Rangos y supervivencia

En realidad, es el comportamiento de los subordinados en el grupo el que asegura su estabilidad día tras día, más que la constante ferocidad de los superiores. Un animal de bajo rango es un subordinado que conoce su lugar, al igual que un empleado de una compañía de seguros guarda las distancias respecto del director. Una compañía de seguros sería algo caótico si los empleados estuvieran constantemente cambiando al director, o si este último se viera obligado a cada momento a salir al corredor, golpearse el pecho y gritar: “¡Yo, soy el amo!”

La situación no es tan clara con los chimpancés como es con los babuinos. Entre los primeros, la ascendencia es un asunto que se ha relajado; los animales se toleran unos a otros y el equilibrio a menudo es confuso. Entre los últimos, es exigida más rígidamente. Se cree que la diferencia se debe sobre todo a las distintas condiciones de vida de las dos especies. Un grupo de babuinos se mueve en tierra, donde hay fuertes presiones selectivas que producen machos grandes y agresivos para proteger al grupo contra los predadores, o, al menos, para agruparse en actitud defensiva hasta que los jóvenes y las hembras alcanzan los árboles. Como consecuencia, hay un notorio dimorfismo sexual en los babuinos; por lo tanto, los machos son notablemente distintos de las hembras. Son mucho más grandes (generalmente el doble), más fuertes, tienen caninos y mandíbulas de mayor tamaño, son mucho más combativos y toleran menos los errores en el comportamiento o las amenazas a su superioridad. Además, son muy celosos sexualmente de sus “propias “hembras cuando estas últimas entran en celo. Estos rasgos tienden a crear una sociedad autoritaria en la cual una sola mirada, y más aún una exhibición de dientes por un macho dominante, recordará a un subordinado su posición inferior.

El carácter autoritario de la sociedad babuino ha impresionado a muchos observadores. En ella, obviamente, una poderosa jerarquía con sus sutiles señales de amenaza (”¡Cuidado, soy muy peligroso!”) y sus respuestas pacificadoras, igualmente importantes (“Lo sé, no pretendo ofenderte”), fue el aglutinador que mantuvo la sociedad unida e impidió que un grupo de animales potencialmente peligrosos y muy musculosos se destruyeran unos a otros. El enigma era por qué no hubo más peleas, sobre todo en grandes grupos de animales de varios rangos, donde la constante penetración en el grupo de machos adultos de ambiciosos adolescentes, los crecientes deseos de poder de los ya maduros y la natural decadencia de los jefes más viejos hacían muy difícil la existencia de una jerarquía estable. ¿Finalmente, por qué no todos los jovencitos tenían que partir del fondo y abrirse camino hacia arriba?

Estudios más profundos de dos expertos en babuinos, Irven De Vore y K. R. L. Hall, dieron respuesta a algunas de estas preguntas. Un mejor conocimiento de las relaciones sanguíneas dentro del grupo comenzó a revelar que su estabilidad no dependía de los machos como de ciertas hembras de alto rango. Verdaderamente, esas hembras lograron algo de su posición inicial de asociación con machos dominantes, pero también constituían un tipo de aristocracia, basada en lazos familiares: madre-hija y hermana-hermana. Una vez establecida, esta aristocracia tendía a perpetuarse. Esas privilegiadas y generalmente emparentadas hembras tendían a mantenerse juntas en el centro del grupo, el cual era su lugar preferido debido a que era el más seguro contra los predadores. Ahí se acicalaban unas a otras socialmente en una íntima y selecta tertulia, trayendo a sus pequeños a una atmósfera de alegría y seguridad que era negada para las hembras de bajo rango. Estas últimas estaban obligadas a mantenerse en las orillas del grupo, siempre alerta a la posibilidad de un mordisco o un manotazo s no se apartaban para dar paso a un animal de alto rango. Demasiado tímidas para abrirse camino hacia el matriarcado establecido en el centro, traspasaban su timidez y en general su bajo concepto de sí mismas a sus crías.

En contraste, las crías educadas por las madres dominantes crecían con grandes posibilidades de dominar a su vez. Mamaban con confianza y seguridad la leche de sus madres. Sus amigos de infancia eran otros jovencitos de buena familia. Iban a los “colegios” adecuados, como correspondía, hacían los contactos adecuados; tenían todas las posibilidades, en fin, para hacer carrera de babuinos prósperos.

La vida social del chimpancé es aún más compleja que la de los babuinos, debido a que los papeles no están tan estereotipados y hay más oportunidades para la expresión individual. Como viven en la selva y están bastante libres de la amenaza de los predadores del suelo, los chimpancés no necesitan ser tan combativos ni estar unidos como los babuinos, y no lo son. Y por la misma razón, no presentan el grado de dimorfismo sexual de los babuinos. A pesar de que tienen jerarquías dominantes, éstas no están impuestas tan rígidamente. La sociedad del chimpancé es más abierta, más innovadora, más relajada, más tolerante. No sólo se ve libre de celos sexuales, sino que se caracteriza por su promiscuidad. Cuando una hembra está en celo y ansiosa de aparearse, todos los machos del grupo interesados harán fila y, amablemente, esperarán su turno, que llegará pronto puesto que el acto sexual en sí mismo dura pocos segundos y se efectúa ocasionalmente; a veces, sobre la marcha se come un plátano, y no es raro que jovencitos curiosos trepen sobre el macho y le hagan cosquillas. 

En un animal de la inteligencia del chimpancé, con una variedad de respuestas más grande que en un babuino, y un correspondiente potencial para la mayor complejidad en las relaciones entre los individuos, a veces parece advertirse un debilísimo pensamiento en los demás. Los chimpancés piensan en sí mismos durante el 99 % del tiempo. Y no obstante, a veces son sorprendidos compartiendo su alimento con otros (normalmente si tienen lo suficiente para ellos) o en un acto similar, lo que indica la posibilidad de que pudieran estar respondiendo confusamente a las necesidades de sus compañeros. Un macho dominante que haya castigado o asustado a otro, se acercará él y le tocará sólo para tranquilizarlo. Los lazos familiares tienden a ser fuertes y muy duraderos. Una razón de esto es que los chimpancés maduran muy lentamente y el pequeño está estrechamente ligado a su madre hasta mucho después de la infancia, y a menudo con cualquier hermano o hermana que tenga. Es tentador encontrar en estos leves indicios los comienzos de la familia, del amor, del altruismo y de otros atributos que hemos aprendido a considerar exclusivamente humanos. Pero aceptar estas conclusiones es peligroso. Todo lo que podemos decir es que un animal como éste comenzó a vivir cada vez más en campo abierto y tuvo que realizar importantes adaptaciones para poder sobrevivir.

 

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