísta ofrece en el Avesta antiguo su versión de la formación del universo: Ormuz, divinidad luminosa del bien y la verdad, reinaba en el mundo espiritual. Después de tres mil años, irrumpe bruscamente Ahrimán, genio del mal, y lo desafía. Ormuz le propone un plazo para la lucha, que se fija en nueve mil años, y crea para ayudarse el mundo mate-rial. Entre tanto, Ahrimán está reducido a impotencia por un encantamiento; pero al despertar del letargo recupera sus bríos y realiza una creación opuesta, de entidades malignas. Al cabo de tres mil años del singular duelo entre los dos espíritus antagónicos, nació Zarathustra, y las huestes del mal retrocedieron. Por la enseñanza del sabio profeta, la victoria del bien se afianza para alcanzar plenitud en el siguiente período, que totaliza el plazo marcado y señala la entrada definitiva de Ahrimán en las tinieblas eternas.
La Tierra aparece descrita como un gran disco rodeado por la sólida esfera celeste; entre ambos se eleva la alta montaña de la que emergen el Sol y las estrellas. La vasta extensión terrena se divide en siete zonas, de las que sólo la inter-media es habitable; alrededor corre en mil canales el gran abismo, escenario de sucesos maravillosos.
La revelación del Avesta se complementa con la epopeya sagrada, que presenta gran analogía con algunos relatos de los Vedas. Yima Kshshita, llamado más tarde Jamshid, hijo del Resplandeciente, es el antecesor de la actual humanidad, el primero de los mortales que gozó del trato y enseñanza de Ormuz. Durante su reinado de mil años, la Tierra no supo lo que era enfermedad ni muerte; a medida que la población aumentaba, los dominios del rey se ensanchaban por virtud mágica de la plegaria.
Pasada esa edad de oro, Jamshid, que por ser hombre no estaba exento de error, se ensoberbeció con su poderío y se creyó un dios. Una vez que hubo gustado de la mentira, la gloria que lo coronaba huyó de él en forma de pájaro. Reducido a sus propias fuerzas, fue destronado por la serpiente de tres cabezas Azhi Dahaka. Pero siguió reinando en un imperio misterioso y subterráneo, donde guarda los mejores tipos humanos y otros seres vivientes, animales y vegetales, para poder repoblar la Tierra cuando haya quedado totalmente arrasada por la perversidad de los demonios y mediante tempestades de nieve alternadas con calores tórridos.
Cuando la gloria real huyó de Jamshid, el ave fue atrapada por Thritaona, hijo del santo sacrificador Thrita. El nuevo héroe libertó a dos hijas de Jamshid maravillosamente bellas, que habían sido raptadas por el monstruo Azhi Dahaka. Thritaona comparte el trono con sus tres hijos; dos de ellos, celosos porque el otro había recibido el gobierno del Irán, la patria santa, acometen y matan al hermano. Queda una hija, y sólo a la séptima generación nace un varón, a quien toca perpetuar la raza y mantener la ley de Ormuz contra los impíos de Oriente y Occidente. Keresaspa, uno de los hijos de Jamshid, especie de Hércules iranio, realiza esforzadas hazañas para librar al mundo de los monstruos y gigantes maléficos que lo perturban. Pero, seducido luego por una mujer pérfida, símbolo probable de idolatría extranjera, descuidó el culto del fuego divino y fue condenado al infierno hasta que llegasen los tiempos de la liberación definitiva.
Mitología Griega
El poeta Hesíodo proporciona en su Teogonía la primera genealogía organizada de los dioses; en su obra recoge antiguas versiones ya conocidas por Homero y también muchas otras que probablemente provenían de una tradición oral. En Grecia el mito es como un organismo: se desarrolla y se renueva incesantemente; estas transformaciones se realizan por medio de la creación poética o a través de variantes locales. No obstante, las mismas no están dictadas por la arbitrariedad, sino reguladas por una interpretación del mito que lo pone de acuerdo con las nuevas evidencias que va adquiriendo el espíritu helénico.