La Historia como Historia

de las Culturas El hombre nunca avanza solitario por el carril de la historia, por el cauce de los siglos. Lo que asume existencia histórica son los hombres entretejidos en la cultura, ya que sin cultura el hombre es inimaginable. Toda vida histórica es vida en la cultura o una dinámica de la inseparable unidad hombre cultura. La cultura se diversifica en culturas particulares: la cultura egipcia, la china, la occidental, etcétera. La cultura en general propone cuestiones también generales, en la dirección de lo indicado anteriormente. La multiplicidad de las culturas concretadas plantea otros problemas, muchos de ellos surgidos del espectáculo de la distinta evolución y suerte de los complejos culturales. Por este lado, el interés por las culturas coincide con el interés histórico, porque se tienen en cuenta puntos tocantes al destino temporal de las culturas, a la capital dimensión histórica de los organismos culturales. No accidentalmente ha titulado Toynbee Estudio de la historia su investigación sobre las culturas, una de las más extensas y profundas emprendidas hasta el presente.
El Origen y el Desarrollo de las Culturas
El siglo xix presenció el tránsito desde la concepción idealista, según la cual la historia, por un impulso inmanente, avanza necesariamente hacia la afirmación del espíritu y el triunfo de la libertad (Hegel), hasta las interpretaciones positivistas, que desdeñaban las motivaciones ideales o espirituales, y se ceñían a la explicación del acaecer histórico por motivos de hecho, por causas próximas y del orden natural, asimilando así la consideración del mundo histórico cultural a la del mundo de la naturaleza física y biológica, en la convicción de que sólo de este modo ese estudio adquiriría una jerarquía científica de que carecía hasta entonces. El positivismo, tanto en el Iapso de su mayor crédito (más o menos de 1840 a 1880 ó 1890) como en sus manifestaciones tardías, que se prolongan en nuestro tiempo, puso a contribución todos los resortes del orden natural, aptos para configurar una doctrina naturalista de las culturas y de su devenir. Los influjos físicos, como los de la tierra y el clima, y los condicionamientos biológicos, fueron aducidos como determinantes; de estos últimos se tuvieron en cuenta los propiamente biológicos, como la raza, y los que lo eran por metáfora o traslado; los que importaban la aplicación de un modelo biologuita, tal la concepción de las sociedades y las culturas como organismos, atribuyéndoles todas las funciones y regulaciones de los organismos animales, y el que explicaba la marcha de cada civilización o cultura por un ritmo idéntico al de la existencia individual, con períodos de niñez, juventud, madurez y senilidad. La idea evolucionista, tan seductora y de tan sólidos fundamentos dio lugar a valiosos pero unilaterales esquemas, como el evolucionismo cósmico de Spencer y el transformismo de Darwin, quien, en El origen del hombre, introdujo un esbozo de filosofía de la historia. La constelación raza medio momento (entendido el “momento” como la determinada situación histórica en cada sazón) fue defendida vigorosamente por Taine. El llamado materialismo histórico desprendió un programa de acción social de enorme repercusión. El tema de la raza o la sangre inspiró doctrinas de supuesta base científica, que, además de suscitar incomprensiones y odios, dieron argumentos para una política de discriminaciones y persecuciones raciales. El pansexualismo de Freud, en la medida en que propone un motivo naturalista para la comprensión del hombre y de la cultura, entra en esta línea; Freud ha modificado sus primeras opiniones en términos que las atenúan y agregan otros móviles, junto a los del impulso sexual; reconoce asimismo la importancia de la circunstancia social.
La mayor resonancia correspondido a las Ondencia de Occidente (1918-1922); para estine sideración su libro El hombre y la técnica, donde hombre es un animal de rapiña. Spengler presenta dos vertientes, y por cierto no muy conciliables En parte es heredero del naturalismo positivista; para él las culturas son organismos como los seres vivientes, y a semejanza de la de éstos, su vida describe una parábola que va desde la infancia hasta la decrepitud, con un final irrevocable y un permanente encierro en su propio ser que excluye los influjos e intercambios; no habría, por lo tanto, efectivos contactos entre las culturas. Por otro lado, se adhiere a las tesis más extremas del historicismo contemporáneo, y por este camino relativiza y aun deja en el aire su concepción biologista, al declarar que sus opiniones se insertan en el cambiante devenir histórico y sólo valen como expresiones de un instante del pensamiento de la civilización a la cual pertenece. Con sorprendente acopio de documentación y mayor serenidad ha examinado el problema de las culturas y de la historia Arnold J. Toynbee. Ajeno al cientificismo biologista de Spengler y a su amargo pesimismo con respecto al hombre, ve el a un desafío de las circunstancias, a su reacción ante una situación desfavorable, cuando ésta es capaz de estimularlo y no tan adversa que ejerza acción agobiadora y paralizante. Sobre él una Cuando ha tenido éxito la respuesta al reto de las circunstancias exteriores, las energías se vuelven a los desafíos internos, ya no materiales sino psi espiritual. El progreso cultural es, toquicos0mado en su conjunto o en su clave principal, un proceso de autodeterminación creciente; aquí resuena un eco de la filosofía idealista de la historia. Toynbee no ha prescindido totalmente de las predicciones, pero las suyas no son terminantes y desesperadas como las de Spengler con relación al futuro de nuestra cultura; su confianza en las potencias creadoras del hombre y su rechazo de un fatalismo por imposición de factores físicos o biológicos, le permiten una prudente y condicional esperanza con respecto al porvenir de Occidente.